jueves, 2 de enero de 2014

Tu voz seguirá viviendo

Él no entendía de miedos ni de silencios. Por eso andaba por las calles de Santiago, dele disparar su cámara, como un juego, con inocencia casi. Y no hacía caso de consejos ni prestaba atención a las miradas temerosas y a las voces preocupadas que le decían: Tené cuidado, no hables alto, no jodas tanto con esas fotos.

Rodrigo Rojas De Negri tenía 19 años. Y había vuelto a nacer en su Chile, después de una infancia de patria escamoteada por una dictadura cuyas cadenas ya chirriaban en aquel 1986. 

La historia del exilio venía de diez años atrás, cuando le tocó partir hacia Canadá, a vivir su cumpleaños número diez lejos de su mamá, Verónica, que mientras tanto se la aguantaba como podía en el campo de concentración de Tres Álamos, una de las tantas sucursales del espanto diseminadas por todo el territorio chileno durante el tiempo de la pesadilla. Un año (se dice pronto) estuvo Verónica De Negri allí dentro. Pero logró salir andando, y entonces se fue para el Norte a buscar a los hijos que la habían precedido en el camino del destierro. 

Después llegó para Rodrigo el tiempo de la adolescencia, en una tierra extraña a la que sentía no pertenecer. Es muy difícil, en esa edad de las inseguridades, saber que tu pasado es una semilla, hundida en una tierra lejana e inaccesible, que nunca llegó a germinar. Y es más difícil aún llevar atragantado el nombre de una patria cercado por nostalgias que no tienen forma de nada. Pero Rodrigo fue buscando respuestas en palabras simples que definían aquello tan querido, tan propio, tan lejano: Chile, Latinoamérica. Y encontró que la música y la poesía de su tierra y de otras tierras hermanas lo ayudaban a restañar su identidad herida.

En casa de otro exiliado chileno, Marcelo Montecino, aprendió a mezclar luces y sombras y a capturarlas adentro de una cámara. Y entre compañeros de Patria Grande aprendió a darle forma a sueños de libertad y justicia. Y con la suya, el alma de todos vibrando con cada triunfo, no importaba donde fuera: Una victoria sandinista en Nicaragua. Una hazaña más del Farabundo Martí en El Salvador. Y, sobre todo, la resistencia que crecía sin pausa en el Chile querido y remoto, la resistencia cada vez más grande, cada vez con menos miedo. Entonces decidió que tenía que volver. (Tal vez entendió que quedaba poco tiempo y que había que apurarse antes de que las ideologías comenzaran a morir).

Y un día, sus ojos de diecinueve años pudieron, por fin, reencontrar las imágenes que el exilio le había robado a su infancia. Su Chile, ese Chile que tanto le había faltado durante toda la vida, se le apareció como una tierra hermosa que debajo de su dolor escondía la fe que nadie había podido prohibir, que detrás de cada suspiro por la libertad perdida dejaba oír el murmullo alegre de la esperanza que no se había dejado encarcelar, que dentro de cada lágrima derramada guardaba sueños que habían escapado a los fusilamientos y a las torturas.

Y en seguida, Rodrigo comenzó su trabajo. Tomó la cámara y empezó a sacar fotos y más fotos. Clic, un policía. Clic, un carabinero. Clic, muchos manifestantes. Clic, barrios, paredes, niños, madres, mendigos, calles. Todo Santiago era capturado por el ojo mágico de Rodrigo, todo un país que latía en su lucha y en su espera que cada vez eran menos silenciosas. Tené cuidado, no hables alto, no jodas tanto con esas fotos. Pero él sabía que tenía que apurarse, y que no tenía tiempo para hablar en voz baja.


El 2 de Julio era día de protesta nacional. Él iba allí, con un grupo, por una calle comunal. Querían armar una barricada y cortar el tránsito. Una patrulla de soldados salió a su encuentro y comenzó la persecución. Escaparon todos, menos dos. Uno era Rodrigo, la otra era Carmen Gloria Quintana, de 18 años. Los redujeron, los rociaron de combustible y los hicieron arder. Luego, a las órdenes del jefe, teniente Sergio Fernández Dittus, los envolvieron en frazadas y los subieron a una camioneta. Después de dar vueltas un rato decidieron dejarlos tirados en una acequia de las afueras de Santiago. 

Rodrigo murió cuatro días más tarde. Carmen Gloria, tenaz, emperrada, no les dio el gusto y resolvió vivir para contar el horror a todos. 

Aún quedaba un largo tiempo de lucha, pero Rodrigo ya había dado lo suyo. Finalmente, en 1990 se terminó el tiempo de la infamia. Pero no todas las deudas se saldaron como se debía. Y aún hoy, ya con más de veinte años de democracia recorridos, queda mucha, muchísima injusticia sin reparar en un Chile que, acaso por eso mismo, tantas veces se nos propone como modelo. Por algo será. La memoria de Rodrigo sigue esperando.

Rodrigo, pequeño bandido cazador de imágenes, fantasma de cámara al hombro y mirada en el horizonte. No te dieron tiempo para nada pero vos, no sé cómo hiciste, tuviste tiempo para todo. 


jueves, 6 de junio de 2013

Big Bang



Al apretar el antebrazo contra el pecho pasan dos cosas. Una de ellas es una descarga que me estremece desde el hombro hasta las uñas y que contengo con un gemido sordo porque imagino que no me gustaría que me preguntaran si me duele mucho. La otra es que el agujero en mi muñeca comienza a vomitar sangre a chorros. Esto me produce un regocijo morboso y masoquista. Cada descarga resulta una agonía. Una dulce y terrible agonía. Soltar el brazo y dejarlo caer sobre la mesa dispuesto a comenzar una nueva excavación resulta oscuramente excitante.


La punta del cuchillo remueve algunos pedazos de carne y trozos de piel que quedan colgando. Mis dientes vibran. Mi cuello está tenso y erecto, como un diapasón. Los dedos de la mano izquierda y de ambos pies se crispan y las mandíbulas se vuelven de acero, abocadas a la exhalación de una retahíla gutural que no sabe si es de dolor o de placer. Percibo el sudor brotando de mis sienes y precipitándose sobre mi pecho desnudo. También mi espalda es recorrida por un reguero ardiente. No sé si podré seguir conteniendo la respiración, pero decido no detenerme. La punta del cuchillo se detiene, indecisa por un instante. Finalmente escarba a mayor profundidad, y mi grito es agudo y breve. Después de haber arrastrado algunos pedazos más de muñeca, retiro el cuchillo y lo examino en silencio. La sangre que baña la hoja me resulta totalmente ajena, como si no estuvieran allí la descarga y el dolor para recordarme que se trata de mi propia carne y mi propia sangre. No puedo reconocerlas, las miro en muda interrogación, no del todo seguro de su realidad, y me pregunto el por qué de esto.


-¿Por qué hago esto?-


Ahora que me he sentado en el sillón y que he dejado caer mi brazo izquierdo al costado, me siento libre. Dejo que mi cabeza se desmaye sobre el pecho velludo y húmedo y entonces la herida comienza a arder, a latir, a aullar. A mis pies, desparramados en un caos que figura un infierno desconocido, hay goterones de la sangre que ha seguido manando y hay trozos de muñeca de distintos tamaños y formas. El cuchillo ensangrentado cae entre ellos y percibo en las muelas el ruido de su hoja metálica rebotando en la dureza del suelo. 


Siento mucha sed, mucho calor y mucho frío. La herida se agiganta ante mis ojos vacíos. Si los abro, laten mi estómago y mi garganta. Si los cierro, veo una herida inabarcable, veo con pavorosa cercanía cada uno de los vasos que se han roto, todas y cada una de las células profanadas, veo millones de hilos que se agitan y se retuercen cono serpientes enloquecidas, veo fibras de carne que a cada espasmo se humedecen con la sangre que brota sin pausa desde su interior, veo un océano de tejidos revolviéndose, ardiendo al contacto con el aire que entra como un huracán sulfuroso por el hueco, este hueco profundo e interminable que el cuchillo ha abierto.


Mientras araño mi rostro con la mano derecha, mientras aprieto mis dientes y giro hacia el costado, levanto a mi agonizante mano izquierda y la dejo morir sobre el apoyabrazos. La herida es (por fin lo entiendo) la definición exacta y terrible del universo. Entre mis sienes palpitantes intento buscar lo que significa este dolor disparatado que jamás podré explicar ni describir. Apenas logro atrapar este instante ínfimo e intrascendente, esta superficie que es menos que un átomo dentro de un universo indiferente a mi herida, y a todas las heridas. Y la sangre sigue cayendo, y cada gota que cae y estalla contra el piso, se convierte en un fugaz universo donde hierven millones de células y billones de heridas, con cada una de las cuales somos mutuamente indiferentes.


Todavía no sé por qué hago esto.


sábado, 4 de mayo de 2013

Manual Instructivo Misceláneo de Escritor Gordo (selección)


Instrucciones para mirar llover (Capítulo XLIX)

La contemplación de la lluvia es una actividad recreativa de gran interés, capaz de innumerables matices según las circunstancias en que se la desarrolle. A continuación brindamos una escueta instrucción para vivir esta experiencia en toda su intensidad.

