miércoles, 6 de marzo de 2013

Las trece rosas

Yo vivo en el país del olvido, lo sé muy bien y lo compruebo a diario. Por eso hoy quise traer una historia que viene de otro país que, en ese sentido, es muy parecido al mío.
Esta es la historia de las trece rosas de España. Las trece muchachas que, el 5 de agosto de 1939, derramaron la sangre inaugural de la dictadura de Franco.

Carmen Barrero, 20 años. Una rosa.

Algunas de ellas eran militantes de las Juventudes Socialistas, y hasta el último segundo de la guerra habían creído que la victoria era posible, que Europa se uniría a ellas para hacer frente a la avanzada fascista que comenzaba a cernirse sobre el continente.

Martina Barroso, 24 años. Dos rosas.

Pero la Historia tenía otros planes. La derrota republicana fue pronto una dolorosa realidad. De todos modos, las chicas decidieron que la lucha no había terminado, y que debía seguir adelante. Ya se vería cómo. Pero se habían jurado que el Generalísimo no la tendría fácil.

Blanca Brisac Vázquez, 29 años. Tres rosas.

El régimen se presentó en todo su macabro esplendor. Durante aquel verano, Madrid vivió en su piel aún herida un infierno de detenciones, torturas y fusilamientos. La propaganda instaba a la delación de cualquiera que se interpusiera -o pretendiera hacerlo- en el camino de los nuevos amos del poder.

Pilar Bueno, 27 años. Cuatro rosas.

Las chicas no tuvieron miedo. Pero los espías pululaban por la ciudad, los pusilámines denunciaban  a destajo, los traidores vendían el alma al diablo. Y los capitostes del caudillo cumplían su función con toda eficacia, y esta era extender sus tentáculos hasta el último rincón donde pudiera anidar un rojo, o una roja.  

Julia Conesa, 19 años. Cinco rosas.

Los encargados de saciar la sed sangrienta de Franco habían tenido en la Gestapo una buena escuela. Las jóvenes lo pudieron comprobar en los centros de detención. La mayoría de ellas conoció allí el maltrato físico y psicológico, la vejación, la tortura. Y también la dimensión de su propia valentía.

Adelina García, 19 años. Seis rosas.

Después vino para ellas el tiempo de la cárcel. La prisión de Ventas había sido construida en 1933 durante la Segunda República. En aquel entonces su primera directora, la sufragista Victoria Kent, se había propuesto hacer de ella un espacio de dignidad y recuperación de seres humanos. Pero ahora el nuevo régimen la había reconvertido en un hacinadero de presas. Eran cuatro mil en un lugar cuya capacidad era de cuatrocientos.

Elena Gil Olaya, 20 años. Siete rosas.

Allí estaban todas. Madres con sus hijos, mujeres hechas y derechas que habían transitado los senderos del sacrificio y habían caído en los abismos del desamparo. Y también muchachas de sangre aún adolescente que desafiaban al desconsuelo y obligaban al optimismo, llenando el patio de la prisión de risas, juegos y cantos. Niñas cuyos corazones temblaban de amor con cada carta que llegaba trayendo las palabras de las madres que resistían y de los novios que seguían peleándola desde cualquier parte.

Virtudes González, 18 años. Ocho rosas.

El 29 de julio, cerca de Talavera de la Reina, tres militantes de las Juventudes pasados a la clandestinidad emboscaron y mataron a Isaac Gabaldón, comandante de la Guardia Civil, inspector de policía militar y encargado del "Archivo de Masonería y Comunismo". También a su hija y a su chofer. Se formó entonces un Consejo de Guerra, y allí fueron a dar casi sesenta “rojos”, la mayoría de ellos ya en prisión al momento del atentado.

Ana López Gallego, 21 años. Nueve rosas.

Las muchachas estaban incluidas en el grupo de los que serían sometidos a juicio sumarísimo. Una farsa siguió entonces a continuación. En menos de lo que canta un gallo, el tribunal decidió que todos eran culpables de rebelión y de intentar reorganizar a las Juventudes. Pecado que sólo podía saldarse con la condena a muerte.

