viernes, 18 de mayo de 2012

Un olvido feliz de Galeano


Sobre mi mesa, mientras escribo, hay ahora varios libros. Soy portador malsano de esa extraña enfermedad que afecta a muchos adictos a la lectura y cuyo único síntoma es descripto como una necesidad absurda de llevar la cuenta de varios libros a la vez. Hasta cinco, en casos graves como el mío y, lo que empeora aún más el diagnóstico, en mixtura caótica de volúmenes que acometo por primera vez en mi vida con otros que vuelvo a repasar sin señales de hartazgo a la vista. Es que -admitamos- hay libros que tienen la virtud de convertirse, aún devorados una y otra vez, en una especie de insulina de la cual ya no se puede prescindir. Pasa con clásicos y pasa con best-sellers, con libros de cuentos y con historias de ciencia ficción, con recopilaciones de historietas y con novelas de autores dudosos. Y también con otros que no pueden clasficarse en ninguna categoría. Cada tanto, alguno de ellos me vuelve a invocar aunque sólo sea para invitarme a gozar una vez más con la lectura de un párrafo cualquiera que casi seguramente sé de memoria. Absolutamente ilógico, por supuesto, pero placenteramente inevitable. Descripta y explicada mi enfermedad, se entenderá por qué es que de vez en cuando siento la compulsión de bajar del estante “El fútbol a sol y sombra”, de Eduardo Galeano, libro que ya leí no menos de cinco veces en mi vida.

Un verdadero deleite, como pasa con todas las creaciones del maestro, que explica a la perfección la ideología futbolera de este uruguayo hincha de Nacional de Montevideo. La pasión por la estética, la debilidad por los jugadores talentosos, el amor por el sentido lúdico de la actividad, tan grande e incondicional como la repulsión por su degeneración en negocio millonario y corrupto. Galeano se solaza en mostrarnos la doble cara del éxtasis triunfal tras el cual aguarda la oscuridad de la derrota. El fútbol que rescata de la muerte y que lleva a ella. El que enseña de moral al joven arquero Albert Camus y el que monta la plataforma publicitaria de dictaduras atroces. Que desata guerras como la de Honduras y El Salvador, y las detiene como la de Nigeria y Biafra. Que tan pronto desdibuja las discordias raciales como luego vuelve a resaltarlas con cínica crueldad. Y durante ese mágico recorrido volvemos a ver jugar a Uwe Seeler, a Garrincha, a Johann Cruyff, al Charro Moreno, a un cebollita de doce años llamado Diego Maradona. Metemos un gol en la final del Mundial junto a Gerd Müller, y en la misma página o en otra el Che nos ataja un histórico penal en un potrero brasileño y amazónico. Nos rompemos la rodilla para hacernos escultores, como Eduardo Chillida, y morimos en silencio el olvido solitario de Moacyr Barbosa. 

Siempre me sorprendió que entre tantas maravillosas evocaciones de ese libro faltaran un par de nombres sobre los que sin dudas don Eduardo tendría mucha cosa linda para decir. Simple olvido, seguramente, pero que me brinda una magnífica excusa para escribir un par de artículos. Uno, que a lo mejor vendrá más adelante, para un bohemio increíblemente talentoso que encandiló en los sesenta: George Best, aquel de “Gasté la mitad de mi dinero en alcohol y mujeres, a la otra mitad la despilfarré”; y el otro, que viene ahora, para Mathias Sindelar, el bailarín de papel.


Para ello, volvamos atrás. Época difícil la de los treinta, con Europa a punto de romper el hervor del caldero puesto al fuego en Versailles. Y el fútbol, claro, dando vueltas por ahí. Mussolini se propone organizar un Mundial, lo consigue y da una orden simple: Italia, su Italia fascista, deberá ser campeona, como sea. Es posible, desde ya. El equipo italiano es potente y será local. Pero saben que no será fácil. Y una de las razones para tener dudas se llama Wunderteam, el Equipo Maravilla. Es la selección austríaca forjada por Hugo Meisl, aquel entrenador que hacía del buen juego una premisa fundamental, al punto de decir que “antes que incluir a un torpe en el equipo, prefiero jugar con diez”. No había lugar para picapiedras ni para rústicos en aquel conjunto glorioso. Mientras en la mayoría de los países se había impuesto desde siempre la escuela inglesa fundamentada en el pelotazo y la carga, Meisl había sido educado por el técnico escocés Jimmy Hogan, quien le había inculcado la impronta de su tierra, basada en la habilidad, el toque y el pase corto. Esta influencia se extendería luego desde Austria a los países cercanos, como Hungría y Checoslovaquia, surgiendo así la escuela del “exquisito fútbol del Danubio”. De aquellos míticos equipos de los treinta, la Austria de Meisl fue la mejor, logrando su pico de éxitos entre el 31 y el 35, período durante el cual hicieron hocicar a todas las potencias europeas de entonces. Aquellos hombres que flotaban sobre el césped y trenzaban combinaciones de perfección geométrica no pudieron, sin embargo, ser campeones. En las semifinales del Mundial del 34 chocaron contra Italia, la dueña de casa, el equipo que no podía perder de ningún modo. Un gol del argentino Enrique Guaita, el piso embarrado del San Siro, que conspiró contra la filigrana austríaca, y la permisividad del árbitro para con la rudeza peninsular acabaron con el sueño. Sin embargo, el recuerdo del Wunderteam habría de sobrevivir a esta caída. Y muy especialemente, el de quien fuera el alma de aquel equipo.


 
Así es, no sería el olvido lo que la historia le reservaría a quien, conocido como “El Mozart del fútbol”, era entonces el mejor del mundo en su puesto, que era el de delantero central. Alto y extremadamente delgado, su figura parecía quebradiza a simple vista y recordaba a un hombre de papel, de allí el primero de sus apodos. Eso era, un papel al que el viento llevaba y que con gracia de bailarín se escabullía de los defensores más recios y no se detenía sino hasta el gol. Era el cerebro, el violín prinicipal de la orquesta de Meisl, que lo amaba como toda Austria. Fue él quien guió a sus compañeros a aquellos triunfos que hicieron historia. La madurez lo encontró talentoso como siempre, brillante como nunca. Y tras la decepción del Mundial 1934, a la vuelta del tiempo le aguardaban dos golpes durísimos: La muerte de su maestro Hugo Meisl en 1937; y el Anschluss, la anexión de su patria por parte del III Reich en 1938. Austria dejó de existir como país y el seleccionado nacional perdió el derecho de participar en el Mundial previsto para ese año en Francia. Pero aquella sinfónica aún tenía un último concierto para ofrecer, y lo hizo precisamente en un encuentro ante la selección de Alemania, organizado para celebrar la anexión. Austria venció por dos a cero; y fue Mathias -no podía ser otro- el encargado de anotar el segundo gol, el último de su vida, y de festejarlo en las mismas narices de los jerarcas nazis que ocupaban el palco. Los jugadores austríacos fueron, más tarde, forzados a incorporarse a la escuadra nacional alemana. Era eso o abandonar el país. Pero Mozart, que fue un campeón dentro de las canchas y más campeón aún fuera de ellas, no hizo ni lo uno ni lo otro, y entonces fue el fin. La persecución se abatió sobre él, acusado por la Gestapo de no acudir a las manifestaciones del Partido y de tener simpatía por los judíos. De hecho, Camila -su novia de toda la vida- lo era. El 22 de enero del 39, ambos fueron encontrados muertos en su departamento. La causa: inhalación de monóxido de carbono. Oficialmente, suicidio. Algunas versiones hablaron de accidente, otras de asesinato. Nunca se sabrá. Y pese a las prohibiciones y amenazas, 20.000 vieneses desafiaron al régimen y desbordaron las calles el día de su funeral. Tenía sólo 35 años. El alma del Wunderteam había muerto.

Esta fue la historia de Mathias, el bandido que ninguna defensa pudo capturar; el goleador que hacía magia desde la cabeza y el pie derecho de su cuerpo desgarbado; el hijo de obreros que deslumbraba en los estadios y que, como buen pájaro, prefirió morir libre que ser funcional a un régimen asesino. Moztl, vaya este recuerdo por tu fútbol que nunca vimos y por tu dignidad siempre admirada.





miércoles, 25 de abril de 2012

Claveles de Abril


Es la medianoche del 25 de abril de 1974 y Portugal comienza su despertar. En las radios suena un himno clandestino. Es Grândola, Vila Morena, una de las tantas canciones prohibidas por la dictadura más longeva de Europa.

    Grândola, vila morena
    Terra da fraternidade
    O povo é quem mais ordena
    Dentro de ti, ó cidade

El  Estado Novo lleva cincuenta años en el poder. Ya hace tiempo que ha muerto Antonio de Oliveira Salazar, el dictador eterno. Pero bajo el mandato de su sucesor, Marcelo Caetano, nada ha cambiado. Los interminables años del régimen han ido dejando un largo reguero de empobrecimiento y tristeza. Uno de cada siete portugueses ha sido arrojado al exilio. Y los esbirros de la terrible Policía Internacional e de Defesa do Estado se pasean a sus anchas por todo el país, desde Bragança a Tariva y desde Guarda a Coimbra persiguiendo y torturando, mientras en la lejana África las colonias de Angola, Mozambique y Cabo Verde, que sufren aún el expolio y la humillación de parte del carcomido imperio portugués, suspiran contemplando la reciente independencia de sus hermanos continentales.
 
