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lunes, 11 de julio de 2022

El rostro revelado

Me he convertido en muerte, en destructor de mundos”
Bhagavad Gita


Estaba furioso.

Decidido a escupir a la cara a esos estúpidos y obsecuentes colegas que lo veneraban como maestro, prócer, referente; que aplaudían con extático fervor cada página y cada párrafo de sus novelas y que lo colmaban de alabanzas y vítores en cada ámbito y ocasión en que se veía obligado a alternar con ellos, que infortunadamente no eran pocas al año.

Decidido también a cerrarles la maldita boca a esos presuntuosos e ignorantes críticos que siempre creían ver en sus textos los más venturosos homenajes a Kanté, a Koscielny, a Verratti, a cuanto genio atormentado pudieran citar, además -por supuesto- de exaltar su brillo propio y extraordinario de manera tan paladina como ditirámbica en todos los medios existentes.

Decidido más que nunca a patear el culo a esos imbéciles lectores que, año tras año, asaltaban en masa las librerías cada vez que un nuevo libro suyo se presentaba para la venta y obligaban a la señora Soto, su editora, a lanzar hasta diez nuevas reimpresiones que invariablemente se agotaban como pan caliente.

Decidido, sin la menor vacilación, a destruir a esos funcionarios cretinos que, en lugar de dictar medidas para la mejora de la ciudad o para la prosperidad del país, perdían el tiempo disponiendo que sus frases consideradas como las más felices e inspiradoras brillaran en los frisos y las galerías de todos los edificios públicos.

Decidido, con adamantino rigor, a despreciar infinitamente a todas aquellas decadentes sociedades, fundaciones y círculos que se desvivían en homenajearlo y atiborrarlo de medallas, insignias y galardones a cual más grotesco y rebuscado, y de aburrirlo y exasperarlo con empalagosos y apologéticos discursos.

Estaba furioso, y no quería que esa furia se calmase.

Acometió entonces el trabajo sin demora, procurando no perder ni un ápice de ira, de malicia, de perversidad.

Confió a su resplandeciente inteligencia, a su inquebrantable disciplina y a su portentosa inspiración la escritura de una nueva novela que fuera perturbadora, que fuera disruptiva, que fuera un golpe como de piedra en la mandíbula de aquellos colegas, aquellos críticos, aquellos lectores, aquella editora, aquellos funcionarios, aquellas sociedades, fundaciones y círculos.

Una novela que llevara a todos su estentóreo alarido de venganza, su macabra noticia de iniquidad.

Se esforzó en dotar a cada una de sus frases de crueldad malévola. Procuró que cada palabra fuese una aguja, un cuchillo, un carbón encendido martirizando la piel.

Torturó despiadadamente a sus desventurados personajes, desde el más heroico al más insignificante. Les inventó destinos infamemente dolorosos. Los sometió a horrores descriptos con sobrecogedora maestría.

Narró desgracias terribles e injusticias indignantes con prístino deleite. Describió sufrimientos y enfermedades con la meticulosidad más morbosa.

Castigó sin distingos tanto al más noble como al más ruin. Explotó volcanes, hundió navíos, demolió ciudades, todo con la misma brutal omnipotencia. Desató vendavales horrísonos, lanzó fieras atroces, desbocó marejadas formidables, diseminó plagas terroríficas, asesinó a padres, madres e hijos en espeluznante y ciego genocidio.

Se permitió cada acto de absolutismo que le vino a la mente, y lo asentó en el papel con la más proterva minucia. Fue Dios y fue Lucifer en cada movimiento de su pluma.

Su novela fue una oda magnífica y perfecta a la peste y a la destrucción y a la desgracia y a la muerte desde la letra inicial hasta la postrimera. El triunfo final del infierno más abyecto y espantoso fue su epílogo.

Con febril dedicación, sin detenerse a descansar, ni a comer, ni a beber, y después de extenuantes y frenéticas semanas, le dio término.

Aquel esfuerzo colosal, sin embargo, terminó por encender un fuego fatal en su interior, que se ensañaría con su entraña y con su piel. Un día después de entregar el manuscrito a la editora, desmayó en fiebre y convulsiones.

Aunque los médicos llamados a atenderlo se prodigaron con la mayor solicitud, nada pudieron hacer.

Murió un día antes de la publicación de su obra suprema.

La contemplación de su rostro en la última expiración llenó de espanto a la inmensa y descontrolada muchedumbre que acudió a su funeral.

Nadie, ni los colegas, ni los críticos, ni los lectores, ni los funcionarios, ni la editora, ni los representantes de las sociedades, fundaciones y círculos, se atrevió a describir lo que esa faz irradiaba.

Nadie soportó su contemplación más que unos pocos segundos.

Entonces, apartaban la vista turbada por un horror confuso, desconocido hasta entonces, que no sabían explicar, y que no hubieran podido entender. Y temblaban en lágrimas de un pánico inédito que, en ignorancia, atribuían al mero dolor que a todos arrasaba en aquel momento.

Cuando finalmente su Última Novela fue publicada, un fantasmagórico halo de escándalo, locura y desesperación estalló en la ciudad y el país.

Aquella desbocada e infernal parusía horripiló a todos.

La incredulidad, la indignación, la humillación póstumamente infligida, resultaron inacabables.

Y entonces, por primera vez, por última vez, los colegas lo maldijeron; los críticos lo condenaron; los lectores abjuraron de él; los funcionarios ordenaron borrar todo rastro de su obra y su existencia de los bronces y los mármoles; la editora mandó a quemar todo cuanto de él había publicado; las sociedades, fundaciones y círculos revocaron todas sus distinciones y abolieron de sus registros todos los discursos apoteósicos.

Entonces, en su tumba, su sangre bulló por un instante en marejada redentora.

Y luego tuvo paz.










domingo, 19 de junio de 2022

Una breve carrera

Llevaban una hora en el bar, sentadas a una mesa en la vereda, e iban por la tercera cerveza. El sol iba cayendo y no daban ganas de irse de allí.

—Tu amiga la Jimena... —El tono filoso y mordaz de Sonia, la frase deliberadamente inconclusa invitando al requerimiento de detalles, le anticipaban a Tamara que la amiga común se habría mandado otra de las suyas.

—¿Qué hizo ahora? —preguntó Tam, ya con la risa instalada y sabiendo que la Jime siempre daba material para el recuerdo, historias para repetirlas mil veces y que siempre sonarían como si se las contara por primera vez, sobre todo si era Sonia la que las pintaba.

—Te cuento. Fue el fin de semana este que pasó. En realidad, la cosa arranca durante la semana. Resulta que unos días antes, no sé qué le dio por hacerse la deportista, se anotó en la maratón esa que organiza todos los años Telesport, el canal ese de cable.

—Que no es una maratón, en realidad —precisó Tamara— Son dos categorías. La de los que son federados, que largan primero y hacen diez kilómetros, y la de los libres, que los largan después y son seis kilómetros nomás. Eso lo sé por mi primo, que le tocó varias veces cubrir el evento.

—Sí, bueno —concedió Sonia—. Igual es mucho, seis kilómetros. El tema es que a la mamerta esta, que como vos sabés tiene menos deporte que un cactus, se le dio por anotarse —Breve pausa, silencio venenoso, meneo de cabeza...

Tamara sonrió. Adoraba la pasamanería narrativa de Suni y se preguntaba en silencio por qué esa loca divina había optado por estudiar arquitectura en lugar de teatro.  O estandap.

—Me cuenta, chocha: "Me anoté en la maratón de Telesport y bla-bla-bla". Bárbaro. Ojalá te vaya bien, le dije. El tema es que el sábado, o sea la noche misma anterior a la carrera, tenían una fiesta en barrio Estación Flores, recontra lejos, no sé si ubicás. ¿Viste esas jodas que alguien te invita porque es amigo del amigo de un amigo del que la organiza? Bueno, allá fueron con la Andre, el Mateo, la Gringa, el Tomi, el Ramiro, qué se yo... eran como nueve en el Spazio de Mica. La cuestión es que caen, eran como mil personas en la casa, un quilombo, la música, qué se yo... Y estos que chuparon como bestias, empezando por la Jime, que me contó Mica que no mezquinó nada: cerveza, sangría, fernet... Y morfó como si fuera el último día de su vida, parece que se mandó tres choripanes tamaño vaca. Te imaginás.

Suni hizo una nueva pausa y miró a Tamara con gesto de institutriz.

—Te imaginás —retomó, muy seria y comenzando a levantar la temperatura de la indignación—. Termina la joda tipo siete de la mañana. Así como estaba, con todo lo que había chupado, morfado y bailado, con la remera, la campera puesta, con el vaquero, las bucaneras…

Al escuchar esta descripción, Tam pegó una carcajada que reprimió rápidamente. Su imaginación apuraba el desenlace pero prefería que fuera Sonia la que terminara la historia.

—Así como estaba, medio dormida, medio con resaca, se ve que ahí se acuerda de golpe de la carrera y empieza a hinchar para que la lleven en el Spazio hasta la plaza esa de donde arranca. Que a todo esto los otros no sabían si creerle o no, pero ella insistía que tenía que correr la carrera, insistía, insistía, “llévenme, llévenme”. Bueno, la cuestión que la llevan, llegan tipo ocho y media, lleno de gente, la carrera largaba a las nueve. Y ella va con la Gringa que la acompaña hasta la mesa de control, y ahí le dan el número ese para ponerse en la remera... La Gringa vuelve al auto y les dice a los otros que era cierto, que estaba anotada y que iba a correr nomás.

—¿Pero no le dijeron nada? ¿Que cómo iba a correr una carrera en ese estado? —se escandalizó Tam.

—¿Qué le iban a decir, si estaban todos peor que ella? Al contrario, se iban cagando de risa…

Por la calle pasaron unos cinco o seis motoqueros haciendo un ruido tremendo. Sonia hizo una pausa hasta que las motos se alejaron.

—Bueno, arranca la carrera de los federados y ahí nomás se ponen en línea de largada los otros, la Jime en medio de todos. Y largan, che. Y no sabés, me contaba Mica, que Jime salió a los pedos, como si fuera una carrera de velocidad. Vos sabés que en una carrera larga no tenés que ir corriendo, si no que tenés que ir trotando, cuidando el aire. Bueno, no, la enferma esta salió como si fuera la final olímpica de los cien metros, como si en la meta la estuviera esperando Brad Pitt en pelotas. Dice Mica que era —Tamara se agarraba la cabeza entre cortos alaridos— una cosa verla a aquella, con esas zancadas, corriendo con las bucaneras, el vaquero, la campera de jean abierta que le flameaba por detrás... Porque para colmo, no es que corría con estilo atlético, no… Corría toda descoordinada, agitando los brazos, a los gritos, como si se le fuera el ómnibus. La gente la miraba, no entendían un carajo. ¿Cuánto habrá corrido, una cuadra, dos cuadras? La cuestión es que en un momento la ven, porque a todo esto los chicos se habían parado en la vereda de la avenida para verla, la ven que se detiene, toda pálida, con los ojos así desorbitados, medio que se tambalea y...

Sonia cortó y, viendo al mozo que pasaba cerca, alzó la mano para pedirle que trajera otra cerveza. Tamara aprovechó para reírse unos segundos.

—Se tambalea —continuó Suni— y... ¿no va y se va de jeta al suelo?

—¡No...! —jadeó Tam, como si tal desenlace hubiese sido inverosímil.

—Tremendo. Encima, los cuatro o cinco que le venían detrás, se la llevan puesta, se tropiezan, se arma una montonera y la Jime ahí que queda aplastada debajo de todos los otros... ¡Un quilombo! Los que venían corriendo de más atrás, que estaban todos mezclados, minas, tipos, empiezan a pegar saltos para esquivarlos, otros que se abrían por el costado, había gritos, había quedado la montaña de tipos arriba de aquella otra... Y mientras tanto la Mica, la Gringa, el Mateo, todos que no podían parar de reírse, pero se reían de los nervios, porque la Jimena había quedado ahí debajo. Total, que en medio de todo el quilombo viene corriendo gente, los organizadores, los tipos de la ambulancia... al final los que estaban encima aplastándola se levantan y vuelven a la carrera, a las reputeadas, y a la Jime se la llevan arrastrando hasta la vereda, desmayada, toda con los pelos revueltos... Medio que logran ponerla de pie, pero no reaccionaba, estaba con la boca abierta, los ojos idos... la tenían uno de cada brazo, las piernas que le colgaban, parecía una marioneta. Por ahí le pegan una cachetada y reacciona... abre los ojos, estaba perdidísima y ahí mismo, me dice la Mica: “No sabés la vomitada que se mandó…”

Tamara se reía tanto, con la cara encerrada entre las palmas, que desde las otras mesas la miraban. Sonia, halagada con la eficacia de su historia, luchaba por mantener su impostada seriedad. Levantó la vista y, a espaldas de Tam, vio al mozo parado allí, también riéndose. Había llegado hacía dos minutos con la cerveza y no había querido interrumpir el final de la historia.

—¡Y no sabés! —le gritó Suni al mozo, ya que Tamara a esa altura no podía escucharla— ¡Los del canal grabaron todo y lo van a pasar ahora en el resumen! ¡Andá a poner Telesport! —y el tipo entró corriendo al bar, mientras Tam temblaba y Sonia bajaba la cerveza de un trago.

Días más tarde, Tamara lo pudo averiguar: aquel mismo domingo, cuando todo se hubo calmado, Jimena había anunciado oficialmente su retiro del atletismo. 




Caminos separados

Primer día

Esta mañana, muy temprano (aún de noche) nos concentramos frente al galpón, tal como habíamos acordado. Nadie se retrasó. Yo había temido que a muchos les costara levantarse tan temprano. No solo no sucedió así, sino que además ya todos tenían su equipaje listo. Había decidido que partiéramos a esa hora para evitar las miradas de burla, o reproche, o maledicencia de los de la aldea. Salimos en silencio, sin necesidad de una orden. Creo que nadie miró hacia atrás. Abel, el mayor, se ubicó a mi lado. Me gustó que hiciera eso. Sé que confía en mí, y si él confía en mí los demás también.

En poco más de una hora divisamos el cañadón. Algunos, evidentemente, estaban emocionados al llegar al punto que jamás en su vida habían sobrepasado. Qué digo: Yo misma, con mis treinta años, jamás había ido más allá tampoco. Con Abel estábamos listos para ayudar, pero tanto las chicas como los chicos nos sorprendieron descendiendo ágilmente hasta el fondo, cruzando el lecho pedregoso y luego trepando como ardillas, tomándose de las salientes, hasta alcanzar el borde opuesto, el prohibido. Al llegar yo por mi parte al borde (me costó un poco más que a ellos) los reagrupé para continuar. No sé por qué me dio por acariciar la cabeza de Victoria. Ella se sorprendió primero, pero luego sonrió.

Hasta el cañadón habíamos caminado en silencio, unos aún soñolientos, otro tal vez asustados. A partir de allí, en cambio, caminamos a pura charla y risa. Cada tanto yo pegaba algún grito, especialmente a ese azote de Jerónimo, para que no se alejaran demasiado.

Yo calculo que, caminando a buen paso unos tres o cuatro días, llegaremos a ese río famoso del que nos han hablado.

De noche nos quedamos hasta tarde alrededor del fuego contando chistes. Creo que por los nervios de la partida y la alegría de la marcha me va a costar dormir esta noche, pese al cansancio de la caminata.

Segundo día

Bastante antes del mediodía ya hacía mucho calor. Hicimos un par de paradas. Ya debíamos de estar a unos quince o veinte kilómetros al norte del cañadón, según yo calculaba. La huella sigue entre el pajonal, aunque a veces se nos pierde. Por momentos se diluye en el pasto alto. En estos casos, con Abel y Camila tenemos que buscarla entre los yuyos. Cuando la encontramos, hay alivio. Un par de veces nos ha llevado más de un largo minuto detectarla y entonces nos llegan las preguntas ansiosas de los demás chicos. Pero no he tenido que pedir calma ni gritarles. Camila se ha ocupado de eso. Ya es claro que le disputa el lugar a Abel, pero este no creo que se dé cuenta. Él es buenacho, tranquilo, calladito. Camila, al contrario, siempre fue mandona, agresiva, malhablada. Y no se siente menos por ser un año menor. Abel obedece siempre lo que yo digo, solo a veces cuestiona pero cuando lo hace es con tino y de buena manera. Camila, en cambio, se hace repetir las cosas como si lo que una le dijera fuera una estupidez. Luego desaprueba con su cabeza, su sonrisa y sus silencios. Me dan ganas de cachetearla.

Por la tarde hubo que hacer una pausa bastante larga. Varios de los chicos y yo misma teníamos ampollas en los pies. El aire estaba húmedo y sofocante. La pausa fue silenciosa. Cuando dí la orden de reanudar la marcha, nadie se apuró demasiado a levantarse.

Por la noche hice el balance. Creo que hemos caminado menos de lo que yo esperaba. Bastante menos.

Tercer día

Marquitos se ha esguinzado un tobillo, pero por suerte fue algo leve. Fue bien temprano, recién salíamos. Se vé que habrá pisado mal. Le he hecho masajes y le he ajustado una tira de esa tela que traemos, a modo de venda. Me quedé arrodillada al lado de él consolándolo, esperando a que se sintiera bien para reanudar. Como se hacía rogar, finalmente, con Abel lo tuvimos que ayudar a pararse, y ahí recién se largó a caminar. Así seguimos por un rato. Más tarde se nubló y eso fue un alivio para nosotros, luego de dos días de sol muy fuerte. A Victoria y a Gabriel, que son muy blancos, se les ha ardido la piel en el cuello y la zona de las clavículas. Así que se quejan de lo lindo.

A eso del mediodía, encontramos un árbol bajo, coposo. Buen momento para almorzar a la sombra. Abel se puso a organizar la cocina sin que yo le tuviera que decir nada. Qué agradecida que estoy por eso. Ya estaba cansadísima. Cuando Camila empezó a servir, Marquitos dijo que no tenía hambre. Entonces ella lo agarró del mechón del flequillo, casi que se le pegó a la cara y le dijo: "¿Vas a comer o no?". Marquitos se asustó tanto que hizo que sí con la cabeza, aguantando las lágrimas. No me gustó que Camila hiciera eso. A Abel tampoco, y me miró como esperando a que yo interviniera. Pero preferí no decir nada para no echar más leña al fuego. Supongo que también tendrá que ver el cansancio.

Por la tarde, por momentos amagó con lluvia. Nos habría venido bien que refrescara un poco. Ya de noche hice de nuevo repaso. Camila se ha puesto bastante jodida. Tendría que hablar con ella, pero ¿en qué momento? Tal vez bien temprano, mientras los chicos aún duermen. Pero tendrá que ser en un momento en que ella esté menos agresiva. La otra que se me ocurre es pedirle a Abel que hable con ella. A lo mejor a él lo escucha más. A mí no creo que me haga caso. Son difíciles las chicas de catorce.

En cuanto al resto de los chicos... Abel, bueno, él está un poco más serio que lo habitual, pero lo entiendo. Es muy responsable y se siente un poco como yo, a cargo de esto. Gabriel y Victoria están callados, se pasan el día juntos, él tomándose en serio el papel de protector de su hermana. Jerónimo, como siempre, matoncito y provocador, hiriente y despectivo. Hartante. Marquitos, el más chico (siete años), anda mejor de su tobillo pero muy decaído de ánimo. Así se la ve también a Paulina. El resto (Leonardo, Guadalupe y Ana) están dentro de todo bien, aunque ya no bromean tanto. Es entendible, venimos muy cansados después de tres días de mucha caminata al rayo del sol.

Cuarto día

Estamos saliendo cada vez más tarde a la mañana. Me cuesta hacerlos levantar a todos. El camino se ha puesto peor. Seco, pedregoso, casi siempre en subida. La huella ya casi no se distingue. Por suerte lo tengo a Abel, que en seguida encuentra por dónde seguir. Me ha empezado a preocupar el tema del agua. He calculado varias veces hasta cuándo nos va a durar la que llevamos y que hemos empezado a racionar. Yo creo que tres o cuatro días.

Por la tarde comenzó a soplar un viento espantoso. Caliente, feroz, ululante, cargado de tierra. Se nos han llenado la cara, el pecho y el pelo de un polvo y mugriento, que se nos pega a la piel por el sudor. Por suerte, a los pocos minutos empezó a llover. Un aguacero descomunal. ¡Qué alivio! Seguimos caminando, a pesar de la lluvia, dejando a nuestro paso una estela barrosa y chapoteante. A los chicos les encanta caminar en estas condiciones. Viene muy bien que mejore el humor de todos.

Se hizo de noche. Al final no hablé con Camila.

Quinto día

Dormimos muy bien. La lluvia refrescó todo. Me sentía algo más aliviada, aunque aún no del todo tranquila. A esta altura, yo esperaba ya haber llegado al río. Pero bueno, confiaba en que en algún momento lo íbamos a encontrar. A partir de ahí, sería más fácil. El maestro nos decía: "Siempre siguiendo un río o arroyo cauce abajo van a encontrar civilización. El ser humano va a donde hay agua". Justamente, el agua que nos queda es para un día y medio, no más. Igual creo que deberíamos estar bien con eso.

La lluvia, como dije, fue un alivio. Pero también dejó el suelo hecho un barrial. Yo pensaba que un suelo tan seco lo iba a absorber todo. Pero fue al contrario. Al caminar se nos hundían los pies. Las sandalias y zapatillas se nos llenaban de barro y se pusieron pesadísimas. Agotador. Para empeorar, aparecieron unos bichos chiquitos, como jejenes, que nos empezaron a volver locos. ¡Eran un enjambre! Se pasaron el día zumbando y picando, insoportables. Y para completar, al mediodía salió el sol, que a esa hora era una cosa que nos empezó a abrasar.

Y entonces sucedió. Camila y Abel se agarraron. No sé qué fue lo que pasó. Ellos venían atrás, cuando de pronto sentí un par de murmullos, luego estalló un grito. Al darme vuelta la vi a ella que se le iba encima a él con las manos crispadas, queriendo arañarlo. Me asustó su expresión. Era la de una leona enfurecida. Se retorcía como una víbora, queriendo sacarle los ojos. Más me aterró verle la cara a él. Nunca, nunca, nunca en mi vida lo había visto a Abel así, con ese gesto. ¡Tenía la mirada de un asesino, de un pervertido! ¡Abel, precisamente! Le vi el pecho inflado, los brazos tensos. Lo enorme de sus puños. Si se le ocurría pegarle con esa manaza la podía matar, la podía triturar. Y para peor, veo aparecer a Jerónimo que venía lanzado como un búfalo a apoyar a su hermana. ¡Mocoso inconsciente! Me abalancé para evitar el desastre, y entonces la patada voladora de Jero me reventó la cadera derecha. Caí al barro sintiendo un dolor terrible, insoportable, en la cintura y en la pelvis. Intenté levantarme, pero me faltaba el aire. Creo que grité, veía las siluetas de los brazos, las piernas, los cuerpos que se pateaban. Escuché insultos, rugidos, ayes, el llanto angustioso, aterrado, suplicante de Victoria, de Marquitos, de Paulina. No sé, no sé cómo fue que logré levantarme y comencé a patear enceguecida, a gritar, a empujar, a separarlos. A los aullidos, a los insultos, a los rodillazos. No sé, no sé cómo hice. ¿Habrán sido unos tres minutos? ¿Cuatro? Cuando todo terminó, yo tosía, Victoria vomitaba, Marquitos lloraba, Guadalupe se había hecho un ovillo en el suelo, Paulina estaba pálida, con la mirada congelada... parecía un cadáver de pie. Camila, increíblemente, aparecía dominada, pero en actitud de recelo, mirando a su alrededor con los puños en guardia. Abel respiraba hondo, revolcado en la tierra, diez metros más allá, y la miraba con rostro perturbado, ansioso.

Es de noche. Estuve intentando dormir pero no pude. El dolor en la cadera es tremendo y se me cierra el pecho al respirar. Así que me levanté y me vine hasta acá, alejada, para estar sola. Estoy llorando desde hace un rato, diez, quince minutos. No sé, no puedo parar. No sé qué voy a hacer mañana. ¡Dios mío, me pregunto en qué momento... (ilegible) ...dentro de poco.

Sexto día

Antes de salir, los junté a todos. Quería reprenderlos y recomponer mi autoridad. Les dije con firmeza que una cosa como la de la tarde anterior no podía volver a pasar. Que hoy llegaríamos al río y que allí ya podríamos descansar. Que esperaba de ellos que actuaran con sensatez. No sé si me escucharon o me creyeron. Noté algunas miradas indiferentes. Otras, escépticas. Una que otra mueca burlona. En Abel creí ver un velado reproche, pero no sabía yo sobre qué. En cuanto a Camila, ni siquiera fingió prestar atención mientras yo hablaba. Con las manos a la espalda, miraba a la nada con calma helada, indiferente. Es obvio que no me escuchaba. Pero cuando pregunté a todos si mi mensaje se había entendido, giró hacia mí y asintió con una sonrisa encantadora. El resto solo devolvió murmullos.

Empezamos a caminar sin que nadie hablara. En un momento, Victoria se me acercó y me preguntó en voz baja si realmente creía que llegaríamos hoy al río. Le sonreí y le dije que sí, que estaba segura. Entonces se volvió corriendo hacia Gabriel y le dijo algo al oído. Este lanzó una risotada y luego escupió.

Pasó un rato. El aire se había detenido, el sol abrasaba, el silencio era total, el cansancio se tornaba cruel. Entonces escuché que cuchicheaban a mis espaldas. Era Jerónimo, que le contaba algo a Gabriel y a Victoria. Capté algunos fragmentos.

- ... el Abel se la quiere coger a mi hermana, pero... -

- ... la boba de la Marta, no, ni cuenta se da, ella cree que... -

- ... si hoy no llegamos al río, lo... -

No pude evitar un estremecimiento. Instintivamente, con torpeza, con sobresalto, giré buscando a Abel, a Camila. En ese momento ambos caminaban, cada uno por su lado, sin mirarse. Camila, seria, llevaba de la mano a Marcos. Abel iba solo, del otro lado. El mismo rostro sereno y cálido de siempre. Pero al cruzarse con mi mirada me pareció verlo sonreír de una manera que me inquietó. Preferí entonces volver la vista hacia adelante y no obsesionarme con lo que había escuchado.

Ha anochecido. La oscuridad llegó antes que el río. No lo entiendo. Yo estaba segura de que hoy lo íbamos a encontrar.

No puedo más. Estoy agotada. He dado la orden de detenernos y todos han obedecido sin hacer ningún comentario. Nadie me reclama por el elusivo río. Me siento a descansar, lo necesito más que nunca. Miro a Abel y a Camila. Se han puesto a charlar. Los veo empujarse en broma, entre risas. Luego él le toma la mano. Sonríen y...

¡Qué estúpida que fui! Ahora me doy cuenta de todo. Yo sacrificándome, arriesgándome para liberarlos de esa aldea de mierda y llevarlos a una vida mejor, como si fueran mis hijos... Y ellos... Camila con su imagen de chica mala, Abel con su disfraz de chico bueno. Me volvieron loca todo el viaje, hicieron todo el circo y resulta que me estaban conspirando ¡Qué hijos de puta los dos! 

Ya sé lo que voy a hacer. Ya que tienen tantas ganas de coger, los voy a llamar y les voy a decir que mañana temprano salgan de avanzada a encontrar el río que, les aseguraré, no estará a más de cinco kilómetros. ¡Seguro que van a aceptar! Y ya sé por dónde los voy a mandar. Recuerdo bien lo que he leído e investigado sobre esta zona ¡Qué hermoso final van a tener estos dos mañana cuando lleguen a la ciénaga! Cuando se metan ahí no van a tener cómo salir. Ahora los veo charlar con el resto del grupo, a unos quince o veinte metros de donde estoy yo. Primero Camila los convocó, ahora Abel les está hablando. Y mientras él les habla, Marcos, Paulina, Guadalupe se dan vuelta un par de veces y me miran con los ojos enormemente abiertos. Yo les contesto con mi mejor sonrisa y un gesto que ellos no pueden entender.

Estoy furiosa, pero también deshecha de cansancio. Necesito dormir unas horas. Mañana, bien temprano, los llamo a los dos. Me parece que... (ilegible)... antes de que sea demasiado tarde. Pero no ahora. Ya no tengo fuerzas. Mañana...

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Notas del compilador:

1) El diario se interrumpe al terminar la crónica del sexto día.

2) La libreta en la que fue escrito fue hallada en una riñonera ajustada a la cintura de la autora.

3) El cuerpo de Marta fue encontrado a seis kilómetros del río.

4) No parece haber indicios de muerte violenta, pero tampoco se la puede descartar.

5) No se encontraron rastros de los niños y jóvenes mencionados en el diario.




miércoles, 2 de junio de 2021

Última noticia

Los únicos ruidos en el departamento son el golpeteo sobre las teclas de la laptop y el silbido del microondas descongelando la comida. La mezcla de ambos sonidos -rítmica, regular- equivale al silencio. Natalia está concentrada, como siempre. Las paredes gruesas del edificio la aíslan del escenario caótico y discordante de la calle. Se acerca el mediodía y el comedor es cálido y luminoso. El paper -escrito en inglés- se va redondeando. Podrá presentarlo el mismo lunes.

Inesperadamente, sus oídos detectan un susurro corto y extraño, impertinente con su contracción. Sigue escribiendo y no pierde el hilo de su trabajo, aunque su mente ya haya registrado marginalmente la anomalía, de la cual se ocupará cuando lo considere correspondiente. Termina un párrafo esencial en el mismo momento en que el microondas se apaga. Entonces gira sobre su silla y sus ojos descubren -sin emoción, con mínima curiosidad- que hay un sobre en el piso, al lado mismo de la puerta. Se levanta con la agilidad correspondiente a sus veintitrés años y lo recoge. Al leer el dorso comprueba que allí consta su nombre completo, escrito en caracteres latinos. Experimenta una ligera sorpresa al comprobar que se trata de una carta personal, como las que se enviaban en la época de sus padres, absolutamente impropia del momento del Facebook, el Instagram y el Whatsapp. Sonríe levemente. Fugazmente.

Por otra parte, la intriga (y la inquieta, aunque aún no lo haya advertido) ese inusual "Natalia Isabel Céspedes Rengifo". Si bien así está anotado en su pasaporte uruguayo, ella siempre ha usado únicamente el primer nombre y el primer apellido, y así la han conocido todos quienes han pasado por su vida. Incluso, en los registros del Instituto de Física y Tecnología de Moscú, donde lleva tres años estudiando, está inscripta como "НАТАЛИЯ СЕСПЕДЕС". No se reconoce, nunca se reconoció, en ese "Isabel" -nombre de su madre- ni en el apellido de esta. Vuelve a girar el sobre y allí descubre, en la sección del remitente, el nombre de su hermano mayor. La carta viene de Arequipa, de Perú. Sus manos tiemblan apenas,  sin que ella lo advierta. Todo está inmóvil en el departamento. Hay silencio en la calle. Repentino silencio.

Ahora suspira. Camina hacia la ventana. Desde su quinto piso mira sin ver la desierta avenida Smolnaya, los altísimos árboles del parque Druzby, el cielo que de a poco se ha ido nublando. Maquinalmente golpetea la palma de su mano izquierda con el sobre. Vuelve a suspirar, se da vuelta y lo arroja sobre la mesa. Toma la campera que cuelga sobre el respaldo de la silla y sale del departamento.

...

Natalia está sentada sobre uno de los bancos del parque. Cualquiera la creería dormida al verla inmóvil y con los ojos cerrados. Pasan dos horas, tres horas, cuatro horas. Entonces las sombras de los árboles se funden en el anochecer repentino. Pronto todo es oscuridad. Oscuridad y frío.

...

De regreso, sentada a la mesa del comedor, ha abierto el sobre y ha encontrado un papel doblado. Lo despliega y lee. El texto es breve, no más de cuatro líneas. La caligrafía del hermano es burocrática. Las frases cortas, deliberadamente cortas, apenas suficientes, consignan una noticia y unas pocas explicaciones. No gritan odio, no desgranan reproches, no dicen desprecio. Apenas cumplen un impersonal cometido. Se cierran en apretados y formales renglones. Vuelve a guardar el papel en el sobre y entonces recuerda aquella otra carta, casi idéntica, recibida desde Montevideo tres años atrás. Igual de breve, igual de indiferente.

Natalia es apenas un cuerpo de cuyo ojo izquierdo cae esa lágrima única y lenta. No tiembla, no solloza, no se mueve. Tal vez apenas apriete los párpados durante un ínfimo instante. Solamente respira. Ahora sabe que ya no recibirá otra carta, nunca más. 

...

Es la mañana del Lunes. Hay una taza de té caliente sobre el escritorio. Natalia está  escribiendo. Sus ojos están fijos en la pantalla, sus dedos teclean a toda velocidad. Por fin termina. Entonces toma la taza de té y, mientras bebe, repasa el paper. Lo examina línea por línea y va aprobando el texto con leves, imperceptibles movimientos de su cabeza. Al acabar la revisión sonríe levemente. Fugazmente. Entonces termina el té, cierra la laptop y la guarda en la mochila. Luego toma la campera y las llaves y sale hacia el instituto. Al cerrar la puerta, el departamento queda vacío y silencioso.





sábado, 29 de mayo de 2021

Así funciona este mundo

Día complejo el que tuve. Para empezar, me costó muchísimo despegarme de las sábanas. Ya decía yo que mala idea había sido esa de untarme la piel con pegamento industrial antes de ir a dormir. Luego, mientras desayunaba, la radio anunció lúgubremente que había una lluvia de malas noticias. Así fue. Al salir de casa me consternó ver cómo desde las nubes caían miles y miles de trozos de papel de diario que iban cubriendo las calles, veredas y techos de la barriada, y en los que se consignaban las numerosas catástrofes ocurridas en la jornada precedente. Estas iban desde la aparición de una nueva cepa de virus totalmente inmune a cualquier vacuna hasta un nuevo estallido del volcán Pinatubo, que había lanzado lava por los cielos (de hecho, se reportaba que varios aviones que sobrevolaban la zona habían resultado calcinados). Procuré calmarme. 

- Todos estos problemas hay que tomárselos con soda - me aconsejó la chica de la verdulería que, uniendo la acción a la palabra, procedió a beberse íntegro el contenido de un sifón. 

Se veía muy sexy con ese chorro espumante en la boca y una ristra de ajos a guisa de echarpe. A ella, alegre y despreocupada, sí que no se le volaban los pájaros con facilidad. Todo lo contrario de lo que le ocurría al hombretón del taller mecánico, que aún lamentaba cómo en la última semana se habían fugado de las primorosas jaulas de su patio nada menos que doce canarios, tres curucuchas y un cardenal. 

- Es que no tengo tiempo para vigilarlos. Estoy todo el día con los autos. Ayer empecé a trabajar a las cero horas de la mañana y terminé a las once y cincuenta y nueve de la noche - se quejó, agotado.

- ¿Y su hijo? - le pregunté - Creo que ya tiene edad para ayudarlo.

- Olvídese. Ese imbécil vive en la Luna - 

Recordé entonces que hacía ya unos meses que Nicolás y su novia Selena se habían mudado a una pequeña casa ubicada en la zona del Mare Insularum, a corta distancia del cráter Hortensius. Me despedí del buen hombre aconsejándole que no trabajara tanto. Me respondió con un bufido fastidiado.

En casa del panadero las cosas no iban mucho mejor. Lo saludé con amabilidad pero me contestó, malhumorado, que el horno no estaba para bollos. Para demostrármelo, abrió la tapa y me invitó a comprobarlo por mí mismo. Y efectivamente, pude verificar como en aquel momento se estaban horneando medialunas y facturas de todo tipo, pero no bollos. Ni uno pequeñito siquiera. Lo lamenté, ya que los bollos de Joaquín eran muy famosos. Sin ir más lejos, uno de ellos había sido tapa de la revista "Hola" pocos números atrás. Concretamente, tres. 

- Perdoname que te trate tan mal - se disculpó - Es que estoy muy irritable. Ya no soporto las quejas y exigencias de mi mujer. Realmente me tiene los huevos al plato. ¿Querés que te muestre? - 

Salí de la panadería a toda prisa. Yo sabía que días atrás se los había mostrado a mi primo Boris, y este -aún en estado de conmoción- me había confesado que contemplar aquella imagen le había revuelto las tripas. Y aunque en la cirugía pudieron reacomodárselas con éxito, yo no estaba dispuesto a pasar por lo mismo.

Felizmente, en la lechería el ánimo era distinto. La señora Herminia era una persona generalmente alegre, pero hoy se la veía aún más contenta que de ordinario. 

- Es que pude solucionar un grave problema - me explicó. - Anteayer tuve una discusión con un proveedor y perdí los estribos. Estaba muy tranquila lustrándolos, cuando entró el muy sinvergüenza a reclamarme una diferencia inexistente. Me enfurecí tanto que lo eché del negocio, salí corriendo detrás de él y, enceguecida como estaba, se los revoleé. Cuando recuperé la vista, no podía encontrarlos por ninguna parte ¡Usted viera, Rafael! ¡Unos estribos de plata hermosos, herencia de tío Eleuterio! Pero afortunadamente aparecieron... -

Nuevamente en la calle, encontré a Camilo y Alejandro charlando despreocupadamente. Yo, por desgracia, venía con apuro. De modo que me limité a intercambiar unas pocas palabras con ellos. Ofrecí a Camilo los sustantivos "berrinche" y "estalactita" y él me retribuyó con "mustélido" y "foniatra". De Alejandro recibí "portantillo" y "enfiteusis". A cambio le obsequié "covezuela" y "tacañería". Todos quedamos satisfechos con la transacción.

Por fin en casa, me alegró tanto que aquel día arduo hubiera terminado de tan buenas maneras que ni siquiera me preocupé cuando leí el mensaje de texto de mi hermana en el que me informaba que Francisco, su marido, se había roto la cabeza tratando infructuosamente de resolver un sudoku. Al contrario. Con suficiencia, le contesté: "No te hagas problema. Juntá los pedazos, voy para allá y te ayudo a rearmarla". No pude evitar felicitarme. El pegamento industrial terminaría sirviendo para algo, al final del día.




miércoles, 28 de abril de 2021

Turning Point

"La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita..."

Así empezaba el cuento. Se llamaba "El Aleph" y le había costado días y esfuerzo leerlo. Al acabar, lo juzgó monótono, complicado, absurdo. La idea de un sótano y una bola luminosa que mostrara tantas cosas juntas lo hizo reír con condescendencia. Era una idea demasiado estúpida. El cuento era una cagada. Y sobre todo ese párrafo del comienzo... ¿Qué carajo tendría que ver la muerte de la mina con el cambio de un aviso de cigarrillos? Si se muere alguien que conocés, lo que te jode es la muerte en sí, y las otras cosas pasan porque pasan. ¿O no? No tiene nada que ver. En conclusión, tiempo perdido leyendo esa pelotudez. El autor era un tal Borges. Sabía que era alguien famoso (en casa lo habían nombrado tres o cuatro veces) y que se había muerto hacía bastante.

Dejó el libro y bajó al comedor. La cena ya estaba lista y comió con rutinario placer. Se habló como era habitual: la breve revista diaria del pequeño mundo circundante. El informe tedioso. La vecina insistente. El jefe detallista. La cuñada amargada. Finalizado el repaso se hizo un silencio de pocos segundos. Luego se oyó una voz que aportaba, repentino, el último dato rezagado.

- El que me enteré que murió es Saravia, el señor ese de la camioneta -

La novedad le provocó un brevísimo impacto. Indagó con módica curiosidad sobre circunstancias y detalles (un infarto, esa misma mañana). Consultó la edad y condición médica previa del señor Saravia. Elaboró una rápida conclusión sin pretensión filosófica y siguió comiendo. Así concluyó el día.

La mañana siguiente, camino de la oficina, pasó manejando frente a lo de Saravia. Notó que la camioneta, que habitualmente estaba estacionada allí a esa hora, había desaparecido. Alguno de los hijos ya se la habría apropincuado. Recordó el comienzo de "El Aleph" y se rió con ganas, pensando que la ausencia de la camioneta equivalía al aviso de cigarrillos rubios de la Plaza Constitución. "Lo único que falta" - se dijo – "es que crea que a partir de la muerte del tipo y la ausencia de la camioneta se me ocurra que el mundo empieza a cambiar. Qué pelotudez". Siguió viaje pensando ahora en la reunión de revisión de las nueve y media...

Al entrar al centro por la avenida Vístula le llamó la atención un tumulto de vehículos atascados. Eso lo retrasaría. Pensó en bajar la ventanilla y preguntarle al pibito que tocaba el violín en la esquina de Nosferatu y que siempre estaba al tanto de todo, pero no lo encontró. En su lugar había un flaco que hacía malabares y que tenía cara de boludo. Se sintió desasosegado. Consultó el celular y entonces supo que la municipalidad había cambiado el sentido de varias calles y no lo había informado. Tomó nota mental de que a partir del día siguiente debería entrar a la playa por Felipe Cuevas en vez de por Ollejos, como hasta entonces. El atasco lo hizo llegar tarde a la oficina y a la reunión de revisión de las nueve y media. Entró a la sala, jadeante y nervioso, a las diez menos cinco. Para entonces, Mayón, Peretti y Stagnaro se habían llevado el crédito por la presentación del informe.

A la hora del almuerzo notó que la piba que vendía las viandas no había venido. Le explicaron que la habían contratado como cheff en un restaurante en la zona de Santa Tecla. Esto se lo contó Alcaraz, que por otra parte se había afeitado la barba de años y ahora parecía otra persona. El día siguió. El kiosco bar de la planta baja había emprendido refacciones; la gente del quinto piso había sido trasladada al segundo; el dispensador de agua había sido movido hacia el ventanal que daba al parque; los juegos del parque habían sido quitados y en su lugar se empezaba a construir un playón para patinaje... Se asustó. Aquella locura de cambios se había salido de control.


Llegó a casa a eso de las siete. Subió en silencio al dormitorio, se descalzó los zapatos y se recostó. Cerró los ojos e intentó dormitar. Tres segundos después dio un respingo. Giró hacia la mesa de luz. Desde la tapa del libro, la imagen de Borges parecía mirarlo con desdén. Dejó caer nuevamente la cabeza sobre la almohada y suspiró con fuerza. Entonces entró la esposa, ansiosa por contarle la inesperada y excitante decisión que había tomado el sobrino más grande. La interrumpió.

- Esperá un poco. Dame tiempo para ordenarme la cabeza. Es que... creo que la muerte de Saravia cambió todo el Universo -




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Liberación

Lo despertó el timbre. Alguien apretaba el botón de manera corta, perentoria, cada cinco segundos. Se levantó y entró al baño. Se lavó la cara a toda velocidad, se vistió, se peinó. Todo el proceso no le llevó más de noventa segundos. Durante ese lapso sonaron quince timbrazos más. Recordó que era Domingo y estimó que ya serían las nueve de la mañana.

-¡Voy! ¡Voy!-

Corrió desde el baño. Atravesó el pasillo, el comedor y el living eludiendo sillas y saltando por sobre los cuerpos caídos, desnudos y roncantes. El humo ya se había disipado, pero persistía el olor dulzón y pegajoso. Llegó a la puerta y la abrió ansiosamente. Tal como imaginaba, eran los Predicadores. Los saludó con tanta efusión y alegría que ni el muchacho de camisa blanca y corbata negra ni la chica de blusa cerrada y pollera larga atinaron a nada más que apenas sonreír.