Joaquina López Laffite, 23 años. Diez rosas.

La madrugada del 5 de agosto, cincuenta y siete hombres y trece mujeres fueron conducidos ante los muros del cementerio de la Almudena. Ellas iban cantando:

Somos la joven guardia
que va forjando el porvenir
Nos templó la miseria
sabremos vencer o morir
Quizá el camino hay que regar
con sangre de la juventud…

Dionisia Manzanero, 20 años. Once rosas.

Primero fue el momento de los hombres, cuando aún era de noche. Y cuando el sol comenzaba a alumbrar con rayos pálidos e indiferentes el cielo de Madrid, fue el turno de ellas. Las balas franquistas se tiñeron entonces con esa sangre que había llegado hasta allí cantando su verdad.

Victoria Muñoz, 18 años. Doce rosas.

Lo que vino después fueron cuarenta años de olvido. Cuatro décadas que, como podemos ver hoy, dejaron una herida aún abierta. Pero la derrota no fue total. En algunas conciencias quedó latiendo la memoria. Y la memoria fue entonces al rescate de tanto amor y tanta entrega.

Luisa Rodríguez de la Fuente, 18 años. Trece rosas.

Así fue esta historia, y así la resumió Virtudes: No me matan por criminal. Me matan por una idea que creo justa, y por ella muero. Los de hoy, como aquellos, son aún tiempos de creer en ideas justas y de pelear por ellas, ya no contra dictaduras sino contra poderes que aprendieron a disfrazarse de democráticos. Y que para sus fines instan a la indiferencia y a la desmemoria. Tal vez por eso, quiero rescatar las palabras que Julia escribió a su madre como despedida.

Muero como debe morir una inocente. Que mi nombre no se borre de la historia.

Quédate tranquila, Julia. Descansa en paz con tus hermanas, que no es el olvido lo que te espera. La lucha que iniciaste no se detendrá. Porque tanto en tu España como en mi Sudamérica, hoy somos millones para asegurarnos de que eso no suceda nunca.




jueves, 3 de enero de 2013

Las voces



Entrelazaron sus cuerpos en silencio, mientras a su alrededor el agua cubría el jardín y la calle, arrastrando hojas, cuerpos y tristeza. Un pájaro grande, oscuro e indiferente pasó volando sobre el abrazo. Ella hundió la cabeza en el pecho de él. Él apretó entre sus brazos la soledad de ella. 


En el cielo, ahora heladamente tranquilo, algunas nubes se amontonaron con parsimonia. Ninguno de los dos se atrevió a mirar hacia arriba. El abrazo se hizo más fuerte al tiempo que un viento ciego y sordo los envolvía. Ella tembló. Él apretó los párpados y los labios.


Comenzaron a sentir el frío en las pantorrillas. El nivel del agua subía poco a poco. La fuerza de la corriente crecía casi imperceptiblemente a cada segundo.


El rumor del agua también aumentaba. Ella aún alcanzaba a escuchar el mínimo murmullo de su propia respiración. Él habría podido jurar que era capaz de sentir el martillar de sus propios latidos. Un golpe seco, repentino, inesperado, los estremeció. A la altura del nivel del agua, ya superando las rodillas de él, sintieron la presión de algo pesado apretujándose contra sus cuerpos, empujado a su vez por la correntada. Se sacudieron, gritando callada y desesperadamente, durante segundos interminables. Por fin, lo pesado se desprendió de sus cuerpos y siguió su rumbo aguas abajo. Ella espió a través de un solo ojo apenas entreabierto. Luego gimió, pero no pudo oírse.


