viernes, 7 de agosto de 2015

El recorrido

Hacía largo rato que caminaba. El cielo -oscurecido y otoñal- le iba a caer encima en cualquier momento, pero este no parecía ser el problema. Iba con la vista baja, las manos -dos puños duros y congelados- guardadas dentro de los bolsillos de la campera, el paso firme pero el rumbo extrañamente errático. Si alguien se hubiera ocupado de seguirlo, sin dudas se habría extrañado de verlo doblar a la derecha en una calle y a la izquierda en la otra y luego dos veces seguidas a la derecha y luego dos veces seguidas a la izquierda, de cortar camino por una plaza, de lanzarse a través de una diagonal o de andar largo rato la calle costanera para luego torcer repentinamente en algún puente, sin que se pudiera anticipar jamás el próximo viraje, el siguiente cambio de dirección. Incluso, al cabo de un tiempo indeterminado, si ese alguien hubiera persistido en tal tarea de persecución (aún habiendo abandonado ya por vano el esfuerzo de imaginar un patrón capaz de justificar un camino tan caprichoso y de predecir la próxima modificación del itinerario), podría haberlo visto desembocar en algún momento en una esquina por la que ya había pasado (largo rato) antes, aunque viniendo desde cualquier otra calle. Y si ese mismo alguien hubiera podido seguir sus pasos, acercársele, ponerse a su lado y mirarle la cara, se habría encontrado con un rostro pavorosamente inmutable: Dos ojos vacíos y oscuros que miraban sin ver, y que negaban revelar cualquier emoción; una nariz cuyas fosas se ensanchaban y contraían de manera imperceptible en cada inspiración y exhalación; una boca de labios pálidos y apretados, como si hubieran discontinuado sus funciones (la de comer, la de beber, la de hablar, la de besar, la de reír). Ese rostro había llegado al cero absoluto, a su estado definitivo. Parecía configurar el anticipo de una muerte en vida, solo desmentida por los pasos incesantes y caóticos de aquellas piernas que seguían caminando animadas por una voluntad que no residía dentro de ellas.

Pasaron varias horas. El cielo -oscurecido y otoñal- continuaba allá arriba como una amenaza muda e indiferente. Siguió caminando. ¿Se detendría alguna vez? En todo caso, en esa máscara mortuoria que era su rostro no se habría visto la acusación de la mínima señal de alguna intención en tal sentido. Ni un resoplido, ninguna queja, cada inspiración ni más lenta ni más rápida que todas las demás, ninguna exhalación soltando más aire que la anterior y que la siguiente. Apenas un parpadeo, que demoraba largos minutos en repetirse, como único e imperceptible signo de actividad. Sin traza de vacilación en las zancadas que, ahora habría podido descubrirse, se repetían con precisión metronómica en ritmo y longitud, a pesar de los giros que seguían sucediéndose en forma disparatada, a intervalos impredecibles de tan irregulares y que seguían sin insinuar ningún atisbo de un rumbo a alguna parte.

Seguramente pasaron muchas horas más. Para entonces, aquel alguien habría podido asegurar que ese rostro no sólo no percibía el cansancio, sino que tampoco notaba el paso del tiempo. Esa mente no llevaba la cuenta de los interminables minutos que se encadenaban uno tras otro, ni la enumeración de los pasos que iban, volvían, giraban, seguían, pero jamás dudaban ni se detenían. El cielo -oscurecido y otoñal- seguía atestiguando con apatía aquel derrotero fractal y perseverante.