Para un sujeto

Precondición número uno: Es necesario que esté lloviendo.

Precondición número dos: El sujeto debe poseer capacidad visual. Si usted es ciego, suspenda la lectura de este instructivo y diríjase al capítulo ‘Instrucciones para oír llover’ de este mismo manual, donde dará con las recomendaciones adecuadas.

Desarrollo: Comenzado el fenómeno meteorológico de precipitación de gotas de agua sobre la superficie (en adelante lluvia), el sujeto podrá optar por dos modalidades de visión.

  • Modalidad indoor: Ubicado bajo un techo protector (que puede ser el de una casa o cualquier otro edificio) el sujeto debe dirigir su vista hacia una ventana abierta o cualquier otro agujero permanente practicado en la pared de la vivienda. Desde aquí disfrutará una visión de la lluvia limitada por las dimensiones de la antedicha ventana, pero igualmente estimulante.
  • Modalidad  outdoor: Situado en cualquier espacio abierto (plaza, vereda, calle, parque, etc.) el sujeto podrá gozar del espectáculo pluvial con solo mantener los ojos abiertos, sin importar hacia donde los dirija. Esta modalidad presenta una serie de desventajas consecuentes, tales como: mojadura, calado de huesos, enlodamiento y eventuales resfríos ulteriores.

Para dos o más sujetos

Aplícanse las mismas instrucciones referidas para un sujeto individual. Sólo que de esta manera se pueden verificar consecuentes situaciones molestas. A título de ejemplo detallaré algunas:

  • Amontonamiento de sujetos en la vecindad de la ventana (modalidad indoor), lo cual da lugar a violentos forcejeos y empujones en procura de una mejor visión.
  • Comentarios aburridos por parte de los demás sujetos, a los que hay que contestar en virtud de las normas sociales vigentes. Algunos de los más usuales son: ‘Mierda, cómo llueve, ¿eh?’, ‘Esto le viene bien al campo’, ‘Acá caen dos gotas y se inunda todo’, 'Yo lo que tengo miedo es que me entre humedad en el garage', ’A mí me gusta más cuando hay sol, qué querés que te diga’ o ‘En serio, cómo llueve, ¿eh?’.
  • En caso de que la lluvia provoque un corte de luz, los demás sujetos entrarán en pánico y pondrán en marcha los tediosos protocolos previstos para esta situación, obligándolo a usted a seguir los mismos (ver ‘Instrucciones para cuando se corta la luz’, capítulo CCXXVII).(…)





Instrucciones para contar un secreto (Capítulo MCCXXIX)

Pocas actividades resultan más placenteras que la de traicionar la confianza de un ingenuo que nos ha revelado un secreto, ventilando el mismo a diestra y siniestra.

La tarea de publicar o difundir un secreto exige varias condiciones previas. Una de ellas es la de contar previamente con un amigo que profese un alto grado de intimidad con usted. Esta precondición no es sencilla de cumplir, pero con años de paciente ejercicio de amistad puede conseguirse. Esto lo convertirá en firme candidato a  depositario de una confidencia por parte de algún gil que crea que usted es una persona cabal.

La otra condición es contar con un universo de amistades o conocidos comunes con aquel pobre individuo. Es de esperar que en este corpus se cuente un alto porcentaje de chismosos a quienes pudiere interesar vivamente la revelación malsana de cualquier secreto. 

Planteado este escenario, sólo resta esperar a que su incauto amigo comparta alguna intimidad con usted. Imaginemos un ejemplo. Usted está en poder de un secreto de alta criticidad y decide divulgarlo entre los terceros involucrados, con consecuencias imprevisibles. Es que su amigo le ha confiado que está harto de su esposa (la del amigo, no la suya de usted), que medita la posibilidad de abandonarla y que, además, está manteniendo encuentros furtivos con una joven compañera de oficina. Usted toma nota y promete mantenerse en silencio. Inmediatamente después de esto, usted se dará a la tarea de comunicar toda la información recibida a los siguientes sujetos:

  • La esposa de su amigo, persona de carácter posesivo e histérico.
  • Los hermanos menores de la mujer, propietarios respectivamente de ciento ocho y ciento seis quilos, noveno dan de karate shotokan este y veterano de Tormenta del Desierto aquel.  
  • Las amigas de la mujer, personas de fuerte sentido solidario y poseedoras de un carácter violento y vengativo.

Cumplido este punto, a usted solo le resta esperar el día siguiente a la hora en que su amigo sale de la oficina. Entonces podrá atestiguar el linchamiento de este pobre diablo confiado por parte de los enfurecidos comunicandos de su secreto, espectáculo que usted contemplará oculto detrás de una columna, riendo a mandíbula batiente (…)”