sábado, 14 de abril de 2012

El díptico revelador de Bart

Cualquiera que, como el que firma, sea pasible de ser catalogado como un simpsonista ultramontano coincidirá plenamente con que uno de los rasgos más entrañables de esta serie ya largamente clásica, es el amplio y muy eficaz empleo de lo que se conoce como “referencias culturales”. Es decir, aquellas alusiones o guiños que remiten inequívocamente a eventos y personajes históricos, películas, canciones, obras de teatro, novelas, leyendas o lo que fuere… A veces utilizadas de manera más implícita y discreta, y en otras de modo más grueso e intencionado, pueden provocar tanto la sonrisa cómplice como la carcajada sorprendida. Especialmente en los episodios de aquellas viejas primeras temporadas, hoy tan extrañadas por muchos. Sin mayor esfuerzo, comparecen en la memoria de cualquier fanático capítulos con referencias que van desde Howard Hughes hasta el Che Guevara, desde Lucy in the Sky with Diamonds hasta el Karate Kid, desde Rupert Murdoch hasta Pink Floyd. 

De lo arriba escrito se podría llegar a pensar que la serie habría sido pensada y diseñada para agradar a un público dotado de un bagaje intelectual amplio. Nada de eso. En Los Simpsons, las referencias culturales le añaden un placer extra al espectador, son un ingrediente más del universo ideado por el genial Matt Gröening, pero de ninguna manera el único. Allí está la clave de su encanto: La posibilidad que la serie nos brinda para ser disfrutada desde planos diferentes e independientes entre sí. De ahí la convivencia del humor llano y más efectista que se alimenta de los vandalismos de Bart, las animaladas de Homero, los eructos de Barney, los accidentes que se abaten despiadadamente sobre la humanidad del pobre Juan Topo; con los subterfugios que se desencadenan a partir de la neurosis, la ignorancia, el cinismo, la deshonestidad sincera de los personajes… (“¿Recuerdas que te devolví el dinero que me prestaste? Bueno, ahora quiero que me hagas un favor a ”). Para no hablar del descarnado empleo de los más variados perfiles psicológicos  -aunque afortunadamente liberados de cualquier encorsetamiento en estereotipos clásicos, sino más bien que redefinidos esmeradamente en mil rasgos personalísimos- en muchos de los cuáles nos podemos reconocer, no sin cierta vergüenza al admitirlo, con sus cosas buenas y malas. Porque, siendo sinceros, ¿quién de nosotros no tiene –aunque sea a veces– un poco de la mediocridad utilitarista de Moe y –en otras– un poco del idealismo generoso de Lisa; ayer la tacañería de Monty Burns y mañana la dadivosidad de Ned Flanders; alguna vez el servilismo eficiente de Smithers y otra la rebeldía inoperante de Jimbo? El que esté libre de tanta esquizofrenia, que arroje la primera piedra (por cierto que no seré yo, contradicción ambulante, quien lo haga).

Pero bueno, mi idea no era la de terminar escribiendo un ensayo o un análisis sobre Los Simpsons. Eso ya se ha hecho muchas veces antes, y mejor. De lo que tengo ganas es de hablar, tomando como excusa precisamente una de estas mentadas referencias culturales, sobre dos de los grandes artistas que conoció el siglo XX. Sus nombres: Helmut Newton y Diane Arbus.

¿Quiénes son? Voy a dejar que sea el mismo Bart quien los presente. Para ello, retrocederemos a aquella entrañable primera temporada y volveremos a disfrutar del capítulo La correría de Homero. (Mierda, si hasta parece que fue ayer). La cosa comienza con la adquisición por parte de Bart de una cámara fotográfica en miniatura. (¿Hará falta aclarar que estamos en 1990 y que todavía la fotografía no es digital ni enviable por correo electrónico ni copiable en pendrive ni compartible en Facebook?). Continúa con Homero asistiendo a una despedida de soltero. Y se descuaderna cuando Bart  –con elusividad de espía– consigue capturar una escena donde su papá, devenido en el alma de la jarana, baila frenéticamente con un bombón de Springfield llamado Princesa Cachemira. El resto es, aún por conocido y recordado, tan previsible ahora como entonces, y como entonces tan delicioso de atestiguar: La imagen de la bella y la bestia se convierte en un fenómeno popular desde que ve la luz en el laboratorio de la Junta de Futuros Fotógrafos de América, se descontrola en la fotocopiadora de la Escuela Primaria de Springfield, se expande por el pueblo a velocidad de vértigo, consagra a Homero como fugaz playboy local y se estrella contra la furia de Marge, derivando en una crisis matrimonial que, ya entonces, termina resolviéndose de modo tan absurdo como los acontecimientos que la generan. Pero volvamos a donde quería llevarlos. Es a aquel momento en el que Bart, de manera feliz e involuntaria, logra el hallazgo de crear en una sola imagen un merecido homenaje a dos fotógrafos tan geniales como diferentes.