Aquel alguien que lo hubiera perseguido durante horas y más horas a lo largo de ese laberinto inmaterial que parecía ir en procura de una meta elusiva y acaso inexistente, sin dudas habría terminado por rendirse a aquella ilógica y dar por normal aquello que en un principio se le hubiera antojado como anormal. Ese ir y venir, en principio sin sentido aparente, habría cobrado finalmente sentido (al menos dentro de su arbitrariedad), y a partir de entonces habría sido precisamente la interrupción de la caminata lo irracional e inexplicable. Pero no había ese alguien. Nadie vio, entonces, cómo después de haber derivado sus pasos hacia cierta calle apartada y de haber traspuesto cierto enorme portal abierto, frenaba sus pasos de forma tajante, repentina (absurda, tan absurda como la forma en que había caminado durante un número inexplicable de horas), como allí acababa el alocado serpenteo clavando sus pies en ese punto del enorme jardín que se extendía ante su mirada inescrutable, en el centro exacto de la circunferencia que disponían los álamos desnudos por el otoño ya en agonía, con los pies hundiéndose en un mar de hojas rojas y amarillentas, crujientes y quebradizas, que bailaban a su alrededor, arremolinadas por el viento húmedo y pegajoso que anunciaba un invierno acerado y ya inminente.

Aquel que lo hubiera perseguido habría podido verlo mientras el cuerpo se le desmoronaba, se derrumbaba, se dejaba caer de rodillas sobre la hojarasca al tiempo que bajaba la cabeza y cerraba los ojos durante un tiempo ahora mucho mayor que el de un parpadeo, mientras sacaba por fin las manos de los bolsillos de la campera y comenzaba a revolver furiosamente, a batir hojas y ramas y piedras, a despejar finalmente un área terrosa y endurecida para descubrir -con dedos ahora eléctricos- una piedra rectangular, donde se habían grabado ese nombre y esos dos números, y a acariciarla con la fiebre de un dolor que, en el pináculo de la crueldad, le permitía (le obligaba) soñar aún, con obstinación, la dolorosa utopía de aquello que sabía imposible.

Nadie lo había seguido. Ahora sus oídos sólo percibían el viento impiadoso y lúgubre; su cara y cuello comenzaron a percibir las gotas de lluvia como un millón de agujas heladas, sus ojos empezaron a morir en la oscuridad que se iba tragando, implacable, el cielo y los árboles. Su mano derecha se movió con torpeza buscando el bolsillo de la campera y tanteando el arma, mientras sus labios decidían abrirse para poder susurrar el nombre grabado en la piedra, y luego gritarlo dos, tres, cuatro veces más. Desde la garganta, desde los pulmones, desde las vísceras.

Nadie lo había seguido. Nadie vio entonces como el relámpago iluminaba durante una terrible fracción de segundo su rostro pavoroso y salvaje, de ojos extraviados y brillantes, de labios pálidos y temblorosos, un rostro hirviente y caótico. Y nadie escuchó tampoco el trueno que hizo temblar los álamos.

Pasaron algunos minutos. El viento amainó y se detuvo. Las gotas siguieron cayendo un rato más y lentamente se fueron transformando en llovizna, mientras alrededor de la piedra la hojarasca se iba tiñendo de rojo.




sábado, 15 de febrero de 2014

De diosas, planetas, oscuridades y más...

El 24 de agosto de 2006 el establishment de la astronomía se cansó de Plutón, el renegado, y lo castigó quitándole el carnet que lo acreditaba como planeta. Desde aquel día, el chiquito rocoso pasó a revistar entre la morralla del Sistema Solar. Ahora se lo llama despectivamente "objeto transneptuniano", o si no "plutoide", o si no "plutino". La verdad es que nombres tan ridículos parecen más apropiados para clasificar tumores o cuerpos geométricos que no para referirse al rey del inframundo.

Muchos nos enojamos por esta arbitrariedad, tal vez porque una de las pocas cosas que siempre supimos recitar de memoria desde chicos era la lista de los nueve planetas: Primero Mercurio, segundo Venus, tercera la Tierra (que somos nosotros), después viene Marte, viene Júpiter, después Saturno, Urano, Neptuno y... Plutón. Hasta su nombre parecía pensado a propósito para cerrar la lista, rematado con un "tón" terminante. Pero a la Unión Astronómica Internacional poco le importó de la armonía recitativa y, como es la que corta el bacalao, sin más lo bajó de categoría. 