    Em cada esquina um amigo
    Em cada rosto igualdade
    Grândola, vila morena
    Terra da fraternidade
 
Avanza la madrugada, y la señal convenida ha marcado el incio de la revolución. Los jóvenes capitanes del rebelde Movimento das Forças Armadas comienzan la marcha sobre Lisboa. Y a medida que van pasando las horas, Grândola, Vila Morena va sonando cada vez con más fuerza. El capitán Salgueiro Maia ha elegido esta canción como símbolo de un movimiento que quiere acabar con cinco décadas de tiranía. Suena también en la radio E depois do adeus, de Paulo Carvalho, la balada que ha obtenido el último puesto en el Festival de la Canción Europea de ese año, pero que tenía reservado un sitial épico en la Historia. Resuenan apenas como un murmullo al principio, y al poco tiempo todo Portugal está cantando, toda Lisboa se está poniendo de pie para recibir a los conjurados que marchan en busca del reducto del dictador.

    À sombra duma azinheira
    Que já não sabia a idade
    Jurei ter por companheira
    Grândola a tua vontade

A pesar del ruego expreso de los capitanes, preocupados por la seguridad del pueblo, las multitudes salen en torrente a las calles de la capital. Miles de claveles rojos son puestos en la boca de los fusiles, dando la bienvenida a los libertadores. Los portugueses están diciendo que no quieren matar, aunque estén dispuestos a morir. Y Zeca Afonso, el padre de la Grândola, sin sospechar siquiera que su canción se está convirtiendo en himno y leyenda, es uno más de aquella marea ardiente de heroísmo y borracha de libertad. Soldados y pueblo marchan codo a codo estrechando el cerco del Terreiro do Paço, último bastión del despotismo. Y entonces, Salgueiro Maia en persona presenta el ultimátum a Caetano. Durante el parlamento resuenan los únicos disparos de la jornada. Provienen de miembros de la PIDE acantonados junto con su jefe, y provocan la muerte de cuatro manifestantes, cuya sangre será la única que habrá de ser derramada durante la revolución. El Estado Novo, que termina su existencia sin gloria ni grandeza, acaba de cometer su último crimen.



Han pasado treinta y ocho años desde aquel 25 de Abril. El sueño quedó en el camino, cuando Portugal acabó ofreciendo mansamente su cuello a la guillotina del neoliberalismo. El enemigo ya no es un déspota envejecido. Ahora es un monstruo sin rostro ni nombre que arrasa con todo dejando a su paso sólo esperanzas rotas y países en ruinas. Y Portugal, como toda Europa, sufre en un silencio que duele pero que también preanuncia un clamor que no podrá ser acallado. Porque mientras en cualquier rincón de Porto, de Evora o de Castelo Branco haya alguien que entone Grândola, vila morena, los claveles de la revolución seguirán sin marchitarse.


sábado, 14 de abril de 2012

El díptico revelador de Bart

Cualquiera que, como el que firma, sea pasible de ser catalogado como un simpsonista ultramontano coincidirá plenamente con que uno de los rasgos más entrañables de esta serie ya largamente clásica, es el amplio y muy eficaz empleo de lo que se conoce como “referencias culturales”. Es decir, aquellas alusiones o guiños que remiten inequívocamente a eventos y personajes históricos, películas, canciones, obras de teatro, novelas, leyendas o lo que fuere… A veces utilizadas de manera más implícita y discreta, y en otras de modo más grueso e intencionado, pueden provocar tanto la sonrisa cómplice como la carcajada sorprendida. Especialmente en los episodios de aquellas viejas primeras temporadas, hoy tan extrañadas por muchos. Sin mayor esfuerzo, comparecen en la memoria de cualquier fanático capítulos con referencias que van desde Howard Hughes hasta el Che Guevara, desde Lucy in the Sky with Diamonds hasta el Karate Kid, desde Rupert Murdoch hasta Pink Floyd. 

De lo arriba escrito se podría llegar a pensar que la serie habría sido pensada y diseñada para agradar a un público dotado de un bagaje intelectual amplio. Nada de eso. En Los Simpsons, las referencias culturales le añaden un placer extra al espectador, son un ingrediente más del universo ideado por el genial Matt Gröening, pero de ninguna manera el único. Allí está la clave de su encanto: La posibilidad que la serie nos brinda para ser disfrutada desde planos diferentes e independientes entre sí. De ahí la convivencia del humor llano y más efectista que se alimenta de los vandalismos de Bart, las animaladas de Homero, los eructos de Barney, los accidentes que se abaten despiadadamente sobre la humanidad del pobre Juan Topo; con los subterfugios que se desencadenan a partir de la neurosis, la ignorancia, el cinismo, la deshonestidad sincera de los personajes… (“¿Recuerdas que te devolví el dinero que me prestaste? Bueno, ahora quiero que me hagas un favor a ”). Para no hablar del descarnado empleo de los más variados perfiles psicológicos  -aunque afortunadamente liberados de cualquier encorsetamiento en estereotipos clásicos, sino más bien que redefinidos esmeradamente en mil rasgos personalísimos- en muchos de los cuáles nos podemos reconocer, no sin cierta vergüenza al admitirlo, con sus cosas buenas y malas. Porque, siendo sinceros, ¿quién de nosotros no tiene –aunque sea a veces– un poco de la mediocridad utilitarista de Moe y –en otras– un poco del idealismo generoso de Lisa; ayer la tacañería de Monty Burns y mañana la dadivosidad de Ned Flanders; alguna vez el servilismo eficiente de Smithers y otra la rebeldía inoperante de Jimbo? El que esté libre de tanta esquizofrenia, que arroje la primera piedra (por cierto que no seré yo, contradicción ambulante, quien lo haga).

Pero bueno, mi idea no era la de terminar escribiendo un ensayo o un análisis sobre Los Simpsons. Eso ya se ha hecho muchas veces antes, y mejor. De lo que tengo ganas es de hablar, tomando como excusa precisamente una de estas mentadas referencias culturales, sobre dos de los grandes artistas que conoció el siglo XX. Sus nombres: Helmut Newton y Diane Arbus.

¿Quiénes son? Voy a dejar que sea el mismo Bart quien los presente. Para ello, retrocederemos a aquella entrañable primera temporada y volveremos a disfrutar del capítulo La correría de Homero. (Mierda, si hasta parece que fue ayer). La cosa comienza con la adquisición por parte de Bart de una cámara fotográfica en miniatura. (¿Hará falta aclarar que estamos en 1990 y que todavía la fotografía no es digital ni enviable por correo electrónico ni copiable en pendrive ni compartible en Facebook?). Continúa con Homero asistiendo a una despedida de soltero. Y se descuaderna cuando Bart  –con elusividad de espía– consigue capturar una escena donde su papá, devenido en el alma de la jarana, baila frenéticamente con un bombón de Springfield llamado Princesa Cachemira. El resto es, aún por conocido y recordado, tan previsible ahora como entonces, y como entonces tan delicioso de atestiguar: La imagen de la bella y la bestia se convierte en un fenómeno popular desde que ve la luz en el laboratorio de la Junta de Futuros Fotógrafos de América, se descontrola en la fotocopiadora de la Escuela Primaria de Springfield, se expande por el pueblo a velocidad de vértigo, consagra a Homero como fugaz playboy local y se estrella contra la furia de Marge, derivando en una crisis matrimonial que, ya entonces, termina resolviéndose de modo tan absurdo como los acontecimientos que la generan. Pero volvamos a donde quería llevarlos. Es a aquel momento en el que Bart, de manera feliz e involuntaria, logra el hallazgo de crear en una sola imagen un merecido homenaje a dos fotógrafos tan geniales como diferentes.

"Mi papá y la Princesa Cachemira" (Bart Simpson, 1990)

 
“Los tonos grises recuerdan la obra de Helmut Newton” opina entusiasmado uno de los chicos del club de jóvenes chasiretes, observando a “la sensual chica” que se contonea ante el entusiasmado Homero. Helmut Newton fue justamente eso: El fotógrafo de las chicas sensuales y los tonos grises. Nació como Helmut Neustädter en 1920 en Berlín. De origen judío, al comenzar las persecuciones contra estos por parte de la maquinaria nazi, se marchó a Singapur, pasando luego a Australia, donde comenzó su carrera como fotógrafo de modas. A partir de los 50, entre Londres primero y París después, cuando trabajó para revistas como Vogue o Elle, se consagró como el mago de la fotografía erótica. El glamour y la seducción conformaban el background de su trabajo. Ante su lente desfilaron muchos de los íconos sexuales del siglo pasado, como Paloma Picasso, Naomi Campbell, Claudia Schiffer y Natassja Kinski. Ojos y labios marcados, claroscuros, mujeres desnudas en ámbitos generalmente lujosos y elementos fetichistas fueron algunos de los componentes que se combinaban magistralmente en sus obras. Personal e irrepetible, la serie Big Nudes (1980) marcó el pináculo de su estilo y su técnica. Murió en Los Angeles en 2004, dejando un inmenso legado perpetuado en su influencia sobre discípulos tales como Mark Arbeit, Just Loomis y George Holz. Y, por supuesto, Bart Simpson.

"Cyberwomen 7" (Helmut Newton, 2000)



“Creo que evoca los personajes de Diane Arbus”, comenta el mismo pibe colega de Bart al dirigir su mirada hacia el segundo centro de gravedad de la foto, allí donde la camisa blanca de Homero se muestra incapaz de contener esa panzota eternamente abultada y casi con vida propia que se mueve de arriba abajo mientras su propietario desanda un frenesí y una energía juveniles y solteros que pocas veces en su vida y en el resto de la serie volverá a alcanzar. Digno ejemplar de haber posado para Diane Arbus, por cierto. También fotógrafa como Newton, nacida casi al mismo tiempo que este (1923) en Nueva York, con el nombre de Diane Nemerov. Hija de una familia acomodada, su infancia en cuna de oro contrastó con el interés que, a partir de su adolescencia, la empujó a adentrarse en los barrios de Nueva York, cuyos personajes la fascinaban. Mendigos, artistas callejeros, prostitutas y borrachos, especialmente.  Casada muy joven con el aspirante a actor Allan Arbus, inició junto con él su carrera como fotógrafa. Curiosamente, también dedicándose a la moda y publicando en Vogue. Pero a partir del ’58, ya divorciada y tras tomar clases con la fotógrafa austríaca Lissette Model, encontraría el rumbo definitivo: Comenzó a poner delante de su cámara a aquellos seres con quienes había compartido sus vagabundeos adolescentes, como tratando de reflejar a través de ellos sus propios monstruos interiores. Así retrató a travestis, linyeras, siameses, fenómenos de circo, locos, nudistas... La muestra New Sensations, de 1967, causó para muchos un profundo rechazo. Pero también sirvió para que muchos otros la consagraran como una fotógrafa de culto. Su vida agitada y promiscua fue apagándose hasta caer en una depresión que –finalmente- culminó en suicidio en 1971. Seguramente, la Springfield de Matt Gröenning y sus arbusianos habitantes habría sido el escenario ideal para que Diane descubriera muchas más de esas nuevas sensaciones.

"Dominatrix embracing her client" (Diane Arbus, 1970)

Pues bien, estas miradas tan (aparentemente) distintas del mundo y de los seres que lo transitan, fueron unidas por Bart en un díptico revelador: La Princesa Cachemira y Homero Simpson; sensual ella, bizarro él; la seducción y el grotesco; Helmut Newton y Diane Arbus. Caras opuestas que, de pronto, confrontan su asimetría convirtiéndola en una única máscara. Y al fin de cuentas, ¿no es eso lo que todos nosotros somos? Seguro que es lo que somos: Una imagen viviente donde convergen lo bueno y lo malo, lo bello y lo deforme, lo verdadero y lo mentiroso. Gracias por recordárnoslo, Bart.

jueves, 9 de febrero de 2012

Las marchas escolares y la crisis del sentir patriótico

Es llamativo el hecho de que ningún pensador argentino contemporáneo haya reflexionado jamás acerca de un tópico clave de nuestra cultura, uno de los elementos más conflictivos en lo que refiere a la formación del espíritu nacionalista en generaciones y generaciones de niños.  Me refiero a la marcha patriótica “Aurora”, que ha sido entonada por los educandos de todas las escuelas del país desde tiempos inmemoriales durante los actos escolares, en el climácico momento en que la enseña patria es izada hasta el tope del mástil para ondear allí, idolatrada, plendorosa y ostentando su blime majestad.

No voy a descubrir nada diciendo que “Aurora” cuenta con una letra de alto vuelo poético. Sus autores, los señores Quesada e Illica, sin dudas contaron con amplio favor de las musas a la hora de escribir tan fervorosa marcha. Es por ello que resulta inevitable inflamarse de patriótico amor cuando entonamos sus estrofas ante la vista de la enseña que Belgrano noslegó después de haber cruzado el continente exclamando asupaso libertad.

Pero tal letra  -precisamente por tan rica y pródiga en matices líricos-  conllevó desde siempre, como consecuencia corolaria de dicha virtud, una inevitable y enojosa confusión entre quienes aprenden, de muy pequeñuelos, a cantarla por primera vez en las aulas y patios escolares. Ocurre que muchos de los términos, giros y figuras que la componen son, como ya dijimos, de una compleja riqueza que dificulta su interpretación, sobre todo a quienes, durante la misma época de su vida, recién hacen sus primeras armas de lectura con el concurso de libros de texto cuyo fatigoso esmero sintáctico y gramatical es inversamente proporcional al interés que despiertan sus contenidos.

Así las cosas, fue históricamente imposible evitar que las complicadas metáforas y las arcanas expresiones en que suelen incurrir los himnos argentinos en general  –y "Aurora" en particular– derivaran con el paso del tiempo, a partir de la perdonable ignorancia de los jovencísimos estudiantes, en malinterpretaciones y deformaciones de la letra original, que se irían transmitiendo de hermanos mayores a menores y de segundos grados a primeros, enriqueciéndose y adquiriendo, paulatinamente, proporciones cada vez mayores de sinsentido y absurdo. Veamos.

Alta en el cielo, un águila guerrera
Audaz se eleva en vuelo triunfal

Verdad que hasta aquí no tenemos mucho material que se preste a ningún galimatías lingüístico, si bien no podemos dejar de señalar que mentirá flagrantemente quien diga que, a sus seis años de edad, interpretó cabalmente que lo que estaba cantando significaba, ni más ni menos, lo siguiente: Un águila guerrera audaz (que simboliza a la bandera) vuela triunfalmente hasta llegar al cielo que, como todos sabemos desde nuestra infancia y por mera comprobación empírica, se ubica muy alto. Pero obviemos esta caprichosa lectura del asunto y volvamos al meollo de la cosa pasando a los versos que siguen:

Azul un ala, del color del cielo,
Azul un ala, del color del mar

Nieguen ahora mis lectores que nunca se les ocurrió que lo que en realidad estaban cantando decía “Azulunala del color del cielo, azulunala del color del mar”. Pues que así era. Muchos niños se convencían, en su afán de darle una explicación satisfactoria a aquello, que el verbo “azulunar” debía por lógica significar algo así como “teñir de azul”, lo cual justificaba sobradamente el uso de la forma imperativa enclítica azulunala. ¿Acaso hay algo más evidente que la imperiosa necesidad de teñir periódicamente de azul una bandera que, expuesta a los céfiros invernales y a los inclementes soles del estío, está fatalmente condenada a perder su característico color original, tomado por el venerable Don Manuel del mismísimo cielo re-fulgente de nuestra patria? Prosigamos.

Allí en el asta aurora irradial
Punta de flecha el áureo rostro imita

La cosa comienza a complicarse para cualquier lego en poesía épica. No extrañe, pues, que muchas blancas palomitas se apresuren a creer que se debe cantar “Allienelasta”,  expresión imposible de ser catalogada como barbarismo por el mero hecho de no poseer la mínima similitud con ninguna palabra de ningún idioma terrestre. ¡Pero que así dice la letra, pues! Afortunadamente, el hemistiquio siguiente viene a arrojar algo de luz en el camino, brindándonos algo con un sentido vago pero incuestionablemente válido: “Aurora y Radial”. Claramente, indica que la canción “Aurora”, que estamos cantando ahora mismo, está siendo transmitida simultáneamente por radio, con el noble fin de hacer llegar nuestras canoras voces a todos los hogares de la nación. ¡Como para no sentirnos todos hermanos con tan mágica comunión de argentinidad al palo del mástil! Envalentonados y con el pecho inflado veamos lo que sigue. ¡Pues que ahora sí que no hay consenso posible! Los argentinos somos conocidos por nuestra tendencia a la discordia y la polémica. Pero ¿cómo evadir tal condición si desde niños se nos somete a defender cualquiera de las tesituras siguientes?

“Punta de flecha, el áureo rostrimista”:
“Punta de flecha, Eladio, Rostro y Mirta”
“Punta de flecha, el audio rostro mira”
“Punta de flecha, el lado dos, primita”

Etc., etc., etc…

Los partidarios más encarnizados de cada una de estas alternativas se desviven desde siempre por imponer desaforadamente sus respectivas posturas desgañitando justificaciones imposibles según las cuales “rostrimista” es un tipo con rostro de optimista; “Eladio” es el nombre de un soldado correntino, íntimo amigo del Sargento Cabral, que peleó en la batalla de San Lorenzo y que mató él solo a cincuenta españoles; “Rostro y Mirta” se refiere una pareja de heroicos potosinos que refugiaron al comandante Balcarce luego del desastre de Oaky (o de Huaqui, o de Guaqui, whatever) ... Y así ad nauseam, de modo tal que incluso la estupenda e incuestionable “Punta de flecha”, de cristalina significación para la amplia mayoría del alumnado y la ciudadanía en general, cae también ante la acometida de la impertinencia infantil por obra y gracia de un ínfimo pero no por ello menos recalcitrante grupo de pequeños tempranos adictos a la literatura deportiva que no vacilan en convertirla en esta deleznable expresión:  

“Puntaje fecha es lauro de optimista”

Tratemos de sobrevivir por nosotros mismos a tan sombrío torbellino de absurdos y huyamos hacia las frases siguientes, cuya dulzura y vibración tornan imposible el pronunciarlas sin henchirnos de espíritu albiceleste.

Y forma estela al purpurado cuello
El ala es paño, el águila es bandera

Imposible reducido a papilla por los noveles recitadores de nuestras escuelas primarias, que se empeñan en deformar significantes y significados al entusiasta coro de:

Informa Estela al Purpurado Cuello
Helala, este año el águila es pantera

Sólo la afiebrada mente de los pequeños dilettanti puede pergeñar tan desastrosa sucesión de atentados al espíritu nacional. Es necesario aclarar a quienes hayan podido seguir la lectura hasta este punto sin caer en calenturientos delirios regresivos, que no les parezca absurdo el citado ejemplo, toda vez que resulta una más que plausible explicación que algún párvulo disconforme haya acudido a su padre, tutor o encargado con la lógica y sana curiosidad de su edad enarbolando la inquietud titulada “Pa, ¿qué es purpurado?”, a la que el voluntarioso progenitor, tan pleno de amor paternal como desprovisto del adecuado e indispensable contexto aclaratorio de la cuestión, haya respondido ingenuamente que el tal vocablo no es ni más ni menos que un sinónimo culto de “obispo”. No hace falta más al infante para que la frase cobre sentido total en su intrincada lógica. Resulta perfectamente plausible que el Obispo Cuello, cuya entidad pasará desde ese mismo momento a revestir la fuerza de un auténtico mito urbano entre la generalidad de la población menuda, deba ser cabalmente informado de algo por parte de una comedida Estela.  Ese algo queda puntual y definitivamente aclarado en el verso siguiente, donde se nos impone la novedad de que, dado que este año el águila se convertirá en pantera (según vaya a saberse qué insólita derivación de los ciclos del Horóscopo Chino empleada por los chicos a modo de burda deus ex machina) se torna perentorio que el citado obispo tome el recaudo de helarla (al águila, claro) a fin de evitar tan perturbadora transformación. ¿No es absolutamente lógico? Un águila congelada queda siempre siendo águila, por más veleidades mutantes que tuviere. ¡Triste destino sería el de una patria cuyos hijos permitieran que su bandera trocara en peine! Nosotros aquí, ya rendidos ante una retórica que de tan delirante se nos torna imposible de refutar, corremos hacia la luz que se percibe al final del túnel y de la canción, como cálido y reivindicador refugio para nuestros más enraizados conceptos. En efecto, resulta imposible no rendirse a la inmaculada pureza y sencillez de lo que sigue:

Es la bandera de la patria mía
Del sol nacida, que me ha dado Dios

¡Claros y precisos versos que cortarán de cuajo cualquier retorcimiento por parte de las impunes criaturas a quienes confiaremos el futuro de la Patria! Alabado sea ese mismo Dios que, amén de darme esa bandera que nació del sol…
Esperen, esperen… ¿En qué quedamos? ¿La bandera nació del sol? Pero si nació del sol, ¿Por qué decimos que me ha dado Dios? ¿Dios vendría a ser el Sol? ¿Es que ahora abandonamos nuestro tradicional catolicismo apostólico romano para volvernos burdos paganos idólatras, adoradores del Astro Rey? ¿Qué somos, ahora? ¿Egipcios, griegos, aztecas, bosquimanos? Más aún, ¿a qué entonces tanto homenaje a Belgrano, hasta aquí supuesto creador de la bandera, si ahora quedamos en que a la bandera nos la ha dado Dios y además nació del Sol? ¿Belgrano vendría a ser un mero intermediario? ¡Ah, maldita la hora en que me enseñaron la letra de Aurora! Ya no sé en qué creer. ¡Dios mío! ¿Por qué no me hiciste bielorruso, australiano o keniata? ¿Cómo volver a sentirme orgulloso y vibrante de argentinidad ante tamaño desatino al que nos ha arrastrado nuestra irresponsable chiquillería escolástica?

Y es entonces que vengo, en ardiente epifanía en el epílogo de esta vacilante reflexión, a vindicar como único concepto claro e inmarcesible de nuestra lírica patriótica el magnífico verso que define, con paladina exactitud, nuestra más profunda idiosincracia y el modo más primordial que cobra nuestro sentir nacional cuando la vista del enemigo común:

Con valor, Susvín culos rompió

Sí, ni más ni menos que el viejo y querido general Susvín, personaje amado -en instintiva sabiduría- por todos los niños criollos, mítico ser de quien el luminoso nombre es omitido pérfida y minuciosamente por todos los historiadores en cuyas fuentes hayamos tenido la desgracia de abrevar.

¡Ah, historiadores argentinos, tradicionales o revisionistas, enfrentados en nimiedades, igualados en necedad! Que las generaciones futuras sepan reparar lo que nosotros y nuestros antepasados tan torpemente hemos venido destruyendo a lo largo de doscientos años de obtusa iconoclasia.


viernes, 3 de febrero de 2012

Demagogo serial


Maldije por lo bajo. Al destino, al azar, a mi karma, a la Ley de Probabilidades que me había depositado en la cátedra de la profesora Werchracki, y –trágica transitividad– a la profesora Werchracki, que había armado los grupos de trabajo para el segundo práctico cuatrimestral de Modelos y Simulación II según fuera a saberse qué maldito criterio. Aunque, en realidad, yo sí que sabía cual era el maldito criterio. A la vieja le encantaba formar equipos de tres a cinco alumnos, procurando que en los mismos coincidieran dos (o más) compañeros que se odiaran, o que al menos se llevaran mal. ¡Hasta parejas recién disueltas llegó a meter juntos! Así fomento el acercamiento entre personas que no congenian, decía para justificar aquel despropósito. Con una constancia increíblemente inmune a toca clase y niveles de cuestionamientos, Werchracki había venido aplicando esa técnica –que ella consideraba modernísima– durante cada uno de los veintitrés años de su mediana y mediocre carrera docente logrando, como es fácil de imaginar, un fiasco tras otro. A lo largo de todo ese tiempo, la mayor parte de los grupos así formados habían fracasado con ruido, consecuencia lógica de la discordia que, desde el primer minuto de la primera reunión de trabajo, se instalaba entre los miembros como una nube negra y maléfica que a la mínima fricción o desacuerdo estallaba en mil relámpagos de acusaciones, disputas y reproches. ¿Qué trabajo podía llegar a buen puerto en esas condiciones? Desde ínfimas monografías hasta proyectos colosales, todos naufragaban en un mar de rencores y pullas, dejando a los infelices estudiantes a merced de la frustración y la crisis vocacional. En los casos más graves habían llegado a verificarse episodios de insultos, trompadas y sillazos históricos que acabaron destruyendo legajos inmarcesibles y manchando para siempre analíticos que hasta entonces habían sido dignos candidatos a una Beca Fulbright. ¿Cómo olvidar el caso de Nicolás Otaño, el flaquito que había terminado el bachillerato en el Cornelio Saavedra con un promedio de nueve noventa y cuatro y que ahora, en la Facu, venía metiendo un diez atrás del otro, al punto tal que el diario El Imparcial le había hecho una nota donde se lo calificaba de alumno sobresaliente y potencial Nobel? Cosa curiosa y cínica de la vida que, habiendo provisto una dotación formidable de cualidades intelectuales como en el caso de este pibe –encima un pibe ultra sano que lo más osado que había hecho en su vida había sido tomarse un mojito– termina ella misma escupiéndote el asado de forma definitiva y en un único episodio, al contado rabioso, mediante el simple expediente de cruzar en tu camino (léase, adosarte de compañeros de grupo) a un par de irrecuperables como el Cameruza Belloni y la Paquita Promanzio. Mejor ni recordar como terminó eso, ahora que el pibe Otaño lleva tres años entrando y saliendo de una granja de rehabilitación en Malargüe. Encima la monografía les salió como el culo y se sacaron un dos. Todos –alumnos, bedeles, ex alumnos, profesores– coincidían en repudiar la estúpida ingenuidad de la profesora, que no parecía tener la menor noción de que su técnica, tan tercamente sostenida,  resultaba ruinosa para todos. Yo por mi parte, cínico como siempre fui, había terminado por convencerme –y tengo fundamentos muy concretos para ello– de que la muy hija de puta de Werchracki, lejos de ser la vieja gagá por quien todos la tomaban, hacía lo que hacía muy a conciencia de lo que habría de pasar, de puro dañina, turra, pervertida, morbosa y malcogida que era. Si hasta me parecía adivinar un secreto regodeo que le hacía brillar los ojos cuando anunciaba, como por ejemplo ahora:

-Grupo número cinco: Colotto, Campastro, Miretti… y Gianoglio.-

Era inevitable. Que me digan ahora que era idea mía, pero lo cierto es que -antes de soltar el fatídico “Gianoglio”- la muy dañina dejaba flotar un provocativo silencio durante un mínimo margen de tiempo –acaso muchos ni siquiera lo percibieran– que le permitía entonces alzar la vista y gozar con la transformación que entonces experimentaba mi rostro. Seguro que lo gozaba. Gianoglio. Sabía que ese apellido me podía causar una espontánea y disparatada reacción en cadena de síntomas que comenzaban con una serie de intensos puntazos en mi nuca, seguían con dolorosos espasmos pectorales, saltaban luego hacia mis intestinos donde cobraban forma de violentos retortijones para, finalmente, explotar en una frenética taquicardia que yo lograba controlar dificultosamente echando mano a todo mi arsenal de filosofía zen. Cerraba los ojos y suspiraba para mis adentros, adivinando la cantidad de jornadas que se me venían encima del infierno compartido que sin dudas sería la elaboración de ese práctico. Con el Ratón Colotto y la Nati Campastro, estaba todo bien. Si desde primer año que estudiábamos juntos y siempre nos habíamos llevado bárbaramente. Apenas sí me molestaban un poco la falta de puntualidad del Ratón, siempre llegando no menos de media hora tarde a las reuniones, y la insistencia de Nati en llevar pastafrola cada vez que nos juntábamos a estudiar (la hacía ella, le salía horrible) y ofenderse si no la comíamos. Y bien que había que hacerlo, aunque fuera para no tener que aguantar después que anduviera con cara de culo y contestara cada pregunta con irritantes monosílabos. Pero fuera de eso, como dije, no pasaba nada grave ni con el Rata ni con la Nati. Nunca tuve  –que yo recuerde– problemas serios con ninguno de los dos. Hasta podía decirse que éramos un buen equipo de laburo.

Con el pelotudo este del Mauricio Gianoglio, en cambio, tenía y tuve siempre algo que se puede definir como una enemistad mortal, pura, espontánea, sincera. Fue odio a primera vista. Ya desde el cursillo de ingreso (¡tres años, cómo pasa este maldito tiempo!), fue verlo y que me cayera mal. Resultaba lógico que así fuera. Para empezar Gianoglio era un gringo grandote, de físico trabajado, muy firme y seguro en sus ademanes y que lucía una tremenda –y permanente– sonrisa de pelotudo. Ampuloso, gritón, popular, permanente propalador de altísimas carcajadas más propias de un equino que de un ser humano, a toda hora y en todas partes, sin considerar ninguna diferencia entre que estuviéramos en la cantina de la Universidad en hora de almuerzo o en el aula, en medio de un parcial de Lógica Formal I. Vivía convencido de ser el ombligo del universo y de que sus gracias de eructar las frases “Chupame el choto” y “Bozzini maraca” configuraban el Nirvana del humorismo. Como para que no lo creyera así, claro, si vivía rodeado de aquella cohorte de adláteres, que conformaban la amplia mayoría del curso y que le festejaban absolutamente todo. Hasta el Ratón y la Nati, a quienes yo les hacía el no siempre merecido honor de tenerlos por chicos ubicados, maduros, incluso inteligentes, se solían prestar a la boludez. Cada tanto podía vérselos riéndose con alguna cualquiera de las imbecilidades de Gianoglio. Y así, por aquello de donde fueres haz lo que vieres, sucedía con el resto del curso. Menos conmigo, claro. El tipo –Gianoglio– me caía muy mal, y yo no lo disimulaba (nunca serví para caretearla, ni un poco). Y, lógicamente, esto tuvo su precio: El señorito acabó por no bancarse que en su reino osara existir un súbdito no dispuesto a rendirle pleitesía y a aplaudirlo como foca estúpida cada vez que hacía su clásico “pedo axilar” –todo un Great Hit de su repertorio– durante las clases de Cálculo Numérico de la profe Chicco, que automáticamente se largaba a llorar en estas situaciones, o cuando imitaba con exagerado amaneramiento al pobre del licenciado Meneclier. Que si bien el viejo era alto puto, y eso se sabía paladinamente, también es justo decir que no tenía nada de afeminado ni en su gesto ni en su modo de hablar. Pero, en fin, el tema es que el viejo era gay, y entonces Gianoglio lo tenía que caracterizar como el puto típico. Lógico, razonaba yo. Si no lo hacía así  –casi faltaba que sacara un cartelito que dijera Estoy imitando a Meneclier, que es puto corría el riesgo de que su selecto público no captara por dónde venía la cosa. En ese sentido, hay que reconocer que el tipo sabía con qué clase de bueyes araba. No se llega a ser el líder de una masa, aunque sea de una masa de descerebrados como aquellos con quienes yo compartía cátedra, sin contar con al menos algún atributo remarcable, como en este caso lo era el dominio del arte y la ciencia de llevar de la nariz a ese grupete con una capacidad de liderazgo que habría sido la envidia de Gandhi y Malcolm X juntos.

Pero volviendo a mí, Gianoglio nunca tuvo forma de seducirme, cosa que jamás me perdonó. Intentó llegar a mí entonces tratando de establecer una supuesta complicidad a la que, por supuesto, no correspondí en lo más mínimo. Por ejemplo, durante un tiempo comenzó a mandarme mails que contenían videos de minas en bolas que se untaban aceite en las tetas y se metían zanahorias en el culo; o de accidentes donde chocaban como veinticinco autos que se hacían mierda. Ese tipo de boludeces que a él le encantaban y lo hacían reír como un orangután (ya dije antes “como un equino”, no me quiero repetir). Y en el texto del mail donde me enviaba esas pelotudeces, me daba a entender que me lo mandaba a mí solo, como un gesto especialísimo que sólo se permitía él con gente a quien apreciaba de modo singular. Por supuesto que tal deferencia no le dio el menor resultado. Como dije, fui totalmente refractario a estos intentos de atraerme para su redil. Entonces comprendió la situación, me declaró tácitamente la guerra y a partir de ahí me hizo –explícita y bastamente- objeto de un montón de ataques. Pero para su desesperación, resultó que a mí me resultaba divertido tenerlo de enemigo. Él era bastante boludo, predecible, primario; y yo, por el contrario, agudo, veloz para la réplica, venenoso y caradura. Más de una vez mis respuestas lo dejaron mudo y sorprendido y, lo que sin duda más lo jodía, más que mal parado ante su sus atribulados acólitos. No es que mis contraataques fueran a mellar en lo más mínimo su absoluto dominio de aquella plebe, no. Pero, al menos, en tales situaciones Gianoglio debía soportar la poco acostumbrada humillación de tener que quedarse con la boca abierta y huérfana de réplica, y –por añadidura- la insolencia de alguna risa mal contenida procedente de alguno de sus incondicionales, que rápidamente se recomponía y optaba por adoptar un silencio culposo y comedido sobre el cuál sobrevolaba cual buitre una sensación de desamparo que ganaba a todo el grupete ante la defección de su monarca. Claro que esos momentos de tensa vacilación duraban pocos segundos. Consciente de su responsabilidad como líder negativo, en seguida Gianoglio mostraba sus dotes de brillante demagogo, recuperaba la iniciativa echando mano a alguna nadería cualquiera de su inventario básico (que generalmente no tenía nada que ver con la situación a la cual yo hábilmente lo había arrastrado) y, entonces, la piara recuperaba el talante y respiraba aliviada, entre risas reivindicatorias. Todo volvía a la normalidad, luego de la aplicación exitosa del plan de contingencia que siempre tenía preparado para estos (infrecuentes) casos. Ellos a su elemento de oquedad y pavada, yo nuevamente a hacer mi propia vida sin preocuparme por disimular una sonrisita irónica y pendiente de provocarles la peor irritación mediante uno de esos silencios míos perdonavidas, mientras disfrutaba placentera y egocéntricamente de mi pequeño gran triunfo intelectual.

Me resigné. Habría que ponerle el pecho a la cosa y bancarme al imberbe en el equipo. Traté de buscarle la vuelta a mi inquietud para tomarlo de la mejor manera posible. Enfocando el asunto de forma racional terminé por pensar que, aislado de su elemento, tal vez el tipo no fuera tan nefasto. Al fin de cuentas, yo sabía que contaba con mi ascendiente natural sobre el Ratón y sobre Nati, y que Gianoglio -sabedor de esta circunstancia- no tendría cómo disputarme ese territorio. Era así. Sin el soporte de su masa cautiva, hasta el tirano más firmemente asentado sobre sus prerrogativas se queda en bolas. No tendría otra que adaptarse a nosotros, y yo me ocuparía personalmente de garantizar que no se diera el menor lugar para más boludeo del tolerado. Tal vez habría que hacerle la concesión de alguna módica carcajada cuando hiciera de las suyas (todo es política en la vida, señores). Pero de ningún modo podría pasar de eso. Así el proyecto terminaría felizmente, todo quedaría olvidado y  –con suerte–  nunca más me tocaría compartir un proyecto con él. Consciente de esto, creo que me tranquilicé relativamente, bendiciendo a mi innata frialdad reflexiva.

Y debo reconocer que el tipo la hizo bien desde el principio. Tras la primera charla informal después de la clase, yo había comenzado a copar la parada de mi liderazgo dejando establecido que, para la primera reunión de trabajo, se fijaba el siguiente sábado a las dos de la tarde sharp. Gianoglio aceptó hidalgamente mi manera de marcar la cancha. Y el sábado, sorprendentemente, fue el primero en llegar. Lo hizo con una puntualidad que yo no habría esperado nunca, y desde el principio se mostró simpático, aunque en la dosis justa para no ser pesado. Me dio entonces la impresión de estar charlando con un tipo diferente, piola, inteligente, copado. Nati llegó algo después, siempre con su pastafrola a cuestas, y me pareció notarla algo lejana y seria respecto de Gianoglio, como si fuera consciente de que yo estaría ejerciendo mi vigilancia sobre la actitud que ella adoptaría. El Ratón, finalmente, para no variar cayó cuarenta y cinco minutos tarde, y casi desde el primer momento se la pasó mirando a Gianoglio con ojos de idiota, como descubriendo recién entonces que el amo de la manada había dejado su pedestal y se había unido a nuestro grupo con humildad y gesto digno propios de príncipe en el exilio.

Para ser sincero, Gianoglio siguió sorprendiéndome. Durante toda la tarde se mostró práctico, afable, comunicativo y enfocado, aportando la dosificación exacta de los momentos de concentración y los de distensión. Se hizo cargo de tomar notas de lo que charlábamos, aportó ideas muy piolas, contó algunas anécdotas de su adolescencia en Brinkmann y hasta elogió la pastafrola de la Nati, cosa que ni el Ratón ni yo podíamos hacer sin sonar horriblemente hipócritas. A eso de las siete cortamos y, tras una jornada cuya inédita productividad me dejó más que satisfecho, se despidió con la mejor de las ondas. Una vez solos, nos miramos un rato entre los tres, sin saber aún cómo tomar lo que acabábamos de presenciar. 

-Qué bien el guaso- fue la frase obvia pero cierta del Ratón.

- La verdad, hoy Gianoglio nos reveló que tiene otra cara además de la del tipo nefasto que estábamos acostumbrados a ver -  admití.

Nati, en un rasgo de agudeza realmente impensado en ella y que al menos a mí me sorprendió muchísimo, lo definió así: “Como todo representante del sexo masculino de su edad, está dejando atrás la pavada adolescente para adentrarse en la pavada juvenil”. Y, encima, lo remató con ironía: “Está madurando, el pibe”. Me quedé asombrado. Nati por lo general había sido siempre más bien de un humor ingenuo, blanco, naif. Y ahora salía con esto, incluso poniéndole la cereza de una cara cuyo gesto destilaba veneno a chorros. Una sonrisa malévola –inédito en ella- y que le confería un interés inversamente proporcional al que ella solía generar con su sempiterna retórica basada en un auténtico catálogo de perogrullos y frases hechas; un rasgo nuevo, llamativo y atrayente. Me quedé varios segundos mirándola antes de darme cuenta de que la cara de idiota ahora la debía haber puesto yo.

Lo confieso. Durante las siguientes reuniones de laburo, la relación con Gianoglio fue creciendo y consolidándose. Mauricio fue revelando, definitivamente, ser un flaco inteligente, divertido, capaz, ingenioso, trabajador. Se lo notaba sinceramente preocupado por aportar y hacer las cosas lo mejor posible para el proyecto y, además, generar un clima agradable para que el grupo disfrutara de lo que estaba haciendo. Es cierto que en la facu, durante las horas de clases, volvía a ser el imbécil consuetudinario que tan mal me caía. Incluso, su nivel de estupidez al juntarse con sus compañeros de sandeces me parecía ahora mayor, más chocante que antes, al compararlo con la imagen diametralmente opuesta que yo había empezado a forjar de él. Me cabreaba mucho más, cuando antes sólo me generaba indiferencia, el verlo ejercer su cretina vulgaridad arengando a su pandilla a desatar una guerra de comida en la cantina del campus. Pero hice un esfuerzo para entenderlo. Al fin de cuentas, no era fácil dejar totalmente de lado, de un día para el otro, el rol que desde siempre había ejercido. Cosas como la jefatura omnímoda sobre el grueso del alumnado, la potestad de movilizar a toda una multitud con el mero recurso de su voluntad, incluso diría la lujuria del poder, no eran cosas a las que se pudiera renunciar fácilmente. Y, después de todo, mientras en su función de compañero de grupo Mauricio siguiera comportándose como venía haciéndolo, ¿dónde estaba el problema? Bastaba con mantenerse al margen del señor Hyde y quedarse, en cambio, con el doctor Jekyll que el destino nos había revelado. El destino, no. Era más justo agradecérselo a la profe Werchracki. Esta vez las cosas habían salido diferentes.

Y pasaron los días. El práctico avanzó, capeando algunas dificultades de esas que nunca faltan. Resultó que, a una semana de la presentación, descubrimos que el programa que habíamos desarrollado para simular las fluctuaciones del caudal de la cuenca hidrográfica de la Baja Renania durante el decenio 1990-2000 se clavaba espantosamente en el momento de recalcular la información de la curva hipsométrica derivada del índice de compacidad. Obviamente, el que tuvo que tomar el mando de la emergencia fui yo, ya que en aquellos momentos en que se quemaban los libros, en tanto que al Ratón no se le caía ni una idea, Nati se convertía en una máquina de proponer obviedades y emitir lugares comunes (“Debe haber un error, porque si no andaría bien”). Fue entonces cuando Mauricio se convirtió en mi mejor apoyo. Si bien no derrochaba luminarias intelectuales, por lo cual era muy poca la ayuda efectiva que podía prestarme para detectar y solucionar el bug, también hay que decir que su aporte de calma y serenidad contribuía mucho a que yo no me dejara arrebatar por la tensión. Tal vez su visión narcisista, relajada y algo irresponsable de la vida era lo que necesitaba yo como aditamento para visualizar que, más allá de las piedras en el camino, la meta estaba cercana. Y así fue. Luego de depurar la aplicación durante un par de días, acabé descubriendo que el problema radicaba en una inconsistencia de parámetros generada a partir de un error en la función que calculaba el área derivada del polígono de frecuencias de altitudes. Justo el módulo cuyo desarrollo yo había confiado al Ratón. Pero no quise hacer reproches tardíos. Por el contrario, preferí celebrar con los chicos la feliz resolución del nudo gordiano que había amenazado durante un tiempo la llegada a término del práctico. Y durante los días siguientes nos abocamos alegremente a poner a punto la presentación final. Terminamos, con una holgura de tiempo ciertamente inusual para este tipo de trabajos, elaborando un producto bien concebido, bien planeado, muy bien desarrollado y magníficamente presentado. La sinergia había hecho lo suyo, especialmente en lo que se refería al aporte de Gianoglio. Y algo así era cosa que yo no estaba dispuesto a dejar de valorar y agradecer.

Así pues, llegó el día de la presentación. Todo estaba listo en el gabinete: La notebook con la aplicación instalada y configurada, el power point, el cañón proyector y la pantalla. Yo ya conocía de sobra cómo venía la mano respecto de la participación de cada miembro del grupo durante las presentaciones, cosa que había sido un histórico talón de Aquiles para nosotros: El Ratón se volvía temporal y completamente mudo y abúlico, mientras que Nati -queriendo desmentir su timidez- se aceleraba tremendamente y comenzaba a tartamudear incoherencias. Ergo, el encargado de llevar adelante la charla era siempre yo, a favor de mi prestancia, mi amplio vocabulario, mis buenos recursos retóricos y mi manejo impecable y sobrio de los tonos y los tiempos. Pero por esta vez preferí dejar el asunto en manos de Mauricio, al menos para el comienzo de la disertación, de modo de aprovechar su carisma sobre los compañeros y, de ese modo, balancear un poco las cargas de exposición ante público y profesora. Nos acomodamos los cuatro frente a la clase y, tras algunas palabras introductorias a mi cargo, di el visto bueno para comenzar. Mauricio clickeó rápidamente sobre el ícono del power point.

No recuerdo exactamente cómo se fueron desencadenando los hechos posteriores. Sólo tengo atrapadas escenas sueltas, sensaciones confusas y recuerdos atropellados. Me parece que el primer indicio del desastre lo tuve al advertir la boca abierta y los ojos desorbitados de Werchracki; sé que me di vuelta instintivamente para mirar la pantalla y que por un largo período de tiempo fui incapaz de reaccionar. Las carcajadas nerviosas del Ratón me llamaron a la realidad casi al mismo momento que los sollozos entrecortados de Nati previos al soponcio que le sobrevino inmediatamente después. La barahúnda del curso, que había comenzado como un murmullo asombrado e incrédulo, se multiplicó por mil al tiempo que Gianoglio, armado de la sonrisa más cínica, se regodeaba observando alternativamente a los compañeros, a la profesora, a mí y a la pantalla donde, en lugar de verse las diapositivas de los histogramas de recarga neta y los esquemas de cuencas artesianas que habíamos preparado, aparecían imágenes que cabalgaban entre lo morboso, lo cochino, lo vomitivo y lo grotesco. Primero, un mostrenco africano pavorosamente dotado sirviéndose de las habilidades orales de una okapi moteada joven; segundo, dos beldades nórdicas degustándose frenética y mutuamente en el interior de un jacuzzi lleno hasta el tope de melaza de caña; tercero, la foto panorámica de una orgía multitudinaria celebrada en el  salón de actos del Palacio Municipal y en la que podía reconocerse al subsecretario de Planificación y Logística Urbana; a la interventora de la Escuela Municipal de Adiestramiento Canino, acompañada de algunos de sus mejores alumnos; ¡al licenciado Meneclier luciendo un disfraz que lo caracterizaba como Ana Bolena!, y otras figuras públicas menores; cuarto, el primer plano de un culo no identificado sobre el que se había pintado primorosamente un planisferio en el cual la ciudad de El Cairo venía a quedar en medio de una zona muy poco recomendable; y varias más, en sucesión constante, mientras yo miraba atónito e incapaz de reaccionar pero plenamente consciente de que estaba viviendo un momento de quiebre en mi carrera, absolutamente lúcido respecto de que mi confianza en Gianoglio había derivado en una catástrofe irreversible, completamente convencido de haber cometido el peor error de mi vida, callada y resignadamente indignado contra mí mismo por haber subestimado los talentos vengativos de un demagogo serial.