-¡Llegaron justo! ¡Pasen, pasen!-

Los empujó hacia dentro. Aún desconcertados, se dejaron meter a la casa. Entonces él dio un salto hacia afuera, cerró de un portazo y echó llave. Y se fue corriendo calle abajo, feliz.




viernes, 7 de agosto de 2015

El recorrido

Hacía largo rato que caminaba. El cielo -oscurecido y otoñal- le iba a caer encima en cualquier momento, pero este no parecía ser el problema. Iba con la vista baja, las manos -dos puños duros y congelados- guardadas dentro de los bolsillos de la campera, el paso firme pero el rumbo extrañamente errático. Si alguien se hubiera ocupado de seguirlo, sin dudas se habría extrañado de verlo doblar a la derecha en una calle y a la izquierda en la otra y luego dos veces seguidas a la derecha y luego dos veces seguidas a la izquierda, de cortar camino por una plaza, de lanzarse a través de una diagonal o de andar largo rato la calle costanera para luego torcer repentinamente en algún puente, sin que se pudiera anticipar jamás el próximo viraje, el siguiente cambio de dirección. Incluso, al cabo de un tiempo indeterminado, si ese alguien hubiera persistido en tal tarea de persecución (aún habiendo abandonado ya por vano el esfuerzo de imaginar un patrón capaz de justificar un camino tan caprichoso y de predecir la próxima modificación del itinerario), podría haberlo visto desembocar en algún momento en una esquina por la que ya había pasado (largo rato) antes, aunque viniendo desde cualquier otra calle. Y si ese mismo alguien hubiera podido seguir sus pasos, acercársele, ponerse a su lado y mirarle la cara, se habría encontrado con un rostro pavorosamente inmutable: Dos ojos vacíos y oscuros que miraban sin ver, y que negaban revelar cualquier emoción; una nariz cuyas fosas se ensanchaban y contraían de manera imperceptible en cada inspiración y exhalación; una boca de labios pálidos y apretados, como si hubieran discontinuado sus funciones (la de comer, la de beber, la de hablar, la de besar, la de reír). Ese rostro había llegado al cero absoluto, a su estado definitivo. Parecía configurar el anticipo de una muerte en vida, solo desmentida por los pasos incesantes y caóticos de aquellas piernas que seguían caminando animadas por una voluntad que no residía dentro de ellas.

Pasaron varias horas. El cielo -oscurecido y otoñal- continuaba allá arriba como una amenaza muda e indiferente. Siguió caminando. ¿Se detendría alguna vez? En todo caso, en esa máscara mortuoria que era su rostro no se habría visto la acusación de la mínima señal de alguna intención en tal sentido. Ni un resoplido, ninguna queja, cada inspiración ni más lenta ni más rápida que todas las demás, ninguna exhalación soltando más aire que la anterior y que la siguiente. Apenas un parpadeo, que demoraba largos minutos en repetirse, como único e imperceptible signo de actividad. Sin traza de vacilación en las zancadas que, ahora habría podido descubrirse, se repetían con precisión metronómica en ritmo y longitud, a pesar de los giros que seguían sucediéndose en forma disparatada, a intervalos impredecibles de tan irregulares y que seguían sin insinuar ningún atisbo de un rumbo a alguna parte.

Seguramente pasaron muchas horas más. Para entonces, aquel alguien habría podido asegurar que ese rostro no sólo no percibía el cansancio, sino que tampoco notaba el paso del tiempo. Esa mente no llevaba la cuenta de los interminables minutos que se encadenaban uno tras otro, ni la enumeración de los pasos que iban, volvían, giraban, seguían, pero jamás dudaban ni se detenían. El cielo -oscurecido y otoñal- seguía atestiguando con apatía aquel derrotero fractal y perseverante.

Aquel alguien que lo hubiera perseguido durante horas y más horas a lo largo de ese laberinto inmaterial que parecía ir en procura de una meta elusiva y acaso inexistente, sin dudas habría terminado por rendirse a aquella ilógica y dar por normal aquello que en un principio se le hubiera antojado como anormal. Ese ir y venir, en principio sin sentido aparente, habría cobrado finalmente sentido (al menos dentro de su arbitrariedad), y a partir de entonces habría sido precisamente la interrupción de la caminata lo irracional e inexplicable. Pero no había ese alguien. Nadie vio, entonces, cómo después de haber derivado sus pasos hacia cierta calle apartada y de haber traspuesto cierto enorme portal abierto, frenaba sus pasos de forma tajante, repentina (absurda, tan absurda como la forma en que había caminado durante un número inexplicable de horas), como allí acababa el alocado serpenteo clavando sus pies en ese punto del enorme jardín que se extendía ante su mirada inescrutable, en el centro exacto de la circunferencia que disponían los álamos desnudos por el otoño ya en agonía, con los pies hundiéndose en un mar de hojas rojas y amarillentas, crujientes y quebradizas, que bailaban a su alrededor, arremolinadas por el viento húmedo y pegajoso que anunciaba un invierno acerado y ya inminente.

Aquel que lo hubiera perseguido habría podido verlo mientras el cuerpo se le desmoronaba, se derrumbaba, se dejaba caer de rodillas sobre la hojarasca al tiempo que bajaba la cabeza y cerraba los ojos durante un tiempo ahora mucho mayor que el de un parpadeo, mientras sacaba por fin las manos de los bolsillos de la campera y comenzaba a revolver furiosamente, a batir hojas y ramas y piedras, a despejar finalmente un área terrosa y endurecida para descubrir -con dedos ahora eléctricos- una piedra rectangular, donde se habían grabado ese nombre y esos dos números, y a acariciarla con la fiebre de un dolor que, en el pináculo de la crueldad, le permitía (le obligaba) soñar aún, con obstinación, la dolorosa utopía de aquello que sabía imposible.

Nadie lo había seguido. Ahora sus oídos sólo percibían el viento impiadoso y lúgubre; su cara y cuello comenzaron a percibir las gotas de lluvia como un millón de agujas heladas, sus ojos empezaron a morir en la oscuridad que se iba tragando, implacable, el cielo y los árboles. Su mano derecha se movió con torpeza buscando el bolsillo de la campera y tanteando el arma, mientras sus labios decidían abrirse para poder susurrar el nombre grabado en la piedra, y luego gritarlo dos, tres, cuatro veces más. Desde la garganta, desde los pulmones, desde las vísceras.

Nadie lo había seguido. Nadie vio entonces como el relámpago iluminaba durante una terrible fracción de segundo su rostro pavoroso y salvaje, de ojos extraviados y brillantes, de labios pálidos y temblorosos, un rostro hirviente y caótico. Y nadie escuchó tampoco el trueno que hizo temblar los álamos.

Pasaron algunos minutos. El viento amainó y se detuvo. Las gotas siguieron cayendo un rato más y lentamente se fueron transformando en llovizna, mientras alrededor de la piedra la hojarasca se iba tiñendo de rojo.




jueves, 6 de junio de 2013

Big Bang



Al apretar el antebrazo contra el pecho pasan dos cosas. Una de ellas es una descarga que me estremece desde el hombro hasta las uñas y que contengo con un gemido sordo porque imagino que no me gustaría que me preguntaran si me duele mucho. La otra es que el agujero en mi muñeca comienza a vomitar sangre a chorros. Esto me produce un regocijo morboso y masoquista. Cada descarga resulta una agonía. Una dulce y terrible agonía. Soltar el brazo y dejarlo caer sobre la mesa dispuesto a comenzar una nueva excavación resulta oscuramente excitante.


La punta del cuchillo remueve algunos pedazos de carne y trozos de piel que quedan colgando. Mis dientes vibran. Mi cuello está tenso y erecto, como un diapasón. Los dedos de la mano izquierda y de ambos pies se crispan y las mandíbulas se vuelven de acero, abocadas a la exhalación de una retahíla gutural que no sabe si es de dolor o de placer. Percibo el sudor brotando de mis sienes y precipitándose sobre mi pecho desnudo. También mi espalda es recorrida por un reguero ardiente. No sé si podré seguir conteniendo la respiración, pero decido no detenerme. La punta del cuchillo se detiene, indecisa por un instante. Finalmente escarba a mayor profundidad, y mi grito es agudo y breve. Después de haber arrastrado algunos pedazos más de muñeca, retiro el cuchillo y lo examino en silencio. La sangre que baña la hoja me resulta totalmente ajena, como si no estuvieran allí la descarga y el dolor para recordarme que se trata de mi propia carne y mi propia sangre. No puedo reconocerlas, las miro en muda interrogación, no del todo seguro de su realidad, y me pregunto el por qué de esto.