Pensándolo bien, es mejor que así haya sido. Al fin y al cabo, Plutón siempre se animó a ser diferente. Y entonces era lógico que tarde o temprano le hicieran pagar el precio. Para empezar, ni bien apareció rompió con la lógica del sistema. Desde siempre los astrónomos habían establecido que del cinturón de asteroides para acá los planetas eran pequeños y rocosos, y que del cinturón de asteroides para allá eran gaseosos y gigantes. Pero cuando en 1930 Clyde Tombaugh descubrió al pequeño rebelde que retozaba por los confines del sistema solar, pudo comprobar que Plutón no era ni gigante ni gaseoso, como hubiera correspondido de acuerdo al dogma. Más bien era chiquito y desconcertante. Para peor, ni siquiera giraba alrededor del Sol respetando el plano de la eclíptica, como sí lo hacen disciplinadamente los demás mastodontes planetarios, sino que revoloteaba por las alturas y profundidades espaciales, a veces metiéndose impertinentemente por delante de Neptuno, y a veces tomándoselas hasta distancias tan remotas que daban para creer que a lo mejor no pensaba volver nunca más, cosa que tal vez no hubiera disgustado a los otros planetas. Claro que Plutón, tal vez por puro gusto de joder, siempre volvía.

Por otra parte, siempre fue más simpático que los demás respecto de sus satélites. O más travieso. Cualquiera de los planetas serios permanece solemnemente quieto mientras las lunitas orbitan respetuosamente a su alrededor. Vean si no a Júpiter, el inmenso, con sus Ganímedes, sus Íos, sus Amalteas, sus Calistos y sus Europas adorándolo en silencio mientras él, indiferente y señorial, ni siquiera las ve pasar. En cambio, Plutón y su amigo Caronte, el barquero, comparten un centro de gravedad común y andan por ahí tironeándose mutuamente, como si bailaran el fideito o volvieran borrachos de una juerga. Un ítem más en la lista de extravagancias y una gota más en el vaso de la seriedad astronómica.



Y si faltaba algo para que se terminara de romper todo, al igual que un hijo adolescente que se trae a toda la patota de amigos a la casa de los aterrados padres, Plutón se vino con una comparsa alocada de planetitas tan desharrapados como él. Para empezar, en el 2005 aparecieron Nix (la oscuridad), Hidra (la serpiente), Cerbero (el perro) y Estigia (el río), chiquitos y cargosos, también bailando el fideito como Caronte. ¡Vaya joyitas las que el nene quería traer a casa! Pero a Plutón también le gustaban los amigos de otros barrios. Entonces decidió golpear la puerta de otras mitologías y así fue que se presentaron más planetoides como Haumea, la diosa hawaiana de la fertilidad; Makemake, el dios-pájaro creador que pintan los mitos de la isla de Pascua; Varuna, que no solo es el mar para los hindúes sino que, encima, tiene forma de huevo; y Eris, la discordia, que fue la que más horrorizó a los padres-astrónomos, al punto que a partir de ella resolvieron ver cómo hacían para echar de casa al hijo respondón. Y también Sedna, la dolorida Sedna, que de toda esa pandilla de impresentables es de la que más tengo ganas de escribir hoy.


Sedna, según cuentan los inuit del Ártico, era una muchacha que vivía con su padre en una isla en medio del océano. Era tan pero tan hermosa que no había cazador que no quisiera cazarla. Pero ella no quería saber nada con ninguno. El padre, siempre preocupado por la falta de comida, no sabía cómo hacer para convencerla de que se casara. Hasta que un día llegó un kayak trayendo a un hombre bello, vestido con las mejores pieles. El padre vio la gran oportunidad. Más aún cuando escuchó las palabras que el remador decía a Sedna:

-Ven conmigo a la isla de las aves. Nunca tendrás hambre, nunca tendrás frío, dormirás en los mejores edredones- 

El padre no necesito oír más y la sentó en el kayak. Así Sedna se marchó con su nuevo esposo, en busca de una vida cómoda y lujosa.

Pero al llegar a la tan alabada isla de las aves, descubrió que la casa no era más que un igloo cubierto de pieles raídas, que la comida se reducía a un poco de pescado viejo y que respecto de los edredones de plumas, bien, gracias. Pero faltaba lo peor. Cuando el cazador se quitó el abrigo para orinar, mostró un par de patas flacas, muy flacas. Cuando se quitó la capucha, mostró un par de ojos rojos, muy rojos. Y a continuación lanzó una carcajada espeluznante. Sedna se quiso morir, porque entendió que se había casado con un cuervo. Y su vida, desde entonces, fue la más desdichada.