"Mi papá y la Princesa Cachemira" (Bart Simpson, 1990)

 
“Los tonos grises recuerdan la obra de Helmut Newton” opina entusiasmado uno de los chicos del club de jóvenes chasiretes, observando a “la sensual chica” que se contonea ante el entusiasmado Homero. Helmut Newton fue justamente eso: El fotógrafo de las chicas sensuales y los tonos grises. Nació como Helmut Neustädter en 1920 en Berlín. De origen judío, al comenzar las persecuciones contra estos por parte de la maquinaria nazi, se marchó a Singapur, pasando luego a Australia, donde comenzó su carrera como fotógrafo de modas. A partir de los 50, entre Londres primero y París después, cuando trabajó para revistas como Vogue o Elle, se consagró como el mago de la fotografía erótica. El glamour y la seducción conformaban el background de su trabajo. Ante su lente desfilaron muchos de los íconos sexuales del siglo pasado, como Paloma Picasso, Naomi Campbell, Claudia Schiffer y Natassja Kinski. Ojos y labios marcados, claroscuros, mujeres desnudas en ámbitos generalmente lujosos y elementos fetichistas fueron algunos de los componentes que se combinaban magistralmente en sus obras. Personal e irrepetible, la serie Big Nudes (1980) marcó el pináculo de su estilo y su técnica. Murió en Los Angeles en 2004, dejando un inmenso legado perpetuado en su influencia sobre discípulos tales como Mark Arbeit, Just Loomis y George Holz. Y, por supuesto, Bart Simpson.

"Cyberwomen 7" (Helmut Newton, 2000)



“Creo que evoca los personajes de Diane Arbus”, comenta el mismo pibe colega de Bart al dirigir su mirada hacia el segundo centro de gravedad de la foto, allí donde la camisa blanca de Homero se muestra incapaz de contener esa panzota eternamente abultada y casi con vida propia que se mueve de arriba abajo mientras su propietario desanda un frenesí y una energía juveniles y solteros que pocas veces en su vida y en el resto de la serie volverá a alcanzar. Digno ejemplar de haber posado para Diane Arbus, por cierto. También fotógrafa como Newton, nacida casi al mismo tiempo que este (1923) en Nueva York, con el nombre de Diane Nemerov. Hija de una familia acomodada, su infancia en cuna de oro contrastó con el interés que, a partir de su adolescencia, la empujó a adentrarse en los barrios de Nueva York, cuyos personajes la fascinaban. Mendigos, artistas callejeros, prostitutas y borrachos, especialmente.  Casada muy joven con el aspirante a actor Allan Arbus, inició junto con él su carrera como fotógrafa. Curiosamente, también dedicándose a la moda y publicando en Vogue. Pero a partir del ’58, ya divorciada y tras tomar clases con la fotógrafa austríaca Lissette Model, encontraría el rumbo definitivo: Comenzó a poner delante de su cámara a aquellos seres con quienes había compartido sus vagabundeos adolescentes, como tratando de reflejar a través de ellos sus propios monstruos interiores. Así retrató a travestis, linyeras, siameses, fenómenos de circo, locos, nudistas... La muestra New Sensations, de 1967, causó para muchos un profundo rechazo. Pero también sirvió para que muchos otros la consagraran como una fotógrafa de culto. Su vida agitada y promiscua fue apagándose hasta caer en una depresión que –finalmente- culminó en suicidio en 1971. Seguramente, la Springfield de Matt Gröenning y sus arbusianos habitantes habría sido el escenario ideal para que Diane descubriera muchas más de esas nuevas sensaciones.

"Dominatrix embracing her client" (Diane Arbus, 1970)

Pues bien, estas miradas tan (aparentemente) distintas del mundo y de los seres que lo transitan, fueron unidas por Bart en un díptico revelador: La Princesa Cachemira y Homero Simpson; sensual ella, bizarro él; la seducción y el grotesco; Helmut Newton y Diane Arbus. Caras opuestas que, de pronto, confrontan su asimetría convirtiéndola en una única máscara. Y al fin de cuentas, ¿no es eso lo que todos nosotros somos? Seguro que es lo que somos: Una imagen viviente donde convergen lo bueno y lo malo, lo bello y lo deforme, lo verdadero y lo mentiroso. Gracias por recordárnoslo, Bart.

No hay comentarios: