miércoles, 1 de mayo de 2013

Héroes de Haymarket


El 30 de Noviembre de 1887, José Martí -poeta, periodista, libertador en ciernes- escribió lo siguiente:

“...Salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro... Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el del Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: ´La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora´. Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable...”

¿Quiénes eran estos hombres? ¿Qué camino habían recorrido cuya meta acaso inevitable había sido el cadalso?

Hay que volver al siglo diecinueve, a la revolución industrial, a los cambios tecnológicos y a un capitalismo que se reinventa como tantas veces habrá de hacerlo. Al menos esta vez no tiene reparos en mostrar su cara más cruel. Y en las fábricas que proliferan en las grandes ciudades de Europa y Estados Unidos, los trabajadores dejan la piel y la vida. No hay los derechos más elementales para ellos. No hay ley que proteja de despidos arbitrarios, garantice salarios dignos, establezca condiciones de seguridad o regule la duración de la jornada de trabajo. Los asalariados -hombres, mujeres, niños- se convierten, entonces, en los nuevos esclavos.

Al calor de las ideas socialistas y anarquistas comienzan a surgir las primeras uniones y sindicatos. En Londres, París, Nueva York y todas las grandes urbes, se multiplican huelgas y manifestaciones. Los obreros cometen el crimen de exigir ser parte beneficiaria de la riqueza que están creando. Pero la reacción no se hace esperar. El poder económico cuenta con aliados invalorables. Son los gobiernos, con sus aparatos represivos siempre alistados, y la prensa liberal, que castiga y demoniza a los agitadores del orden establecido.

La ciudad de Chicago, en el norte de los Estados Unidos, no escapa a esta realidad. Acá la lucha se enfoca en la consecución de la jornada laboral de ocho horas. Una auténtica locura, según acusan los medios gráficos, que llevará al país a la ruina. Indignante, irrespetuoso, delirio de lunáticos antipatriotas, son algunos de los epítetos que el New York Times, el Philadelphia Telegram y otros periódicos arrojan sobre los maquinistas de tren que trabajan dieciocho horas diarias.

Luego de larga lucha, por fin la jornada laboral de ocho horas es ley. Pero las grandes empresas la ignoran. 

El 1 de Mayo de 1886 estalla la huelga. 

Cientos de miles de trabajadores se movilizan durante ese día y los dos siguientes. Los incidentes y la represión provocan muertos y heridos. Adolf Fischer, obrero alemán y redactor del periódico Arbeit Zeitung, corre hasta la redacción y allí imprime miles de octavillas donde se convoca a un acto para el próximo 4 de Mayo en la plaza Haymarket Square, en pleno Chicago fabril. En la proclama se lee:

“Trabajadores: la guerra de clases ha comenzado. Ayer, frente a la fábrica McCormick, se fusiló a los obreros. ¡Su sangre pide venganza! ¿Quién podrá dudar ya que los chacales que nos gobiernan están ávidos de sangre trabajadora? Ayer, las mujeres y los hijos de los pobres lloraban a sus maridos y a sus padres fusilados, en tanto que en los palacios de los ricos se llenaban vasos de vino costosos y se bebía a la salud de los bandidos del orden... ¡Secad vuestras lágrimas, los que sufrís! ¡Tened coraje, esclavos! ¡Levantaos!.”

El acto convoca a más de 20.000 personas. La policía vigila. Comienzan los incidentes y una bomba estalla entre las filas de los uniformados, matando a uno de ellos. En respuesta, estos abren fuego sobre la multitud, y un número indeterminado de obreros cae abatido. La prensa se ensaña con ellos y dictamina: “El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal y se ha vuelto loco de remate: piensa precisamente en estos momentos en iniciar una huelga por el logro del sistema de ocho horas”. Además, exige juicio y castigo ejemplar a los truhanes y demagogos.“Qué mejores sospechosos que la plana mayor de los anarquistas. ¡A la horca los brutos asesinos, rufianes rojos comunistas, monstruos sanguinarios, fabricantes de bombas, gentuza que no son otra cosa que el rezago de Europa que buscó nuestras costas para abusar de nuestra hospitalidad y desafiar a la autoridad de nuestra nación, y que en todos estos años no han hecho otra cosa que proclamar doctrinas sediciosas y peligrosas!”. Y aunque no hay pistas sobre quién puede ser el responsable de haber lanzado la bomba sobre las filas de la policía, el juicio y castigo ejemplar se cumplen. Entonces George Engel, Adolf Fischer, Albert Parsons, August Spies y Louis Lingg, cinco trabajadores, cinco luchadores, son condenados a morir en la horca. Desde entonces, pasarán a la historia como los Mártires de Chicago. Hoy, en la plaza de Haymarket un sencillo monumento recuerda a quienes derramaron su sangre por desafiar al poder, pero la mayoría de los estadounidenses no conoce su historia y cada día pasan de largo, con indiferencia, por esa esquina donde aún late en silencio el espíritu de quienes decidieron no vender su lucha.


Ciento treinta años después, el panorama ha cambiado mucho en sus formas, pero no en su fondo. El capitalismo ha aprendido a maquillarse rostros amables y sonrisas que prometen la felicidad general, aunque estas máscaras engañan cada vez a menos gente. En todo el mundo, aún continúa la pelea por la igualdad, los salarios dignos, las condiciones humanas. Y aún muchos mártires cuestan y han costado cada conquista, cada derecho obtenido que luego hay que defender. Lejos de acabar, la lucha sigue, en un mundo cada vez más globalizado y deshumanizado, donde cientos de millones de trabajadores malviven con salarios de hambre mientras los grupos de poder económico concentran cada vez más el poder e impunidad.

Los Mártires de Chicago no fueron los primeros, y ciertamente no serán los últimos en caer. La justicia, según parece, seguirá requiriendo una cuota de sangre. Por eso Engels, Fischer, Parsons, Spies y Lingg se han convertido en emblema y símbolo de la reivindicación de la dignidad trabajadora. Nada mejor, entonces, que ejercer la memoria y rescatar su legado en cada 1 de Mayo y en cada día de nuestra vida como aquello que más nos honra: nuestra condición de trabajadores.



miércoles, 24 de abril de 2013

Fragmentos de un diario de viaje

Lo primero que hago es preguntarme qué diablos hago acá. Frente a mí se alza una mole oscura, palpitante, difusa. Parece una niebla, una humareda o un enjambre. Viéndola desde cerca comprendo que es muy alta, muy ancha, y que mi campo visual contiene dificultosamente sus vagos límites.

Lo segundo que hago es percibir un empujón en la espalda. Sin oponer resistencia, avanzo a los tropezones. Efectivamente, la mole es blanda y penetrable. Antes de haber dado diez pasos por su interior ya me he habituado al creciente sonido de chicharras, al olor amargo que brota desde puntos invisibles ubicados a mi alrededor, al chicotazo asincrónico de cosas gomosas, que supongo tentáculos, en mis hombros y espalda. 

A lo que no puedo habituarme, ni aún después de cien o doscientos pasos (no me he detenido) es a la oscuridad.

(...)

Trescientos pasos. Al sonido de las chicharras se agregan ahora gorgoteos que suenan por arriba de mi cabeza. El olor amargo desaparece a ratos, barrido por ráfagas sulfurosas. Creo haberme acostumbrado a los golpes, hasta que sorpresivamente algo duro cae sobre mi cabeza y allí rebota, marchándose lejos. Allí me detengo por primera vez. Mis piernas, de tan endurecidas, se han clavado con fuerza en un terreno que se ha vuelto fangoso y que se mueve debajo de mis pies, como el lomo de un animal inconcebible. Luego, algo que vuela se estrella en mi cara. Se desploma. Lo oigo rebotar en el suelo con el sonido que haría una pelota de tenis al caer sobre un charco. Inmediatamente se escucha el batir aparatoso de un aleteo. Percibo un roce en mi nariz y olor a orina. El aleteo se aleja y pronto es tragado por las chicharras.

(...)

La oscuridad es absoluta, definitiva, asfixiante. Abro la boca e inspiro. Decido retomar el avance y entonces descubro que tengo que hacer esfuerzo para despegar mis pies del suelo pastoso y cálido.
Ochocientos pasos más. Otro sonido, un silbido afilado, comienza a percibirse. Proviene de frente a mí. A cada paso se hace más agudo y vibrante. Me falta el aire. Abro la boca nuevamente. Mis inspiraciones se hacen cortas e insuficientes. Agito los brazos. Grito. Caigo de rodillas sobre el piso. Me estallan la cabeza y los oídos. Apoyo ambas manos, agacho mi cabeza y comienzo a vomitar.

(...)

Después de mucho tiempo me encuentro a gatas, con los brazos hundidos hasta el codo y la frente rozando un fango delicuescente. La respiración es agitada aún. La tos y la falta de aire me hacen temblar brazos y piernas y labios. Mi estómago sigue revuelto, entonces imagino que en algún momento volveré a vomitar. Mi garganta está cerrada. Creo que si levanto la cabeza, abro la boca y aspiro con todas mis fuerzas podré aliviarme. El resultado es un ramalazo de dolor en el pecho, una arcada violenta, otro vómito, el desplome sobre el piso inundado, y el silencio.

(…)

He vuelto a levantarme, y a caminar. Aún no logro normalizar mi respiración artificial y angustiosa. En cambio, ya he aprendido a predecir los ritmos con que aparecen y desaparecen las náuseas. A mi alrededor persisten el sonido de las chicharras, el silbido afilado, los olores. No hay un mínimo destello que rasgue la oscuridad, y mi mente afiebrada ya no acierta a reconstruir las imágenes del pasado. Absurdamente alzo la vista. Sigo caminando, y recibiendo golpes ocasionales. A veces es algo agudo que se clava en la espalda y me aguijonea durante varios segundos (tengo la impresión de que al irse ha arrancado un pedazo de mi carne). Otras veces es algo viscoso y peludo que choca contra mi pecho o mi rostro. Ahora siento pequeñas y rápidas mordeduras en los pies y en los tobillos. Pero lo peor son las cosas largas que se prenden a mis pantorrillas y trepan enroscándose en busca de mi entrepierna. Entonces pateo con furia para desprenderlas.

(…)

Creo haber caminado ya unos diez mil pasos. O tal vez sean cien mil. Aún recuerdo vagamente el momento en que todo esto empezó, el empujón que me lanzó hacia el interior de esta mole que ahora desando, y recuerdo también cuánto tiempo llevo haciéndolo. Pero sé que en algún momento (tal vez muy pronto) el recuerdo del inicio de mi tránsito se hará difuso e irreal, hasta desaparecer y no dejarme más pasado que esta tiniebla. Y sigo caminando, sin poder saber ni calcular siquiera cuánto camino me espera aún, y si al final de  me aguarda la utopía de algún lugar luminoso, o tal vez otro destino aún más terrible que este. Y tan absurdamente como alzo la vista, cierro los ojos e intuyo con un horror inédito que tal vez el reino de la noche tenga un tamaño infinito y que, aunque continúe caminando por siempre, haya llegado el final de mi viaje.

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miércoles, 6 de marzo de 2013

Las trece rosas

Yo vivo en el país del olvido, lo sé muy bien y lo compruebo a diario. Por eso hoy quise traer una historia que viene de otro país que, en ese sentido, es muy parecido al mío.
Esta es la historia de las trece rosas de España. Las trece muchachas que, el 5 de agosto de 1939, derramaron la sangre inaugural de la dictadura de Franco.

Carmen Barrero, 20 años. Una rosa.

Algunas de ellas eran militantes de las Juventudes Socialistas, y hasta el último segundo de la guerra habían creído que la victoria era posible, que Europa se uniría a ellas para hacer frente a la avanzada fascista que comenzaba a cernirse sobre el continente.

Martina Barroso, 24 años. Dos rosas.

Pero la Historia tenía otros planes. La derrota republicana fue pronto una dolorosa realidad. De todos modos, las chicas decidieron que la lucha no había terminado, y que debía seguir adelante. Ya se vería cómo. Pero se habían jurado que el Generalísimo no la tendría fácil.

Blanca Brisac Vázquez, 29 años. Tres rosas.

El régimen se presentó en todo su macabro esplendor. Durante aquel verano, Madrid vivió en su piel aún herida un infierno de detenciones, torturas y fusilamientos. La propaganda instaba a la delación de cualquiera que se interpusiera -o pretendiera hacerlo- en el camino de los nuevos amos del poder.

Pilar Bueno, 27 años. Cuatro rosas.

Las chicas no tuvieron miedo. Pero los espías pululaban por la ciudad, los pusilámines denunciaban  a destajo, los traidores vendían el alma al diablo. Y los capitostes del caudillo cumplían su función con toda eficacia, y esta era extender sus tentáculos hasta el último rincón donde pudiera anidar un rojo, o una roja.  

Julia Conesa, 19 años. Cinco rosas.

Los encargados de saciar la sed sangrienta de Franco habían tenido en la Gestapo una buena escuela. Las jóvenes lo pudieron comprobar en los centros de detención. La mayoría de ellas conoció allí el maltrato físico y psicológico, la vejación, la tortura. Y también la dimensión de su propia valentía.

Adelina García, 19 años. Seis rosas.

Después vino para ellas el tiempo de la cárcel. La prisión de Ventas había sido construida en 1933 durante la Segunda República. En aquel entonces su primera directora, la sufragista Victoria Kent, se había propuesto hacer de ella un espacio de dignidad y recuperación de seres humanos. Pero ahora el nuevo régimen la había reconvertido en un hacinadero de presas. Eran cuatro mil en un lugar cuya capacidad era de cuatrocientos.

Elena Gil Olaya, 20 años. Siete rosas.

Allí estaban todas. Madres con sus hijos, mujeres hechas y derechas que habían transitado los senderos del sacrificio y habían caído en los abismos del desamparo. Y también muchachas de sangre aún adolescente que desafiaban al desconsuelo y obligaban al optimismo, llenando el patio de la prisión de risas, juegos y cantos. Niñas cuyos corazones temblaban de amor con cada carta que llegaba trayendo las palabras de las madres que resistían y de los novios que seguían peleándola desde cualquier parte.

Virtudes González, 18 años. Ocho rosas.

El 29 de julio, cerca de Talavera de la Reina, tres militantes de las Juventudes pasados a la clandestinidad emboscaron y mataron a Isaac Gabaldón, comandante de la Guardia Civil, inspector de policía militar y encargado del "Archivo de Masonería y Comunismo". También a su hija y a su chofer. Se formó entonces un Consejo de Guerra, y allí fueron a dar casi sesenta “rojos”, la mayoría de ellos ya en prisión al momento del atentado.

Ana López Gallego, 21 años. Nueve rosas.

Las muchachas estaban incluidas en el grupo de los que serían sometidos a juicio sumarísimo. Una farsa siguió entonces a continuación. En menos de lo que canta un gallo, el tribunal decidió que todos eran culpables de rebelión y de intentar reorganizar a las Juventudes. Pecado que sólo podía saldarse con la condena a muerte.

Joaquina López Laffite, 23 años. Diez rosas.

La madrugada del 5 de agosto, cincuenta y siete hombres y trece mujeres fueron conducidos ante los muros del cementerio de la Almudena. Ellas iban cantando:

Somos la joven guardia
que va forjando el porvenir
Nos templó la miseria
sabremos vencer o morir
Quizá el camino hay que regar
con sangre de la juventud…

Dionisia Manzanero, 20 años. Once rosas.

Primero fue el momento de los hombres, cuando aún era de noche. Y cuando el sol comenzaba a alumbrar con rayos pálidos e indiferentes el cielo de Madrid, fue el turno de ellas. Las balas franquistas se tiñeron entonces con esa sangre que había llegado hasta allí cantando su verdad.

Victoria Muñoz, 18 años. Doce rosas.

Lo que vino después fueron cuarenta años de olvido. Cuatro décadas que, como podemos ver hoy, dejaron una herida aún abierta. Pero la derrota no fue total. En algunas conciencias quedó latiendo la memoria. Y la memoria fue entonces al rescate de tanto amor y tanta entrega.

Luisa Rodríguez de la Fuente, 18 años. Trece rosas.

Así fue esta historia, y así la resumió Virtudes: No me matan por criminal. Me matan por una idea que creo justa, y por ella muero. Los de hoy, como aquellos, son aún tiempos de creer en ideas justas y de pelear por ellas, ya no contra dictaduras sino contra poderes que aprendieron a disfrazarse de democráticos. Y que para sus fines instan a la indiferencia y a la desmemoria. Tal vez por eso, quiero rescatar las palabras que Julia escribió a su madre como despedida.

Muero como debe morir una inocente. Que mi nombre no se borre de la historia.

Quédate tranquila, Julia. Descansa en paz con tus hermanas, que no es el olvido lo que te espera. La lucha que iniciaste no se detendrá. Porque tanto en tu España como en mi Sudamérica, hoy somos millones para asegurarnos de que eso no suceda nunca.




jueves, 3 de enero de 2013

Las voces



Entrelazaron sus cuerpos en silencio, mientras a su alrededor el agua cubría el jardín y la calle, arrastrando hojas, cuerpos y tristeza. Un pájaro grande, oscuro e indiferente pasó volando sobre el abrazo. Ella hundió la cabeza en el pecho de él. Él apretó entre sus brazos la soledad de ella. 


En el cielo, ahora heladamente tranquilo, algunas nubes se amontonaron con parsimonia. Ninguno de los dos se atrevió a mirar hacia arriba. El abrazo se hizo más fuerte al tiempo que un viento ciego y sordo los envolvía. Ella tembló. Él apretó los párpados y los labios.


Comenzaron a sentir el frío en las pantorrillas. El nivel del agua subía poco a poco. La fuerza de la corriente crecía casi imperceptiblemente a cada segundo.


El rumor del agua también aumentaba. Ella aún alcanzaba a escuchar el mínimo murmullo de su propia respiración. Él habría podido jurar que era capaz de sentir el martillar de sus propios latidos. Un golpe seco, repentino, inesperado, los estremeció. A la altura del nivel del agua, ya superando las rodillas de él, sintieron la presión de algo pesado apretujándose contra sus cuerpos, empujado a su vez por la correntada. Se sacudieron, gritando callada y desesperadamente, durante segundos interminables. Por fin, lo pesado se desprendió de sus cuerpos y siguió su rumbo aguas abajo. Ella espió a través de un solo ojo apenas entreabierto. Luego gimió, pero no pudo oírse.


La corriente se hizo más fuerte, al tiempo que crecían la debilidad de ambos y la oscuridad del aire. Los brazos de ella ya no abrazaban con firmeza. Las piernas de él comenzaban a vacilar sobre sí mismas. Las únicas palabras que se oían eran las que pronunciaba el agua, que gritaba con miles de voces, alaridos húmedos, risas heladas, susurros enturbiados que recitaban amenazas en sus oídos. Entonces las uñas de ella se clavaron por última vez en la espalda de él antes de soltarse para siempre. Luego su cuerpo se marchó con la corriente, mientras él gritaba palabras que no significaban nada.


domingo, 25 de noviembre de 2012

Bestie, el de los laberintos invisibles


Lo llamaron The Belfast Boy, por su ciudad natal. Y lo llamaron también El Quinto Beatle, por su pelo largo, con flequillo incluido, además de su cara de nene rebelde que se quería hacer el malo y nunca le salía. Sí, seguramente que podría haber sido uno más de la banda de Liverpool (de la que era fanático) aunque según parece jamás en su vida tuvo una guitarra en la mano. Aún así, ¿quién me prohíbe imaginármelo a dúo con Ringo cantando With a little help from my friends

Pero George Best decidió ser otra cosa. Algo que por suerte no tengo que imaginar. Ahí están los videos para mostrarme a un genio suelto, compartiendo época con los Fab Four

Llegó a Inglaterra en 1964 desde la Irlanda del Norte, para jugar en el Manchester United, que había ido a buscar su talento y sus goles. Y si hubo algo que George le dio a los Reds fue talento y goles. Una vez escuché decir que se trataba de un típico exponente de los siete locos, esos wines que llenaban la derecha de la cancha de gambetas y locuras. Sin dudas, bien merecido tiene su lugar en la cofradía de Garrincha y del Hueso Houseman, porque al igual que ellos George jugaba de siete y estaba loco y, al igual que Mané y que René, hacía desparramos. Tan loco estaba, que de pronto se aburría de la raya de cal y se iba a jugar de cualquier otra cosa en cualquier parte del campo. Take it easy, los desparramos los seguía haciendo igual. Por derecha, por izquierda o por el medio, con los pies, con la cintura o con la cabeza. 

Nunca supe por qué al hermoso estadio de Old Trafford, donde los Reds juegan de locales, lo llaman El Teatro de los Sueños. Si alguien lo sabe, tenga la delicadeza de no informarme erudita e insensiblemente que esto no haya tenido que algo ver con Bestie. Sí, mejor déjenme pensar que ese nombre tiene su motivo en ese flacucho que usaba la camiseta fuera y las medias bajas, que encerraba a la pelota entre sus piernas delgadas y la llevaba a velocidad de relámpago, que enganchaba cortito quebrando las caderas y enloqueciendo zagueros mientras la pelota se dejaba acunar entre esos pies alados que de pronto la hacían correr por el pasto, feliz y enamorada a fuerza de caricias, para luego mandarla a volar, también feliz, también enamorada, en busca de la red. 

El Manchester United de 1968, que fue campeón de Europa, tenía en sus filas a un Lord, que era el gran Bobby Charlton; y tenía un criminal, que era el desdentado Nobby Stiles. Como en todo buen equipo, hacía falta este para destruir y aquel para pensar. Pero si querés que tu buen equipo sea una leyenda, entonces para eso tenés que tener uno como George Best, uno que haga de wing, de mago, de enganche, de artista, de goleador, de bailarín. De loco.

Y mientras en Old Trafford los sueños de todos los hinchas del United se hacían realidad al conjuro de los botines del irlandés más famoso, afuera la vida era una fiesta. Al winger melenudo le gustaba meter goles y ridiculizar defensas, pero también le gustaban mucho las chicas, y a las chicas les gustaba él. Y también le gustaban los bares. “Yo no salgo de casa con intención de emborracharme. Simplemente sucede”. Salía de jugar y se iba a chupar por ahí. Y no había más remedio que perdonarle esas patinadas, porque en la cancha seguía dibujando arabescos e inflando redes. Además, seamos justos, no toda la culpa era de él. “Cada vez que llego a un lugar, hay setenta personas que me invitan a beber”, explicaba. “Y yo no sé decir que no”. No iba a ser el gran George el que desairara a un colega de copas. Eso no lo hace un caballero, señores.

En 1974 su campaña en el United llegó al final. Habían sido años llenos de gloria, y también con algunos problemas. El chico de Belfast se fue en silencio a seguir fabricando sueños en otros países y con otras camisetas. Y como la vida tiene eso, llegó el momento en que la nostalgia empezó a llenarle la boca de ese sabor que es a la vez dulce y amargo, cuando se mira para atrás y se encuentra un pasado lleno de momentos que ya no van a volver. George tenía siempre una sonrisa para los recuerdos buenos, que eran muchos, pero también para los más duros. Por ejemplo: “En 1969 dejé de beber. Fueron los peores veinte minutos de mi vida”. 

La rueda continuó su camino algún tiempo más, por distintos países. El flaquito pelilargo que alguna vez había hecho hervir la sangre de todo Manchester anduvo jugando en Escocia, en la Irlanda católica, en Estados Unidos. La magia seguía estando, el físico empezaba a no acompañar. En 1984, diez años después de haber dejado a los Reds, Bestie decidió cerrar la fábrica de sueños para siempre. Vino una nueva vida, con su día después, con un par matrimonios, con hijos, con más problemas, con alguna entrada a la cárcel. Los años seguían llegando sin pedir permiso, George continuaba en las andadas y entonces vino un momento en que el hígado le pidió jubilación y reemplazo. Siguió adelante, su salud empeoró. El 3 de Octubre de 2005 ingresó al hospital Cromwell, en Londres, con una infección renal. Y cuando salió el sol del 25 de Noviembre, el Belfast Boy cerró los ojos y se llevó sus gambetas al cielo de los locos (que es el cielo al que me gustaría ir).

Bueno, espero que les haya gustado conocer a George Best. Alguna vez soñó con una selección de Irlanda unida. Alguna vez dijo “Gasté la mitad de mi dinero en alcohol y mujeres, el resto lo despilfarré”. Y alguna vez, hace mucho tiempo en Old Trafford, supo llenar el aire de laberintos invisibles.  





miércoles, 17 de octubre de 2012

La flor de Jinotepe

No se puede hacer una revolución sin mujeres.

Por eso, en aquellos años en Nicaragua vivieron y murieron Luisa Amanda Espinoza, Blanca Arauz, María Castil, Claudia Chamorro, Mildred Abaunza...

Por eso también vivió y murió Arlen Siu, saeta de mil colores, mariposa clandestina.

Fue ella la que les hizo entender a todos que sin mujeres no habría revolución. Y vaya si la entendieron.

Papá Siu Lau había venido de China, donde había peleado con el Ejército Comunista Revolucionario, y en Nicaragua había conocido a mamá Rubia Bermúdez, que se llamaba Rubia aunque era más bien morocha. Entonces, en 1955 nació Arlen, y desde el primer momento fue para siempre la chinita de Jinotepe, su pueblo natal.

Arlen era feliz cuando tenía en las manos su guitarra, su acordeón, o su flauta. También lo era cantando, escribiendo o pintando. Y más feliz aún era cuando dejaba todo para marchar en misiones de alfabetización a las localidades rurales de Carazo, su provincia. 

Fue entonces cuando conoció de cerca la pobreza y el desamparo, cuando vio de frente la cara impiadosa de la dictadura somocista. Y escribió María Rural, su inmortal poema hecho de palabras simples y de lágrimas. Después, tomó la guitarra y lo convirtió en canción.

En 1972 un terremoto se tragó a Managua. Devastados miles de hogares, desbordados los hospitales de todo el país, la provincia de Carazo acogió a una multitud de refugiados. La niña mitad china y mitad nicaragüense se instaló en el albergue y se dio a los heridos en cuerpo y alma. Como lo había hecho siempre, desde cuando para la Navidad o el día de las madres se iba por los barrios juntando ropa usada y alimentos para las familias más pobres, que eran siempre muchas.

¿Dónde está Arlen, donde está su hija? preguntaron un día los vecinos a mamá Rubia. Faltaban en las calles de Jinotepe la muchacha hermosa y muchos de los gorriones jóvenes. La chinita se había hecho una soldadera del Frente Sandinista, y con ella varios de sus amigos. Se había ido a la montaña llevando a la espalda su guitarra, para cantar las injusticias, los crímenes y el dolor sin edad de Nicaragua; y su fusil, para luchar contra el interminable Somoza y por una revolución a la que desde entonces pertenecería por siempre. 

Estaban en una escuela de entrenamiento en El Sauce, cuando supieron que se aproximaban los asesinos de la Guardia Nacional. Caen por sorpresa y no hay tiempo para nada, más que para resistir a balazos hasta donde se pueda. Arlen es herida y toma su última decisión. "Yo aquí me quedo cuidando la retaguardia, escapen ustedes". Y se quedó para siempre en la montaña donde, dicen, hoy nace un arroyo que viene cada tanto a cantarle. Me gusta imaginar que todos los días la niña y el manantial cantan juntos a la nueva Nicaragua nacida de tanto dolor.

Arlen tenía 20 años como los tenía Rugama, que la había antecedido como poeta y como soldado. Hoy es bandera y es memoria.

Arlen Siu. Saeta de mil colores, mariposa clandestina.