-¿Por qué hago esto?-


Ahora que me he sentado en el sillón y que he dejado caer mi brazo izquierdo al costado, me siento libre. Dejo que mi cabeza se desmaye sobre el pecho velludo y húmedo y entonces la herida comienza a arder, a latir, a aullar. A mis pies, desparramados en un caos que figura un infierno desconocido, hay goterones de la sangre que ha seguido manando y hay trozos de muñeca de distintos tamaños y formas. El cuchillo ensangrentado cae entre ellos y percibo en las muelas el ruido de su hoja metálica rebotando en la dureza del suelo. 


Siento mucha sed, mucho calor y mucho frío. La herida se agiganta ante mis ojos vacíos. Si los abro, laten mi estómago y mi garganta. Si los cierro, veo una herida inabarcable, veo con pavorosa cercanía cada uno de los vasos que se han roto, todas y cada una de las células profanadas, veo millones de hilos que se agitan y se retuercen cono serpientes enloquecidas, veo fibras de carne que a cada espasmo se humedecen con la sangre que brota sin pausa desde su interior, veo un océano de tejidos revolviéndose, ardiendo al contacto con el aire que entra como un huracán sulfuroso por el hueco, este hueco profundo e interminable que el cuchillo ha abierto.


Mientras araño mi rostro con la mano derecha, mientras aprieto mis dientes y giro hacia el costado, levanto a mi agonizante mano izquierda y la dejo morir sobre el apoyabrazos. La herida es (por fin lo entiendo) la definición exacta y terrible del universo. Entre mis sienes palpitantes intento buscar lo que significa este dolor disparatado que jamás podré explicar ni describir. Apenas logro atrapar este instante ínfimo e intrascendente, esta superficie que es menos que un átomo dentro de un universo indiferente a mi herida, y a todas las heridas. Y la sangre sigue cayendo, y cada gota que cae y estalla contra el piso, se convierte en un fugaz universo donde hierven millones de células y billones de heridas, con cada una de las cuales somos mutuamente indiferentes.


Todavía no sé por qué hago esto.


miércoles, 24 de abril de 2013

Fragmentos de un diario de viaje

Lo primero que hago es preguntarme qué diablos hago acá. Frente a mí se alza una mole oscura, palpitante, difusa. Parece una niebla, una humareda o un enjambre. Viéndola desde cerca comprendo que es muy alta, muy ancha, y que mi campo visual contiene dificultosamente sus vagos límites.

Lo segundo que hago es percibir un empujón en la espalda. Sin oponer resistencia, avanzo a los tropezones. Efectivamente, la mole es blanda y penetrable. Antes de haber dado diez pasos por su interior ya me he habituado al creciente sonido de chicharras, al olor amargo que brota desde puntos invisibles ubicados a mi alrededor, al chicotazo asincrónico de cosas gomosas, que supongo tentáculos, en mis hombros y espalda. 

A lo que no puedo habituarme, ni aún después de cien o doscientos pasos (no me he detenido) es a la oscuridad.

(...)

Trescientos pasos. Al sonido de las chicharras se agregan ahora gorgoteos que suenan por arriba de mi cabeza. El olor amargo desaparece a ratos, barrido por ráfagas sulfurosas. Creo haberme acostumbrado a los golpes, hasta que sorpresivamente algo duro cae sobre mi cabeza y allí rebota, marchándose lejos. Allí me detengo por primera vez. Mis piernas, de tan endurecidas, se han clavado con fuerza en un terreno que se ha vuelto fangoso y que se mueve debajo de mis pies, como el lomo de un animal inconcebible. Luego, algo que vuela se estrella en mi cara. Se desploma. Lo oigo rebotar en el suelo con el sonido que haría una pelota de tenis al caer sobre un charco. Inmediatamente se escucha el batir aparatoso de un aleteo. Percibo un roce en mi nariz y olor a orina. El aleteo se aleja y pronto es tragado por las chicharras.

(...)

La oscuridad es absoluta, definitiva, asfixiante. Abro la boca e inspiro. Decido retomar el avance y entonces descubro que tengo que hacer esfuerzo para despegar mis pies del suelo pastoso y cálido.
Ochocientos pasos más. Otro sonido, un silbido afilado, comienza a percibirse. Proviene de frente a mí. A cada paso se hace más agudo y vibrante. Me falta el aire. Abro la boca nuevamente. Mis inspiraciones se hacen cortas e insuficientes. Agito los brazos. Grito. Caigo de rodillas sobre el piso. Me estallan la cabeza y los oídos. Apoyo ambas manos, agacho mi cabeza y comienzo a vomitar.

(...)

Después de mucho tiempo me encuentro a gatas, con los brazos hundidos hasta el codo y la frente rozando un fango delicuescente. La respiración es agitada aún. La tos y la falta de aire me hacen temblar brazos y piernas y labios. Mi estómago sigue revuelto, entonces imagino que en algún momento volveré a vomitar. Mi garganta está cerrada. Creo que si levanto la cabeza, abro la boca y aspiro con todas mis fuerzas podré aliviarme. El resultado es un ramalazo de dolor en el pecho, una arcada violenta, otro vómito, el desplome sobre el piso inundado, y el silencio.

(…)

He vuelto a levantarme, y a caminar. Aún no logro normalizar mi respiración artificial y angustiosa. En cambio, ya he aprendido a predecir los ritmos con que aparecen y desaparecen las náuseas. A mi alrededor persisten el sonido de las chicharras, el silbido afilado, los olores. No hay un mínimo destello que rasgue la oscuridad, y mi mente afiebrada ya no acierta a reconstruir las imágenes del pasado. Absurdamente alzo la vista. Sigo caminando, y recibiendo golpes ocasionales. A veces es algo agudo que se clava en la espalda y me aguijonea durante varios segundos (tengo la impresión de que al irse ha arrancado un pedazo de mi carne). Otras veces es algo viscoso y peludo que choca contra mi pecho o mi rostro. Ahora siento pequeñas y rápidas mordeduras en los pies y en los tobillos. Pero lo peor son las cosas largas que se prenden a mis pantorrillas y trepan enroscándose en busca de mi entrepierna. Entonces pateo con furia para desprenderlas.

(…)

Creo haber caminado ya unos diez mil pasos. O tal vez sean cien mil. Aún recuerdo vagamente el momento en que todo esto empezó, el empujón que me lanzó hacia el interior de esta mole que ahora desando, y recuerdo también cuánto tiempo llevo haciéndolo. Pero sé que en algún momento (tal vez muy pronto) el recuerdo del inicio de mi tránsito se hará difuso e irreal, hasta desaparecer y no dejarme más pasado que esta tiniebla. Y sigo caminando, sin poder saber ni calcular siquiera cuánto camino me espera aún, y si al final de  me aguarda la utopía de algún lugar luminoso, o tal vez otro destino aún más terrible que este. Y tan absurdamente como alzo la vista, cierro los ojos e intuyo con un horror inédito que tal vez el reino de la noche tenga un tamaño infinito y que, aunque continúe caminando por siempre, haya llegado el final de mi viaje.

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