Aníbal, el primo del Ratón, apareció hoy por el laburo y no pudo evitar recordarme lo que sucedió. Yo tampoco me canso de recordarlo y reprochármelo, no sólo por las consecuencias que tuvo (expulsión de la universidad, veto perpetuo para toda clase de becas y subsidios estudiantiles, denuncia penal por apología del porno infantil, oprobio generalizado ante familiares y amigos, escrache global a nivel mediático y de redes sociales) sino también la frustración por no haber sido capaz de considerar los numerosos indicios que me señalaban que nada bueno podía salir de aquello. Que Gianoglio fuera hijo de un empresario sojero podrido en guita, que hubiera venido a estudiar a Córdoba pura y exclusivamente para tener distancia del viejo y por ende más libertad para la joda, y que la carrera y la universidad le importaran tres carajos, era información reveladora que yo, por sabida, nunca debería haber soslayado. Ahora era tarde. Aníbal me contó que, según le habían chusmeado los chicos de la facu, después del escándalo el padre de Mauricio decidió enviarlo a Europa unos meses a ver si así se calmaba. Y que a la vuelta vería qué hacer con él, pero que el hombre se había puesto firme y parecía tener prácticamente cerrada la decisión de ponerle una consultora en el centro, cosa de que el querubín tuviera un medio de ganarse la vida y al mismo tiempo algo de lo que hacerse responsable. “Va a andar bien”, estimó Aníbal. “El viejo tiene realmente mucha plata y lo puede bancar hasta que el curro empiece a caminar y generar réditos. Y –quien te dice– con la labia de Mauricio seguro que en Europa engancha un montón de clientes. Sí, seguro que va a andar bien”. Termino de llenar el tanque del Ford K de Aníbal, le cobro y nos despedimos hasta la próxima vez que pase por la estación. Y me quedo pensando, aún con la manguera del surtidor en la mano, si no sería buena idea mandarle el currículum a Gianoglio cuando vuelva…




lunes, 2 de enero de 2012

Pasado

- Me entraron ganas de cagar - dijo Manuel imprevistamente.
- ¿Justo ahora? - Paula estiró la mueca de sorpresa y disgusto. Nunca se había acostumbrado a las salidas de Manuel.

- ¿No podrías haber elegido otro momento? - Hugo no podía disimular su fastidio.

- Tiene que ser ahora, este momento uno no lo elige - contestó Manuel con un desenfado que molestó más aún a los otros, al tiempo que dejaba en el suelo del largo y estrecho pasillo la enorme caja embalada donde la tía Amelia había guardado sus colecciones de revistas Life y O Cruzeiro.

- Podrías haber aguantado, ahora nos complicás todo - se quejó Damián. Pero Manuel era sordo a protestas y obedecía a su par intestinal más que al sentido común. Volvió sobre sus pasos por el angosto corredor, obligando a quienes venían por detrás de él a pegarse incómodamente a las paredes para dejarlo pasar, sin dejar de sostener las cajas y bultos de distintos tamaños y pesos que estaban acarreando desde la habitación del fondo hasta la calle donde aguardaba la camioneta de Hugo. La fila quedaba ahora encabezada por Paula, que cargaba una caja conteniendo la vajilla y el menaje. Segundo había quedado Hugo, que llevaba tres bolsas rebosantes de accesorios y repuestos con los que había trabajado el primo Isidro, el inventor fracasado, antes de abandonarlo todo y exiliarse en Kapurthala. Luego estaba Damián, que había venido empujando incómodamente el arcón que la abuela Remigia le había comprado a un anticuario checo durante el gobierno de Agustín P. Justo.

 - ¿Qué carajo guardaba aquí la vieja? - preguntó de mal humor y sin acertar a explicarse cómo era que el arcón estaba tan pesado. Cerraba la fila Marcela, más enojada -si cabe- que los demás, puesto que Manuel, al apurar el paso en su carrera hacia el inodoro, la había atropellado involuntariamente, haciéndole caer al suelo la caja llena de adornos de feria, matrioshkas, pingüinos de terracota, bailarines de yeso y otros potiches y juguetes, que ella venía portando con esfuerzo y mucho cuidado.

- ¡Mirá lo que hacés, idiota! - gritó Marcela, antes de que se acallara el estrépito. Decenas de pelotitas saltarinas de goma, del tipo “Pulpito”, comenzaron a rebotar libremente por el corredor, añadiendo confusión y malhumor entre Marcela y los otros, y aumentando su encono con Manuel, que daba ágiles saltitos para esquivar los pedazos en que se había destrozado la enorme lámpara de pie decorada con motivos rococó que había sido el regalo de la prima Antonia el día de su presentación en sociedad. Manuel no dejaba de reírse del desorden que él mismo provocaba con su torpeza.

-¡Huy, perdoname, qué boludo! - se disculpó.

-¡Huy, perdoname, qué boludo! - remedó Paula deformando la voz, muy irritada. Manuel no alcanzó a oírla porque ya se había abalanzado sobre la puerta del baño gritando entre carcajadas: "¡Me cago, ya me cago!". Los demás se detuvieron, indignados, para tomar aliento.

- ¿Cuándo se volvió así de infra? Antes no era así - reflexionó Hugo, algo más calmado.

- No sé - Paula, que había dejado su carga en el piso, apoyó la espalda contra la pared y se deslizó hasta quedar sentada en el suelo - Desde hace un tiempo empezó a cambiar.
Damián también se había sentado, pero sobre el arcón, y permanecía en silencio mirando el piso y jugueteando distraídamente con un relicario de plata que, tras el involuntario empellón de Manuel, se había caído de la caja de Marcela.

- Dámelo - pidió esta. Damián se lo arrojó, ella lo capturó en el aire, lo abrió, y pasó
suavemente los dedos sobre el vidrio que encerraba el rostro viril y decidido del bisabuelo Enrico, de cuyas hazañas en la Gran Guerra había oído hablar tanto. Resopló con fuerza y finalmente se sentó también en el suelo.

- Mirá cómo se hizo mierda la lámpara esa... - murmuró.

Hugo sonrió por primera vez en el día.

- Por un lado mejor - respondió - Esa lámpara era horrible, convengamos. Estéticamente, es una patada en las bolas. -

- Es el tipo de cosa que yo regalaría a alguien que odio. - apoyó Paula, y el tono con que lo dijo hizo sonreír a todos, aliviando el clima tenso y contrariado que había hasta ese momento. La incómoda mudanza y la complicación que suponían los arrebatos de Manuel los habían mantenido adustos todo el día, pero ahora parecían querer sacudirse ese estado de ánimo.

- Sí, - añadió Marcela, estirando la vocal de puro divertida - una cosa horrible, totalmente cursi, onda el almanaque del almacén de Manolito - y empezó a reírse francamente, acompañada por Hugo y Paula.

- ¿Cuál es, cuál chiste es? - preguntó Damián, sonriente y con deseo de compartir las risas con sus hermanos.

- Ese que Manolito le lleva a Mafalda un almanaque - aportó Paula durante una breve pausa entre las carcajadas. Estas la doblegaron y no pudo continuar.

- El almanaque tiene un cuadro hediondo, mezclando un paisaje de montaña con un cortinado - continuó Hugo - y cuando Mafalda lo ve, se le paran los pelos del asco. - debió interrumpir para seguir riéndose.

- Pero Manolito cree que es hermosísimo - reforzó Marcela, aunque ya no era necesario porque Damián finalmente había recordado la tira y se reía como loco, tirado en el piso.

- ¡... Pero la puta...! - chilló imprevistamente y se dio vuelta, poniéndose boca abajo. Los demás callaron un momento, hasta que al girar Damián quedó al descubierto un pedazo de uno de los pingüinos de terracota que se había clavado en su omóplato. El quejido de dolor de Damián y la imagen del pingüino semidestruido hicieron arreciar la hilaridad general.

- Ya te estás pareciendo a Manuel, por lo nabo - sentenció Hugo, al tiempo que su hermano menor se incorporaba, masajeándose la espalda con la mano izquierda y respondiendo a la burla extendiendo el dedo mayor de la derecha. Los otros fingieron escandalizarse por el gesto grosero del impulsivo benjamín y las bromas fueron aumentando de tono. Pero después de unos minutos, la risa fue mermando poco a poco y quedaron nuevamente en silencio, mirándose unos a otros. Paula seguía sonriente, pero su expresión había tomado el tinte melancólico de quien recuerda las vacaciones de verano de la escuela primaria.

- Qué linda época que fue esa - dijo entonces, con la mirada depositada lánguidamente sobre una pila de cinco portarretratos amarrados con hilo de plástico. Los habían hecho ellos mismos siendo muy chicos y en cada uno había una foto de quien lo había fabricado. Marcela tomó el paquete y lo desanudó, mientras los demás la miraban, pensativos.

- Sí. Fue una época bárbara - El primer portarretrato mostraba la foto de Manuel a los siete años de edad. En la base se leía: "Manu - 1987".