Hasta que un día, harta de vivir en una roca dura cubierta de pelos y plumas, de comer pescado seco y de aguantar al pajarraco, caminó hasta la costa y entonces gritó con todas sus fuerzas llamando a su padre. El grito de Sedna atravesó el Ártico y el padre, arrepentido, la escuchó y fue en su kayak a buscarla. Sedna lo esperaba en la orilla y ni bien el padre llegó, ella se lanzó al bote. Comenzaron a huir. Remaron durante muchas horas. Pero cuando Sedna miró hacia atrás vio al cuervo terrible venir hacia ellos. El pájaro se lanzó enfurecido. Las heladas aguas del océano comenzaron a agitarse en horrible tempestad, y entonces el padre, muerto de miedo, arrojó a su hija fuera del bote.

-Aquí está tu esposa. Ahora vete y no me lastimes-le dijo al cuervo.

Pero Sedna no se iba a resignar, y entonces nadó con toda su fuerza hacia el kayak, asiéndose de la borda. El padre tomó el remo y lo descargó sobre los dedos entumecidos de su hija, que se partieron, cayeron al mar y se convirtieron en focas. Luego, el viejo golpeó con el remo sobre las manos de Sedna, que también se agrietaron, cayeron y se transformaron en ballenas. Entonces Sedna supo que no podía luchar más, y se hundió también en la inmensidad de aguas insondables. Desde entonces Sedna es la diosa del océano y vive sumergida en las profundidades. Es ella la que, según cuentan los inuits, provoca las tempestades cuando se enfurece. Pero también es quien provee generosamente los alimentos que les permiten vivir. Ella es la madre y la reina de todos los animales marinos.

Y por eso Sedna es, también, el planeta que más se aleja del Sol en su recorrido orbital, es quien más se sumerge en lo profundo y oscuro de los océanos espaciales, el que más se aleja en sus vagabundeos cósmicos. Y es, de toda la banda de irreverentes plutonianos que hacen de las suyas en los suburbios del sistema solar, el más frío, el más solitario, el más silencioso. Como la muchacha que un día se hundió para siempre en las aguas del Ártico.


jueves, 2 de enero de 2014

Tu voz seguirá viviendo

Él no entendía de miedos ni de silencios. Por eso andaba por las calles de Santiago, dele disparar su cámara, como un juego, con inocencia casi. Y no hacía caso de consejos ni prestaba atención a las miradas temerosas y a las voces preocupadas que le decían: Tené cuidado, no hables alto, no jodas tanto con esas fotos.

Rodrigo Rojas De Negri tenía 19 años. Y había vuelto a nacer en su Chile, después de una infancia de patria escamoteada por una dictadura cuyas cadenas ya chirriaban en aquel 1986. 

La historia del exilio venía de diez años atrás, cuando le tocó partir hacia Canadá, a vivir su cumpleaños número diez lejos de su mamá, Verónica, que mientras tanto se la aguantaba como podía en el campo de concentración de Tres Álamos, una de las tantas sucursales del espanto diseminadas por todo el territorio chileno durante el tiempo de la pesadilla. Un año (se dice pronto) estuvo Verónica De Negri allí dentro. Pero logró salir andando, y entonces se fue para el Norte a buscar a los hijos que la habían precedido en el camino del destierro. 

Después llegó para Rodrigo el tiempo de la adolescencia, en una tierra extraña a la que sentía no pertenecer. Es muy difícil, en esa edad de las inseguridades, saber que tu pasado es una semilla, hundida en una tierra lejana e inaccesible, que nunca llegó a germinar. Y es más difícil aún llevar atragantado el nombre de una patria cercado por nostalgias que no tienen forma de nada. Pero Rodrigo fue buscando respuestas en palabras simples que definían aquello tan querido, tan propio, tan lejano: Chile, Latinoamérica. Y encontró que la música y la poesía de su tierra y de otras tierras hermanas lo ayudaban a restañar su identidad herida.