La corriente se hizo más fuerte, al tiempo que crecían la debilidad de ambos y la oscuridad del aire. Los brazos de ella ya no abrazaban con firmeza. Las piernas de él comenzaban a vacilar sobre sí mismas. Las únicas palabras que se oían eran las que pronunciaba el agua, que gritaba con miles de voces, alaridos húmedos, risas heladas, susurros enturbiados que recitaban amenazas en sus oídos. Entonces las uñas de ella se clavaron por última vez en la espalda de él antes de soltarse para siempre. Luego su cuerpo se marchó con la corriente, mientras él gritaba palabras que no significaban nada.


domingo, 25 de noviembre de 2012

Bestie, el de los laberintos invisibles


Lo llamaron The Belfast Boy, por su ciudad natal. Y lo llamaron también El Quinto Beatle, por su pelo largo, con flequillo incluido, además de su cara de nene rebelde que se quería hacer el malo y nunca le salía. Sí, seguramente que podría haber sido uno más de la banda de Liverpool (de la que era fanático) aunque según parece jamás en su vida tuvo una guitarra en la mano. Aún así, ¿quién me prohíbe imaginármelo a dúo con Ringo cantando With a little help from my friends

Pero George Best decidió ser otra cosa. Algo que por suerte no tengo que imaginar. Ahí están los videos para mostrarme a un genio suelto, compartiendo época con los Fab Four

Llegó a Inglaterra en 1964 desde la Irlanda del Norte, para jugar en el Manchester United, que había ido a buscar su talento y sus goles. Y si hubo algo que George le dio a los Reds fue talento y goles. Una vez escuché decir que se trataba de un típico exponente de los siete locos, esos wines que llenaban la derecha de la cancha de gambetas y locuras. Sin dudas, bien merecido tiene su lugar en la cofradía de Garrincha y del Hueso Houseman, porque al igual que ellos George jugaba de siete y estaba loco y, al igual que Mané y que René, hacía desparramos. Tan loco estaba, que de pronto se aburría de la raya de cal y se iba a jugar de cualquier otra cosa en cualquier parte del campo. Take it easy, los desparramos los seguía haciendo igual. Por derecha, por izquierda o por el medio, con los pies, con la cintura o con la cabeza. 

Nunca supe por qué al hermoso estadio de Old Trafford, donde los Reds juegan de locales, lo llaman El Teatro de los Sueños. Si alguien lo sabe, tenga la delicadeza de no informarme erudita e insensiblemente que esto no haya tenido que algo ver con Bestie. Sí, mejor déjenme pensar que ese nombre tiene su motivo en ese flacucho que usaba la camiseta fuera y las medias bajas, que encerraba a la pelota entre sus piernas delgadas y la llevaba a velocidad de relámpago, que enganchaba cortito quebrando las caderas y enloqueciendo zagueros mientras la pelota se dejaba acunar entre esos pies alados que de pronto la hacían correr por el pasto, feliz y enamorada a fuerza de caricias, para luego mandarla a volar, también feliz, también enamorada, en busca de la red. 

El Manchester United de 1968, que fue campeón de Europa, tenía en sus filas a un Lord, que era el gran Bobby Charlton; y tenía un criminal, que era el desdentado Nobby Stiles. Como en todo buen equipo, hacía falta este para destruir y aquel para pensar. Pero si querés que tu buen equipo sea una leyenda, entonces para eso tenés que tener uno como George Best, uno que haga de wing, de mago, de enganche, de artista, de goleador, de bailarín. De loco.

Y mientras en Old Trafford los sueños de todos los hinchas del United se hacían realidad al conjuro de los botines del irlandés más famoso, afuera la vida era una fiesta. Al winger melenudo le gustaba meter goles y ridiculizar defensas, pero también le gustaban mucho las chicas, y a las chicas les gustaba él. Y también le gustaban los bares. “Yo no salgo de casa con intención de emborracharme. Simplemente sucede”. Salía de jugar y se iba a chupar por ahí. Y no había más remedio que perdonarle esas patinadas, porque en la cancha seguía dibujando arabescos e inflando redes. Además, seamos justos, no toda la culpa era de él. “Cada vez que llego a un lugar, hay setenta personas que me invitan a beber”, explicaba. “Y yo no sé decir que no”. No iba a ser el gran George el que desairara a un colega de copas. Eso no lo hace un caballero, señores.

