miércoles, 28 de abril de 2021

Turning Point

"La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita..."

Así empezaba el cuento. Se llamaba "El Aleph" y le había costado días y esfuerzo leerlo. Al acabar, lo juzgó monótono, complicado, absurdo. La idea de un sótano y una bola luminosa que mostrara tantas cosas juntas lo hizo reír con condescendencia. Era una idea demasiado estúpida. El cuento era una cagada. Y sobre todo ese párrafo del comienzo... ¿Qué carajo tendría que ver la muerte de la mina con el cambio de un aviso de cigarrillos? Si se muere alguien que conocés, lo que te jode es la muerte en sí, y las otras cosas pasan porque pasan. ¿O no? No tiene nada que ver. En conclusión, tiempo perdido leyendo esa pelotudez. El autor era un tal Borges. Sabía que era alguien famoso (en casa lo habían nombrado tres o cuatro veces) y que se había muerto hacía bastante.

Dejó el libro y bajó al comedor. La cena ya estaba lista y comió con rutinario placer. Se habló como era habitual: la breve revista diaria del pequeño mundo circundante. El informe tedioso. La vecina insistente. El jefe detallista. La cuñada amargada. Finalizado el repaso se hizo un silencio de pocos segundos. Luego se oyó una voz que aportaba, repentino, el último dato rezagado.

- El que me enteré que murió es Saravia, el señor ese de la camioneta -

La novedad le provocó un brevísimo impacto. Indagó con módica curiosidad sobre circunstancias y detalles (un infarto, esa misma mañana). Consultó la edad y condición médica previa del señor Saravia. Elaboró una rápida conclusión sin pretensión filosófica y siguió comiendo. Así concluyó el día.

La mañana siguiente, camino de la oficina, pasó manejando frente a lo de Saravia. Notó que la camioneta, que habitualmente estaba estacionada allí a esa hora, había desaparecido. Alguno de los hijos ya se la habría apropincuado. Recordó el comienzo de "El Aleph" y se rió con ganas, pensando que la ausencia de la camioneta equivalía al aviso de cigarrillos rubios de la Plaza Constitución. "Lo único que falta" - se dijo – "es que crea que a partir de la muerte del tipo y la ausencia de la camioneta se me ocurra que el mundo empieza a cambiar. Qué pelotudez". Siguió viaje pensando ahora en la reunión de revisión de las nueve y media...

Al entrar al centro por la avenida Vístula le llamó la atención un tumulto de vehículos atascados. Eso lo retrasaría. Pensó en bajar la ventanilla y preguntarle al pibito que tocaba el violín en la esquina de Nosferatu y que siempre estaba al tanto de todo, pero no lo encontró. En su lugar había un flaco que hacía malabares y que tenía cara de boludo. Se sintió desasosegado. Consultó el celular y entonces supo que la municipalidad había cambiado el sentido de varias calles y no lo había informado. Tomó nota mental de que a partir del día siguiente debería entrar a la playa por Felipe Cuevas en vez de por Ollejos, como hasta entonces. El atasco lo hizo llegar tarde a la oficina y a la reunión de revisión de las nueve y media. Entró a la sala, jadeante y nervioso, a las diez menos cinco. Para entonces, Mayón, Peretti y Stagnaro se habían llevado el crédito por la presentación del informe.

A la hora del almuerzo notó que la piba que vendía las viandas no había venido. Le explicaron que la habían contratado como cheff en un restaurante en la zona de Santa Tecla. Esto se lo contó Alcaraz, que por otra parte se había afeitado la barba de años y ahora parecía otra persona. El día siguió. El kiosco bar de la planta baja había emprendido refacciones; la gente del quinto piso había sido trasladada al segundo; el dispensador de agua había sido movido hacia el ventanal que daba al parque; los juegos del parque habían sido quitados y en su lugar se empezaba a construir un playón para patinaje... Se asustó. Aquella locura de cambios se había salido de control.


Llegó a casa a eso de las siete. Subió en silencio al dormitorio, se descalzó los zapatos y se recostó. Cerró los ojos e intentó dormitar. Tres segundos después dio un respingo. Giró hacia la mesa de luz. Desde la tapa del libro, la imagen de Borges parecía mirarlo con desdén. Dejó caer nuevamente la cabeza sobre la almohada y suspiró con fuerza. Entonces entró la esposa, ansiosa por contarle la inesperada y excitante decisión que había tomado el sobrino más grande. La interrumpió.

- Esperá un poco. Dame tiempo para ordenarme la cabeza. Es que... creo que la muerte de Saravia cambió todo el Universo -




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Liberación

Lo despertó el timbre. Alguien apretaba el botón de manera corta, perentoria, cada cinco segundos. Se levantó y entró al baño. Se lavó la cara a toda velocidad, se vistió, se peinó. Todo el proceso no le llevó más de noventa segundos. Durante ese lapso sonaron quince timbrazos más. Recordó que era Domingo y estimó que ya serían las nueve de la mañana.

-¡Voy! ¡Voy!-

Corrió desde el baño. Atravesó el pasillo, el comedor y el living eludiendo sillas y saltando por sobre los cuerpos caídos, desnudos y roncantes. El humo ya se había disipado, pero persistía el olor dulzón y pegajoso. Llegó a la puerta y la abrió ansiosamente. Tal como imaginaba, eran los Predicadores. Los saludó con tanta efusión y alegría que ni el muchacho de camisa blanca y corbata negra ni la chica de blusa cerrada y pollera larga atinaron a nada más que apenas sonreír.

-¡Llegaron justo! ¡Pasen, pasen!-

Los empujó hacia dentro. Aún desconcertados, se dejaron meter a la casa. Entonces él dio un salto hacia afuera, cerró de un portazo y echó llave. Y se fue corriendo calle abajo, feliz.