En casa de otro exiliado chileno, Marcelo Montecino, aprendió a mezclar luces y sombras y a capturarlas adentro de una cámara. Y entre compañeros de Patria Grande aprendió a darle forma a sueños de libertad y justicia. Y con la suya, el alma de todos vibrando con cada triunfo, no importaba donde fuera: Una victoria sandinista en Nicaragua. Una hazaña más del Farabundo Martí en El Salvador. Y, sobre todo, la resistencia que crecía sin pausa en el Chile querido y remoto, la resistencia cada vez más grande, cada vez con menos miedo. Entonces decidió que tenía que volver. (Tal vez entendió que quedaba poco tiempo y que había que apurarse antes de que las ideologías comenzaran a morir).

Y un día, sus ojos de diecinueve años pudieron, por fin, reencontrar las imágenes que el exilio le había robado a su infancia. Su Chile, ese Chile que tanto le había faltado durante toda la vida, se le apareció como una tierra hermosa que debajo de su dolor escondía la fe que nadie había podido prohibir, que detrás de cada suspiro por la libertad perdida dejaba oír el murmullo alegre de la esperanza que no se había dejado encarcelar, que dentro de cada lágrima derramada guardaba sueños que habían escapado a los fusilamientos y a las torturas.

Y en seguida, Rodrigo comenzó su trabajo. Tomó la cámara y empezó a sacar fotos y más fotos. Clic, un policía. Clic, un carabinero. Clic, muchos manifestantes. Clic, barrios, paredes, niños, madres, mendigos, calles. Todo Santiago era capturado por el ojo mágico de Rodrigo, todo un país que latía en su lucha y en su espera que cada vez eran menos silenciosas. Tené cuidado, no hables alto, no jodas tanto con esas fotos. Pero él sabía que tenía que apurarse, y que no tenía tiempo para hablar en voz baja.


El 2 de Julio era día de protesta nacional. Él iba allí, con un grupo, por una calle comunal. Querían armar una barricada y cortar el tránsito. Una patrulla de soldados salió a su encuentro y comenzó la persecución. Escaparon todos, menos dos. Uno era Rodrigo, la otra era Carmen Gloria Quintana, de 18 años. Los redujeron, los rociaron de combustible y los hicieron arder. Luego, a las órdenes del jefe, teniente Sergio Fernández Dittus, los envolvieron en frazadas y los subieron a una camioneta. Después de dar vueltas un rato decidieron dejarlos tirados en una acequia de las afueras de Santiago. 

Rodrigo murió cuatro días más tarde. Carmen Gloria, tenaz, emperrada, no les dio el gusto y resolvió vivir para contar el horror a todos. 

Aún quedaba un largo tiempo de lucha, pero Rodrigo ya había dado lo suyo. Finalmente, en 1990 se terminó el tiempo de la infamia. Pero no todas las deudas se saldaron como se debía. Y aún hoy, ya con más de veinte años de democracia recorridos, queda mucha, muchísima injusticia sin reparar en un Chile que, acaso por eso mismo, tantas veces se nos propone como modelo. Por algo será. La memoria de Rodrigo sigue esperando.

Rodrigo, pequeño bandido cazador de imágenes, fantasma de cámara al hombro y mirada en el horizonte. No te dieron tiempo para nada pero vos, no sé cómo hiciste, tuviste tiempo para todo. 


jueves, 6 de junio de 2013

Big Bang



Al apretar el antebrazo contra el pecho pasan dos cosas. Una de ellas es una descarga que me estremece desde el hombro hasta las uñas y que contengo con un gemido sordo porque imagino que no me gustaría que me preguntaran si me duele mucho. La otra es que el agujero en mi muñeca comienza a vomitar sangre a chorros. Esto me produce un regocijo morboso y masoquista. Cada descarga resulta una agonía. Una dulce y terrible agonía. Soltar el brazo y dejarlo caer sobre la mesa dispuesto a comenzar una nueva excavación resulta oscuramente excitante.


La punta del cuchillo remueve algunos pedazos de carne y trozos de piel que quedan colgando. Mis dientes vibran. Mi cuello está tenso y erecto, como un diapasón. Los dedos de la mano izquierda y de ambos pies se crispan y las mandíbulas se vuelven de acero, abocadas a la exhalación de una retahíla gutural que no sabe si es de dolor o de placer. Percibo el sudor brotando de mis sienes y precipitándose sobre mi pecho desnudo. También mi espalda es recorrida por un reguero ardiente. No sé si podré seguir conteniendo la respiración, pero decido no detenerme. La punta del cuchillo se detiene, indecisa por un instante. Finalmente escarba a mayor profundidad, y mi grito es agudo y breve. Después de haber arrastrado algunos pedazos más de muñeca, retiro el cuchillo y lo examino en silencio. La sangre que baña la hoja me resulta totalmente ajena, como si no estuvieran allí la descarga y el dolor para recordarme que se trata de mi propia carne y mi propia sangre. No puedo reconocerlas, las miro en muda interrogación, no del todo seguro de su realidad, y me pregunto el por qué de esto.


-¿Por qué hago esto?-


Ahora que me he sentado en el sillón y que he dejado caer mi brazo izquierdo al costado, me siento libre. Dejo que mi cabeza se desmaye sobre el pecho velludo y húmedo y entonces la herida comienza a arder, a latir, a aullar. A mis pies, desparramados en un caos que figura un infierno desconocido, hay goterones de la sangre que ha seguido manando y hay trozos de muñeca de distintos tamaños y formas. El cuchillo ensangrentado cae entre ellos y percibo en las muelas el ruido de su hoja metálica rebotando en la dureza del suelo. 


Siento mucha sed, mucho calor y mucho frío. La herida se agiganta ante mis ojos vacíos. Si los abro, laten mi estómago y mi garganta. Si los cierro, veo una herida inabarcable, veo con pavorosa cercanía cada uno de los vasos que se han roto, todas y cada una de las células profanadas, veo millones de hilos que se agitan y se retuercen cono serpientes enloquecidas, veo fibras de carne que a cada espasmo se humedecen con la sangre que brota sin pausa desde su interior, veo un océano de tejidos revolviéndose, ardiendo al contacto con el aire que entra como un huracán sulfuroso por el hueco, este hueco profundo e interminable que el cuchillo ha abierto.


Mientras araño mi rostro con la mano derecha, mientras aprieto mis dientes y giro hacia el costado, levanto a mi agonizante mano izquierda y la dejo morir sobre el apoyabrazos. La herida es (por fin lo entiendo) la definición exacta y terrible del universo. Entre mis sienes palpitantes intento buscar lo que significa este dolor disparatado que jamás podré explicar ni describir. Apenas logro atrapar este instante ínfimo e intrascendente, esta superficie que es menos que un átomo dentro de un universo indiferente a mi herida, y a todas las heridas. Y la sangre sigue cayendo, y cada gota que cae y estalla contra el piso, se convierte en un fugaz universo donde hierven millones de células y billones de heridas, con cada una de las cuales somos mutuamente indiferentes.


Todavía no sé por qué hago esto.


sábado, 4 de mayo de 2013

Manual Instructivo Misceláneo de Escritor Gordo (selección)


Instrucciones para mirar llover (Capítulo XLIX)

La contemplación de la lluvia es una actividad recreativa de gran interés, capaz de innumerables matices según las circunstancias en que se la desarrolle. A continuación brindamos una escueta instrucción para vivir esta experiencia en toda su intensidad.

Para un sujeto

Precondición número uno: Es necesario que esté lloviendo.

Precondición número dos: El sujeto debe poseer capacidad visual. Si usted es ciego, suspenda la lectura de este instructivo y diríjase al capítulo ‘Instrucciones para oír llover’ de este mismo manual, donde dará con las recomendaciones adecuadas.

Desarrollo: Comenzado el fenómeno meteorológico de precipitación de gotas de agua sobre la superficie (en adelante lluvia), el sujeto podrá optar por dos modalidades de visión.