En 1974 su campaña en el United llegó al final. Habían sido años llenos de gloria, y también con algunos problemas. El chico de Belfast se fue en silencio a seguir fabricando sueños en otros países y con otras camisetas. Y como la vida tiene eso, llegó el momento en que la nostalgia empezó a llenarle la boca de ese sabor que es a la vez dulce y amargo, cuando se mira para atrás y se encuentra un pasado lleno de momentos que ya no van a volver. George tenía siempre una sonrisa para los recuerdos buenos, que eran muchos, pero también para los más duros. Por ejemplo: “En 1969 dejé de beber. Fueron los peores veinte minutos de mi vida”. 

La rueda continuó su camino algún tiempo más, por distintos países. El flaquito pelilargo que alguna vez había hecho hervir la sangre de todo Manchester anduvo jugando en Escocia, en la Irlanda católica, en Estados Unidos. La magia seguía estando, el físico empezaba a no acompañar. En 1984, diez años después de haber dejado a los Reds, Bestie decidió cerrar la fábrica de sueños para siempre. Vino una nueva vida, con su día después, con un par matrimonios, con hijos, con más problemas, con alguna entrada a la cárcel. Los años seguían llegando sin pedir permiso, George continuaba en las andadas y entonces vino un momento en que el hígado le pidió jubilación y reemplazo. Siguió adelante, su salud empeoró. El 3 de Octubre de 2005 ingresó al hospital Cromwell, en Londres, con una infección renal. Y cuando salió el sol del 25 de Noviembre, el Belfast Boy cerró los ojos y se llevó sus gambetas al cielo de los locos (que es el cielo al que me gustaría ir).

Bueno, espero que les haya gustado conocer a George Best. Alguna vez soñó con una selección de Irlanda unida. Alguna vez dijo “Gasté la mitad de mi dinero en alcohol y mujeres, el resto lo despilfarré”. Y alguna vez, hace mucho tiempo en Old Trafford, supo llenar el aire de laberintos invisibles.  





miércoles, 17 de octubre de 2012

La flor de Jinotepe

No se puede hacer una revolución sin mujeres.

Por eso, en aquellos años en Nicaragua vivieron y murieron Luisa Amanda Espinoza, Blanca Arauz, María Castil, Claudia Chamorro, Mildred Abaunza...

Por eso también vivió y murió Arlen Siu, saeta de mil colores, mariposa clandestina.

Fue ella la que les hizo entender a todos que sin mujeres no habría revolución. Y vaya si la entendieron.

Papá Siu Lau había venido de China, donde había peleado con el Ejército Comunista Revolucionario, y en Nicaragua había conocido a mamá Rubia Bermúdez, que se llamaba Rubia aunque era más bien morocha. Entonces, en 1955 nació Arlen, y desde el primer momento fue para siempre la chinita de Jinotepe, su pueblo natal.

Arlen era feliz cuando tenía en las manos su guitarra, su acordeón, o su flauta. También lo era cantando, escribiendo o pintando. Y más feliz aún era cuando dejaba todo para marchar en misiones de alfabetización a las localidades rurales de Carazo, su provincia. 

Fue entonces cuando conoció de cerca la pobreza y el desamparo, cuando vio de frente la cara impiadosa de la dictadura somocista. Y escribió María Rural, su inmortal poema hecho de palabras simples y de lágrimas. Después, tomó la guitarra y lo convirtió en canción.

En 1972 un terremoto se tragó a Managua. Devastados miles de hogares, desbordados los hospitales de todo el país, la provincia de Carazo acogió a una multitud de refugiados. La niña mitad china y mitad nicaragüense se instaló en el albergue y se dio a los heridos en cuerpo y alma. Como lo había hecho siempre, desde cuando para la Navidad o el día de las madres se iba por los barrios juntando ropa usada y alimentos para las familias más pobres, que eran siempre muchas.

¿Dónde está Arlen, donde está su hija? preguntaron un día los vecinos a mamá Rubia. Faltaban en las calles de Jinotepe la muchacha hermosa y muchos de los gorriones jóvenes. La chinita se había hecho una soldadera del Frente Sandinista, y con ella varios de sus amigos. Se había ido a la montaña llevando a la espalda su guitarra, para cantar las injusticias, los crímenes y el dolor sin edad de Nicaragua; y su fusil, para luchar contra el interminable Somoza y por una revolución a la que desde entonces pertenecería por siempre. 

Estaban en una escuela de entrenamiento en El Sauce, cuando supieron que se aproximaban los asesinos de la Guardia Nacional. Caen por sorpresa y no hay tiempo para nada, más que para resistir a balazos hasta donde se pueda. Arlen es herida y toma su última decisión. "Yo aquí me quedo cuidando la retaguardia, escapen ustedes". Y se quedó para siempre en la montaña donde, dicen, hoy nace un arroyo que viene cada tanto a cantarle. Me gusta imaginar que todos los días la niña y el manantial cantan juntos a la nueva Nicaragua nacida de tanto dolor.

Arlen tenía 20 años como los tenía Rugama, que la había antecedido como poeta y como soldado. Hoy es bandera y es memoria.

Arlen Siu. Saeta de mil colores, mariposa clandestina. 



martes, 5 de junio de 2012

El León del desierto


-No supliques, hijo-

Omar Mukhtar miró profundamente y sin odio a su joven captor. Este bajó la vista, sin palabras ante la majestuosidad del hombre de setenta y dos años que se había puesto en pie con enorme esfuerzo tras ser derribado de su caballo, cuando huía de las tropas italianas que habían emboscado y dispersado a su grupo de muyahidines. En seguida llegó el grueso de la fuerza de choque y el viejo guerrero fue desarmado y cargado de cadenas. Atrás quedaron veinte años de lucha inclaudicable.

Mucho antes, en 1911, mientras el mundo marchaba sin remedio hacia la primera gran tragedia del siglo veinte, el Reino de Italia -que se había quedado sin nada tras el reparto colonial de África establecido en la Conferencia de Berlín de 1884- comenzó a soñar con la restauración de las viejas glorias del Imperio Romano. Al mando del almirante Cappo Farafelli, la flota de la Regia Marina ocupó entonces las costas cercanas a Trípoli y a Bengasi, del otro lado del Mediterráneo. Los turcos otomanos, dueños de esos territorios, no reaccionaron. Y de este modo las regiones de Tripolitania y Cirenaica, que hoy conforman Libia, pasaron a manos italianas.

Pero el anhelo de reconstruir el imperio no se cumpliría jamás. El principal responsable de esto fue un hombre llamado Omar Mukhtar.

Había nacido en una pequeña aldea llamada Janzour, y era poeta y también maestro. Todas las tardes, los niños sentados en el suelo a su alrededor aprendían de sus lecturas del Corán y se imbuían del amor a su tierra y su cultura. Cuando llegaron los invasores, Omar se dedicó a organizar a los grupos de guerrilleros rebeldes que por veinte años le hicieron la vida imposible a los distintos gobernadores italianos que Roma despachaba año tras año. Ocurría que aquellos beduinos desharrapados estaban conducidos por un maestro de la estrategia. Planificaban y ejecutaban cuidadosamente los ataques a los puestos de avanzada, emboscaban a las tropas enemigas y destruían las líneas de abastecimiento. Cumplida la misión, se desvanecían como fantasmas en el desierto en el cual los enemigos no se atrevían a aventurarse. Tras la sensacional victoria en la batalla de Ghartabiyyah, en 1915, miles de libios se unieron a Omar dispuestos a vencer o morir por devolver la libertad a su país. Y muchos más, en las numerosas aldeas de las montañas, le brindaban refugio y alimento en el camino y a la vuelta de sus incursiones. El gobierno invasor decidió entonces castigar con rigor a los pueblos que colaboraran con el bandido incorregible. Las redadas y fusilamientos estaban a la orden del día, pero todo era en vano. Omar Mukhtar y sus soldados continuaron la lucha sin dar ni pedir tregua, rechazando cualquier propuesta de paz indigna. Era vencer o morir.