- Qué nene que era bonito - murmuró. - Siempre fue el más lindo de nosotros. - Después tomó el que correspondía a Paula, fechado en 1989, también a los siete años de edad.

- Mirá yo lo cachetona que era... - sonrió Paula. Ella era rubia, como Manuel.

- Después vinimos los negros - dijo Hugo. Marcela ya estaba mirando el portarretrato de aquél, que decía "Hugo - 1990". Era en él donde más se notaba la ascendencia del otro bisabuelo, Badouk el marroquí.

- ¡No... qué fea...! - Marcela mantenía apretado su propio portarretrato contra su pecho y permanecía con los ojos cerrados y agitando la cabeza gacha, negándose.

- ¡Dejá ver, dejá ver! - exigió Hugo y logró arrancárselo. - ¡Dejate de joder, si vos eras linda! ¿No es cierto que era linda? - y Paula y Damián asintieron ante la vista de la foto cuyo epígrafe decía "Marce - 1992".

- ¡Pero no me gusta como estoy en esa foto, salí con cara de boluda! - insistió Marcela,

- O sea que saliste normal – aguijoneó Paula.
Marcela se limitó a mostrar el portarretrato de Damián para desviar la atención de los demás. - Vos siempre fuiste el más lindo, vos y Manuel - dijo dirigiéndose a Damián.

- Por supuesto - Éste, lejos de incomodarse, sonrió con suficiencia. Nadie lo negó. Siempre lo habían creído así. La foto de Damián, de 1994, mostraba a un niño de sonrisa generosa, rizos oscuros y enormes ojos grises.

- Sos el más parecido al bisabuelo Enrico, él era de Calabria, bien morocho - hizo notar Marcela. - Y por lo que dicen también te parecés en el carácter. El tipo, en la guerra fue famoso por lo loco, por lo temerario. La Remigia siempre contaba que un día corrió a un batallón de austrohúngaros él solo.

- Seguro que exageraba - desestimó Hugo - viste como son. Capaz que el tipo simplemente tuvo algún acto más o menos valeroso, pero después al contarlo lo agrandó y lo magnificó. El resto lo fueron añadiendo la esposa, los hijos, al contárselo a sus descendientes.

- Claro - corroboró Paula - Si yo me acuerdo que la Remigia, cada vez que contaba de la batalla de Trieste, siempre le agregaba algo nuevo. Si la vieja vivía dos años más, el Enrico iba a terminar no sólo ganando la guerra él solo, sino que también hacía la revolución rusa. -

- Sí, el viejo era comunista. -

- No, socialista. Conoció a Trotski. -

- ¿No era monárquico? ¿De dónde salió ese retrato de Víctor Manuel? -

- Yo tenía entendido que había estado en la marcha sobre Roma, con los camisas negras de Mussolini. -

- Si seguimos así, el Enrico va a terminar siendo de la Gestapo y de la Weisse Rose al mismo tiempo. -

- Falangista y republicano... -

- Bueno, de hecho yo escuché decir que peleó en el Ebro, pero no te sabría decir para qué bando. -

- Yo tenía entendido que para los nacionalistas... -

- El tío abuelo Iñaki decía que para las Brigadas... -

- Qué sé yo... -

- Además - se rio Damián - yo puedo haber salido loco, pero lo que se dice temerario... En una guerra como esa sabés cómo rajo. Me declaro hemofílico, me finjo puto o loco, cualquier cosa con tal de no ir al frente...

- Cobarde... y encima confeso… -

- Al menos soy honesto... – se cubrió Damián.

- ¡El Enrico debe estar revolviéndose en la tumba, con bisnietos tan cagones! –
Nuevamente quedaron en silencio. Paula estiró el cuello en dirección del baño, esperando ver aparecer a Manuel. Habían asumido que esperarían a su hermano mayor para continuar el acarreo.

- Ya lo de papá lo golpeó bastante - analizó Paula - Pero con lo de mamá directamente cambió. Nunca más fue el mismo. -

- Ninguno de nosotros fue más el mismo. - Hugo permaneció unos instantes callado y luego exhaló suavemente. Todos habían caído en un mutismo reflexivo y miraban al techo, o a un arcón, o a las baldosas, o a un portalámparas.


Manuel apareció de improviso por el corredor frotándose las manos y exhibiendo una sonrisa aparatosa. Damián se incorporó súbitamente, Paula y Hugo abrieron los ojos y luego se levantaron también. Marcela permaneció sentada, en silencio, y depositando una mirada neutra sobre su hermano mayor. La sonrisa de este aparecía prosaica, casi fuera de lugar, en medio del clima nostálgico y sosegado que habían logrado fabricar, como la irrupción de un indiscreto y ruidoso animador de televisión en mitad de un responso para anunciar una novedad banal.

- ¡Vamos, vamos, hay que seguir con la mudanza! – palmoteó varias veces y buscó con la vista la caja con las revistas de la tía Amelia.

- Manuel... – llamó Marcela con voz velada.

- ¡Todavía nos faltan un montón de bultos, hay que apurarse, si seguimos así no nos mudamos más! – se reía entre el silencio de sus hermanos.

- Manuel... – insistió Marcela con el mismo tono

Manuel levantó la pesada caja sin dejar de sonreír – Ahora que fui al baño me siento más relajado. – caminó tres pasos hacia la puerta de calle.

- Manu, yo no me voy. – La voz de Marcela fue firme. Paula abrió y cerró la boca, Hugo musitó algo, Damián miró fijamente la pared.

- ¡... La bolsa con las cosas de Isidro, fundamental, no olvidársela...!

- Andate vos, si querés. Yo me quedo. Ustedes, chicos, hagan como les parezca.

- ¡... Vamos, vamos, no se vayan a olvidar de las mamushkas y el arcón, todo eso lo tenemos que llevar al museo! ¿Se imaginan cuánto nos va a dar Tavares por ese fez del viejo Badouk? No pierdan de vista la bombonera de plata de la tía abuela Candelaria...

- Pelotudo, te estoy diciendo que no me voy, por mí llevate todas esas cosas al museo, vendelas, hacé lo que quieras, pero yo me quedo aquí. – murmuró Marcela.
Damián reinició morosamente el empuje del arcón. Paula y Hugo ya caminaban detrás de Manuel con sus cargas. Al cabo de dos horas y media, ya de noche, la camioneta de Hugo rebosaba de objetos suntuarios, alhajas y recuerdos. Mientras duró el acarreo, Marcela no se levantó ni dijo una palabra, y Manuel no dejó de hablar, sonreír y gesticular.


Damián descolgó cuatro juegos de llaves y se los entregó a Paula, que salía. Tomó un destornillador y desprendió el portallaveros de madera de la pared. Finalmente guardó todo en su mochila y miró hacia Marcela, que lo había observado en silencio mientras él dejaba la casa definitivamente vacía.

- ¿Qué vas a hacer? – dijo, entregando a Marcela el quinto llavero.

- Ya te lo dije: quedarme.

- En serio. ¿Qué vas a hacer?

- Hablo en serio. Me quedo.

Damián se sentó al lado de su hermana. Guardaron silencio mientras escuchaban como desde afuera, desde muy lejos, Manuel gritaba indicaciones a Hugo y Paula, y cómo Hugo y Paula respondían gritando cosas.

- No veo la hora de terminar... La verdad es que casi una semana dedicada a esto, con los nervios, las discusiones...

Marcela ya estaba más allá de eso. Tampoco sabía si la historia de la familia comenzaba a pertenecerle a ella sola, en la casa, o si dejaba de hacerlo, junto con los objetos mudados. Pero además no le importaba. Acaso intuía que esa historia ya no pertenecía a ninguno de ellos. Por eso, cuando Damián se arrodilló ante ella y la abrazó sin una palabra durante dos minutos, no hizo ningún movimiento y permaneció mirando hacia el techo sin decir una palabra, hasta que su hermano dejó de abrazarla y finalmente salió hacia la calle por el zaguán. Y tampoco le importó que Manuel no volviera a saludarla, y que Hugo y Paula sólo lo hicieran desde la puerta, atemorizada y furtivamente. Por fin, la puerta se cerró y sólo quedaron en el corredor Marcela, sentada en el suelo, y un pequeño pendiente tirado a su lado, junto a un zócalo. Lo recogió. "Aminah, la hermanita menor de Badouk, la que murió por el tifus en la peste de Ceuta", pensó. Cerró los ojos y un temblor acuciante sacudió su cuerpo. Cuando el temblor pasó y Marcela miró de nuevo, las lágrimas bajaban por su rostro.


En el interior de la camioneta, Hugo manejaba en silencio. Algo incómodos, apretados, los demás se dejaban llevar hacia una nueva casa. Sin historia, pasado ni fantasmas y acaso, por ello mismo, sin desencuentros y ausencias a los que enfrentarse. Manuel hablaba y contaba nuevos proyectos. La vida iba a ser buena. Paula asentía y apretaba los labios. Damián escuchaba. Abrió su puño y vio un pequeño pendiente. "Aminah. La piba que murió de tifus. Seis años, creo. O siete". Bajó la ventanilla y arrojó el pendiente hacia fuera con fuerza al tiempo que la camioneta aceleraba. Volvió a levantar el vidrio.

- ¿Qué tiraste? - preguntó Paula sin dejar de mirar hacia adelante.

- Nada. - contestó él.