  • Modalidad indoor: Ubicado bajo un techo protector (que puede ser el de una casa o cualquier otro edificio) el sujeto debe dirigir su vista hacia una ventana abierta o cualquier otro agujero permanente practicado en la pared de la vivienda. Desde aquí disfrutará una visión de la lluvia limitada por las dimensiones de la antedicha ventana, pero igualmente estimulante.
  • Modalidad  outdoor: Situado en cualquier espacio abierto (plaza, vereda, calle, parque, etc.) el sujeto podrá gozar del espectáculo pluvial con solo mantener los ojos abiertos, sin importar hacia donde los dirija. Esta modalidad presenta una serie de desventajas consecuentes, tales como: mojadura, calado de huesos, enlodamiento y eventuales resfríos ulteriores.

Para dos o más sujetos

Aplícanse las mismas instrucciones referidas para un sujeto individual. Sólo que de esta manera se pueden verificar consecuentes situaciones molestas. A título de ejemplo detallaré algunas:

  • Amontonamiento de sujetos en la vecindad de la ventana (modalidad indoor), lo cual da lugar a violentos forcejeos y empujones en procura de una mejor visión.
  • Comentarios aburridos por parte de los demás sujetos, a los que hay que contestar en virtud de las normas sociales vigentes. Algunos de los más usuales son: ‘Mierda, cómo llueve, ¿eh?’, ‘Esto le viene bien al campo’, ‘Acá caen dos gotas y se inunda todo’, 'Yo lo que tengo miedo es que me entre humedad en el garage', ’A mí me gusta más cuando hay sol, qué querés que te diga’ o ‘En serio, cómo llueve, ¿eh?’.
  • En caso de que la lluvia provoque un corte de luz, los demás sujetos entrarán en pánico y pondrán en marcha los tediosos protocolos previstos para esta situación, obligándolo a usted a seguir los mismos (ver ‘Instrucciones para cuando se corta la luz’, capítulo CCXXVII).(…)





Instrucciones para contar un secreto (Capítulo MCCXXIX)

Pocas actividades resultan más placenteras que la de traicionar la confianza de un ingenuo que nos ha revelado un secreto, ventilando el mismo a diestra y siniestra.

La tarea de publicar o difundir un secreto exige varias condiciones previas. Una de ellas es la de contar previamente con un amigo que profese un alto grado de intimidad con usted. Esta precondición no es sencilla de cumplir, pero con años de paciente ejercicio de amistad puede conseguirse. Esto lo convertirá en firme candidato a  depositario de una confidencia por parte de algún gil que crea que usted es una persona cabal.

La otra condición es contar con un universo de amistades o conocidos comunes con aquel pobre individuo. Es de esperar que en este corpus se cuente un alto porcentaje de chismosos a quienes pudiere interesar vivamente la revelación malsana de cualquier secreto. 

Planteado este escenario, sólo resta esperar a que su incauto amigo comparta alguna intimidad con usted. Imaginemos un ejemplo. Usted está en poder de un secreto de alta criticidad y decide divulgarlo entre los terceros involucrados, con consecuencias imprevisibles. Es que su amigo le ha confiado que está harto de su esposa (la del amigo, no la suya de usted), que medita la posibilidad de abandonarla y que, además, está manteniendo encuentros furtivos con una joven compañera de oficina. Usted toma nota y promete mantenerse en silencio. Inmediatamente después de esto, usted se dará a la tarea de comunicar toda la información recibida a los siguientes sujetos:

  • La esposa de su amigo, persona de carácter posesivo e histérico.
  • Los hermanos menores de la mujer, propietarios respectivamente de ciento ocho y ciento seis quilos, noveno dan de karate shotokan este y veterano de Tormenta del Desierto aquel.  
  • Las amigas de la mujer, personas de fuerte sentido solidario y poseedoras de un carácter violento y vengativo.

Cumplido este punto, a usted solo le resta esperar el día siguiente a la hora en que su amigo sale de la oficina. Entonces podrá atestiguar el linchamiento de este pobre diablo confiado por parte de los enfurecidos comunicandos de su secreto, espectáculo que usted contemplará oculto detrás de una columna, riendo a mandíbula batiente (…)”