En 1929 Mussolini perdió la paciencia. Era absurdo e inaceptable que después de casi dos décadas un ejército moderno no pudiera acabar con una banda de desesperados montados a caballo y mandados por un viejo. Llamó entonces al más sanguinario de sus generales, Rodolfo Graziani, el carnicero de Fezzan, y le dio carta blanca para que pusiera fin a tamaña insolencia. Este llegó a Bengasi dispuesto a romperle el cuello al elusivo e implacable enemigo. Su primera medida fue mandar al desierto una poderosa fuerza de choque a cargo del mayor Tomelli, que se lanzó a perseguir furiosamente a los rebeldes. Fue un desastre. Una emboscada magistralmente planificada por Omar acabó con Tomelli y todo su escuadrón motorizado cayendo a manos de los fusiles muyahidines. El teniente Sandrini, único sobreviviente del descalabro, aguardó resignadamente su destino. Sabía lo que le correspondía como enemigo. Pero Omar simplemente se acercó a él con la bandera italiana que sus hombres acababan de capturar como trofeo.

-Nosotros no matamos prisioneros. Toma tu bandera, para que se la lleves a tu general-

Y volviéndose hacia sus hombres, les dijo:

-Ellos no son nuestros maestros-

Graziani no descansó desde entonces. Hizo venir de Italia miles de soldados y decenas de tanques y aviones para pulverizar a los jinetes guerrilleros de Omar. Cañoneó impiadosamente las aldeas y las montañas adonde sus enemigos pudieran refugiarse. Pero todo fue en vano. Los muyahidines se burlaban de toda lógica, atacando cuando y donde menos se los esperaba, emboscando de las maneras más insólitas, no repitiendo nunca sus tácticas, esfumándose sin dejar rastro. ¿Cómo se hacía para luchar contra un enemigo así?

Entonces, el Carnicero sembró el desierto con enormes campos de concentración adonde casi cien mil libios fueron confinados, condenados a morir de hambre y sed, fusilados o ahorcados. Allí fueron a parar pueblos enteros. Todo aquel que fuera sospechado de colaborar con los guerrilleros -hombre o mujer, niño o viejo- pagó con su vida el apoyo a la causa de la libertad y la independencia. Pero aún no alcanzaba para torcerle el brazo al duro guerrero, y entonces Graziani ordenó levantar un gigantesco muro de alambre de espino a lo largo de toda la frontera que unía Cirenaica con Egipto. De este modo logró frenar la asistencia material que los vecinos egipcios brindaban a Omar Mukhtar. Desprovistos de alimento y municiones, los beduinos desharrapados resistieron hasta el final. El 11 de setiembre de 1931 Omar, enfermo y debilitado, fue derribado de su caballo por una ráfaga enemiga mientras intentaba escapar de una emboscada cerca de la ciudad de Zaltan. Fue encadenado y llevado hasta Bengasi, donde Graziani decidiría su suerte. Y a pesar del maltrato y la humillación a que fue sometido, mantuvo hasta el final la serenidad de los que se hacen cargo de su destino. Un grotesco simulacro de juicio por alta traición acabó con la condena a morir ahorcado. Omar recibió la sentencia con la frente alta.

-De Dios venimos, y a Dios regresamos-

Finalmente, el 16 de setiembre de 1931 el maestro de Janzour, la pesadilla del ejército fascista, subió serenamente al cadalso. Allí pronunció sus últimas palabras.

-Gracias, Señor, por permitirme morir a manos de mis enemigos. Sobreviviré a mi verdugo-

Entonces le rodearon el cuello con la cuerda. Y el llanto del pueblo libio acunó la partida del viejo luchador.

Maestro, poeta, guerrero y héroe. Ese fue Omar Mukthar, el león del desierto. Y tal como él lo profetizó al pie de la horca, su recuerdo sobrevivió al de aquel que fuera su verdugo. Por eso aún hoy, en la noche profunda y misteriosa de Libia, el viento del Sahara parece murmurar sus palabras inmortales:

-No nos rendimos. Vencemos, o morimos-



viernes, 18 de mayo de 2012

Un olvido feliz de Galeano


Sobre mi mesa, mientras escribo, hay ahora varios libros. Soy portador malsano de esa extraña enfermedad que afecta a muchos adictos a la lectura y cuyo único síntoma es descripto como una necesidad absurda de llevar la cuenta de varios libros a la vez. Hasta cinco, en casos graves como el mío y, lo que empeora aún más el diagnóstico, en mixtura caótica de volúmenes que acometo por primera vez en mi vida con otros que vuelvo a repasar sin señales de hartazgo a la vista. Es que -admitamos- hay libros que tienen la virtud de convertirse, aún devorados una y otra vez, en una especie de insulina de la cual ya no se puede prescindir. Pasa con clásicos y pasa con best-sellers, con libros de cuentos y con historias de ciencia ficción, con recopilaciones de historietas y con novelas de autores dudosos. Y también con otros que no pueden clasficarse en ninguna categoría. Cada tanto, alguno de ellos me vuelve a invocar aunque sólo sea para invitarme a gozar una vez más con la lectura de un párrafo cualquiera que casi seguramente sé de memoria. Absolutamente ilógico, por supuesto, pero placenteramente inevitable. Descripta y explicada mi enfermedad, se entenderá por qué es que de vez en cuando siento la compulsión de bajar del estante “El fútbol a sol y sombra”, de Eduardo Galeano, libro que ya leí no menos de cinco veces en mi vida.

Un verdadero deleite, como pasa con todas las creaciones del maestro, que explica a la perfección la ideología futbolera de este uruguayo hincha de Nacional de Montevideo. La pasión por la estética, la debilidad por los jugadores talentosos, el amor por el sentido lúdico de la actividad, tan grande e incondicional como la repulsión por su degeneración en negocio millonario y corrupto. Galeano se solaza en mostrarnos la doble cara del éxtasis triunfal tras el cual aguarda la oscuridad de la derrota. El fútbol que rescata de la muerte y que lleva a ella. El que enseña de moral al joven arquero Albert Camus y el que monta la plataforma publicitaria de dictaduras atroces. Que desata guerras como la de Honduras y El Salvador, y las detiene como la de Nigeria y Biafra. Que tan pronto desdibuja las discordias raciales como luego vuelve a resaltarlas con cínica crueldad. Y durante ese mágico recorrido volvemos a ver jugar a Uwe Seeler, a Garrincha, a Johann Cruyff, al Charro Moreno, a un cebollita de doce años llamado Diego Maradona. Metemos un gol en la final del Mundial junto a Gerd Müller, y en la misma página o en otra el Che nos ataja un histórico penal en un potrero brasileño y amazónico. Nos rompemos la rodilla para hacernos escultores, como Eduardo Chillida, y morimos en silencio el olvido solitario de Moacyr Barbosa. 

Siempre me sorprendió que entre tantas maravillosas evocaciones de ese libro faltaran un par de nombres sobre los que sin dudas don Eduardo tendría mucha cosa linda para decir. Simple olvido, seguramente, pero que me brinda una magnífica excusa para escribir un par de artículos. Uno, que a lo mejor vendrá más adelante, para un bohemio increíblemente talentoso que encandiló en los sesenta: George Best, aquel de “Gasté la mitad de mi dinero en alcohol y mujeres, a la otra mitad la despilfarré”; y el otro, que viene ahora, para Mathias Sindelar, el bailarín de papel.


Para ello, volvamos atrás. Época difícil la de los treinta, con Europa a punto de romper el hervor del caldero puesto al fuego en Versailles. Y el fútbol, claro, dando vueltas por ahí. Mussolini se propone organizar un Mundial, lo consigue y da una orden simple: Italia, su Italia fascista, deberá ser campeona, como sea. Es posible, desde ya. El equipo italiano es potente y será local. Pero saben que no será fácil. Y una de las razones para tener dudas se llama Wunderteam, el Equipo Maravilla. Es la selección austríaca forjada por Hugo Meisl, aquel entrenador que hacía del buen juego una premisa fundamental, al punto de decir que “antes que incluir a un torpe en el equipo, prefiero jugar con diez”. No había lugar para picapiedras ni para rústicos en aquel conjunto glorioso. Mientras en la mayoría de los países se había impuesto desde siempre la escuela inglesa fundamentada en el pelotazo y la carga, Meisl había sido educado por el técnico escocés Jimmy Hogan, quien le había inculcado la impronta de su tierra, basada en la habilidad, el toque y el pase corto. Esta influencia se extendería luego desde Austria a los países cercanos, como Hungría y Checoslovaquia, surgiendo así la escuela del “exquisito fútbol del Danubio”. De aquellos míticos equipos de los treinta, la Austria de Meisl fue la mejor, logrando su pico de éxitos entre el 31 y el 35, período durante el cual hicieron hocicar a todas las potencias europeas de entonces. Aquellos hombres que flotaban sobre el césped y trenzaban combinaciones de perfección geométrica no pudieron, sin embargo, ser campeones. En las semifinales del Mundial del 34 chocaron contra Italia, la dueña de casa, el equipo que no podía perder de ningún modo. Un gol del argentino Enrique Guaita, el piso embarrado del San Siro, que conspiró contra la filigrana austríaca, y la permisividad del árbitro para con la rudeza peninsular acabaron con el sueño. Sin embargo, el recuerdo del Wunderteam habría de sobrevivir a esta caída. Y muy especialemente, el de quien fuera el alma de aquel equipo.


 
Así es, no sería el olvido lo que la historia le reservaría a quien, conocido como “El Mozart del fútbol”, era entonces el mejor del mundo en su puesto, que era el de delantero central. Alto y extremadamente delgado, su figura parecía quebradiza a simple vista y recordaba a un hombre de papel, de allí el primero de sus apodos. Eso era, un papel al que el viento llevaba y que con gracia de bailarín se escabullía de los defensores más recios y no se detenía sino hasta el gol. Era el cerebro, el violín prinicipal de la orquesta de Meisl, que lo amaba como toda Austria. Fue él quien guió a sus compañeros a aquellos triunfos que hicieron historia. La madurez lo encontró talentoso como siempre, brillante como nunca. Y tras la decepción del Mundial 1934, a la vuelta del tiempo le aguardaban dos golpes durísimos: La muerte de su maestro Hugo Meisl en 1937; y el Anschluss, la anexión de su patria por parte del III Reich en 1938. Austria dejó de existir como país y el seleccionado nacional perdió el derecho de participar en el Mundial previsto para ese año en Francia. Pero aquella sinfónica aún tenía un último concierto para ofrecer, y lo hizo precisamente en un encuentro ante la selección de Alemania, organizado para celebrar la anexión. Austria venció por dos a cero; y fue Mathias -no podía ser otro- el encargado de anotar el segundo gol, el último de su vida, y de festejarlo en las mismas narices de los jerarcas nazis que ocupaban el palco. Los jugadores austríacos fueron, más tarde, forzados a incorporarse a la escuadra nacional alemana. Era eso o abandonar el país. Pero Mozart, que fue un campeón dentro de las canchas y más campeón aún fuera de ellas, no hizo ni lo uno ni lo otro, y entonces fue el fin. La persecución se abatió sobre él, acusado por la Gestapo de no acudir a las manifestaciones del Partido y de tener simpatía por los judíos. De hecho, Camila -su novia de toda la vida- lo era. El 22 de enero del 39, ambos fueron encontrados muertos en su departamento. La causa: inhalación de monóxido de carbono. Oficialmente, suicidio. Algunas versiones hablaron de accidente, otras de asesinato. Nunca se sabrá. Y pese a las prohibiciones y amenazas, 20.000 vieneses desafiaron al régimen y desbordaron las calles el día de su funeral. Tenía sólo 35 años. El alma del Wunderteam había muerto.

Esta fue la historia de Mathias, el bandido que ninguna defensa pudo capturar; el goleador que hacía magia desde la cabeza y el pie derecho de su cuerpo desgarbado; el hijo de obreros que deslumbraba en los estadios y que, como buen pájaro, prefirió morir libre que ser funcional a un régimen asesino. Moztl, vaya este recuerdo por tu fútbol que nunca vimos y por tu dignidad siempre admirada.